domingo, 5 de agosto de 2018

Identidad en tres actos



Al pueblo de El Tocuyo, en el estado Lara, se le entraba por un solo puente. No llegaba a tener siete años de edad cuando esa tarde de 1973, en la esquina de la casa de mi abuela, vi decenas de camiones llenos de campesinos y obreros con banderas rojas, que entre tragos de ron y gritos recios coreaban esa expresión que aun con el tiempo sigue retumbando en mis oídos: “-Allende, camarada, tu muerte será vengada”.

Ese día habían dado un golpe de Estado en el país Austral y los noticieros mostraban las imágenes del bombardeo al Palacio de la Moneda. Como niño me interesó el asunto, que conforme pasaba el tiempo era tema de conversación entre los venezolanos que precisamente para esos tiempos, vivíamos en un país especial por su abundancia.

Venía de pasar una infancia apacible en Syracuse, New York, donde mi padre hacía estudios de postgrado y en esos días mi castellano todavía no era bueno. Una vez en la ciudad de Mérida, donde nos volvimos a residenciar, fui compañero de estudio de decenas de niños chilenos, quienes llegaban con su familia, apostando por un mejor porvenir. Cerca del puente del sector La pedregosa, vivía una niña que particularmente hizo amistad conmigo y compartía las venturas e incertidumbres de quien, desde el mundo infantil, se halla explorando un universo nuevo.

Conforme pasaba el tiempo, muchos chilenos hicieron vida en Venezuela, siendo fundamental los textos dominicales de una casi desconocida escritora llamada Isabel Allende, que eran una exquisita muestra de aguda inteligencia y sentido del humor perfectamente equilibrados. De cómo un hecho político o la multiplicidad de hechos en torno al poder pueden cambiar la vida de la gente más sencilla es un asunto que roe mis pensamientos porque he vivido de la mano con ello.

La ingenuidad y el poder

En la Universidad de Los Andes estudié con jóvenes radicales, de pensamiento fosilizado, quienes abanderaban los preceptos más disonantes en relación a la forma de alcanzar el poder. Desde el vandalismo hasta el saqueo, muchos de ellos eran adoctrinados por grupos políticos cuyos dirigentes se habían formado en los más disímiles confines de la tierra. Establecían como métodos de lucha todas las formas imaginables, siendo la disciplina del voto ante las más adversas circunstancias uno de los recursos a los cuales se apelaba. Mientras el país crecía en oportunidades, simultáneamente los hombres de pensamiento más conspicuos se convertían en adalides de la crítica al sistema. Había poca diferencia operativa en la manera de pensar de los intelectuales más destacados y los “tira piedras” de siempre. Dentro de la criatura se gestaba una insatisfacción parcialmente real y claramente inducida cuyo fin último era el desmembramiento del orden. A la par, la música de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés eran parte del romanticismo de moceríos. La trova cubana se introducía en el alma de los compositores y el movimiento musical venezolano de los años 80 la asume como elemento inspirador.

Cuando el presidente Carlos Andrés Pérez asume el mandato, en el año 1989, Fidel Castro lo opacaba ante los medios. La fascinación que el líder cubano ejercía en la intelectualidad criolla era el sino que marcaba nuestro inexorable destino como nación. Se firmó el histórico manifiesto de los intelectuales en apoyo al líder de la Revolución Cubana. Poco tiempo después ocurre un estado de agitación colectiva en la ciudad de Caracas. Miles de interpretaciones sobre ese acontecimiento forman parte de la ambigua manera de interpretar la historia y de capitalizar un hecho particular como estrategia de lucha.

El poder, el individuo y los déjà vu

Cuando desde el individuo se intenta desafiar o descalificar a una estructura de poder, se trata de un acto de libertad que forma parte de la dinámica de cualquier sociedad sana. Cuando desde la estructura de poder se trata de someter al individuo, precisamente por su vulnerabilidad, es simplemente una injusticia. Por una actitud hacia la concepción que tengo de la vida, creo que el individuo debe ser respetado como máxima representación de libertad. La representatividad permitía que las minorías no fuesen arrolladas. El colectivismo lleva consigo el riesgo de fulminar los intentos de pensar libremente. Esa eterna rivalidad entre la libertad y la igualdad, que es el gran problema del orden de la civilización lo zanja la justicia. Mientras mayor libertad, menor igualdad y mientras mayor igualdad, menos libertad. Precisamente el equilibrio está dado por el espíritu de las leyes. Llevar a cabo este reto es el gran asunto de la civilización. Una y otra vez se entra en conflicto cuando se rompe con el asunto de ajustar estas fuerzas que parecen antípodas.

En un liceo venezolano, una jovencita explica las características asombrosas del siglo XX. Hace especial mención la segunda guerra mundial con su respectiva explosión de dos bombas atómicas y el avance de la importancia de los medios de comunicación de masas. Ella insiste en que la historia de la civilización no es sino una repetición al infinito del ser humano tratando de complicarse una y otra vez la existencia. Soy miembro del jurado y se le otorga una buena calificación por sus límpidos conceptos. Me retiro a tiempo porque debo hacer las maletas. Un viaje a Chile me esperaba al día siguiente. Lo veo desde una perspectiva en la cual cada paso me conduce al siguiente, como consecuencia directa de cada acto.


Twitter: @perezlopresti



Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 15 de julio de 2018



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