domingo, 26 de diciembre de 2021

El sombrero de copa

 


¿Quién podía pensar que iba a haber una inquisición parte 2 en el siglo XXI? Como si se tratase de una mala broma, el ojo inquisitorial no deja espacio para las mentes más ágiles y antes de que se pueda expresar la libertad a sus anchas, aparece la lupa que pretende mutilar y si es posible hacer desaparecer aquello que incomoda a múltiples intereses atomizados que en nombre de pequeños grupos se apoderan de los espacios de las grandes mayorías. En eso se va gran parte de la energía de quienes se han trazado como meta cambiar la sociedad e imponer una supramoral que parece salida de una chistera.

Censura, autocensura y otros 

Junto con Daniel Márquez Bretto, Jesús Alberto López y Roger Vilain Lanz, en la década de los noventa del siglo pasado, editábamos semanalmente y encartado en un diario de circulación regional, un suplemento literario que se llamó El sombrero de copa. Era una publicación literaria que no tenía objetivo distinto que ostentar de carecer de línea editorial y publicar absolutamente lo que se nos ocurriese, en la Mérida gloriosa de sus mejores tiempos en donde la Universidad de Los Andes hacía alardes de grandeza. Los cuatro editores salimos egresados de esa universidad y los miércoles teníamos la reunión de costumbre en El palomar, donde leíamos los trabajos, escogíamos las fotos y nos poníamos de acuerdo solo en el orden en el cual iban a aparecer los textos. Nunca se le dio una respuesta negativa a la enorme cantidad de personas que nos hacían llegar sus trabajos, por lo que El sombrero de copa bien se ganó el puesto de ser la publicación más libertaria de cuantas han existido en mi país de origen. De ese tamaño fue la importancia de ese semanario que será sin dudas objeto de estudio para quienes se interesen en saber qué tan libres éramos en esa sociedad y en ese tiempo. Arepas con queso rallado hechas por Anita Rodríguez, acompañadas de cervezas heladas eran el epílogo nocturno de cada miércoles: Un brindis semanal por la vida. 

Los maravillosos ochenta y noventa

Luego de la dictadura férrea de Marcos Pérez Jiménez, se instauró en Venezuela un bipartidismo que permitió que las personas de los estratos más disímiles de la sociedad pudiésemos acceder a la educación universitaria pública y de calidad en forma masiva. Ese bipartidismo se comprometió con la educación a tal punto que muchos venezolanos pudieron formarse en las universidades más prestigiosas del planeta y luego incorporarse a la planta profesoral de casas de estudio como la de Los Andes y otras célebres universidades nacionales. En algunas de las cátedras en las cuales me formé en la Universidad de Los Andes, la totalidad de los profesores habían realizado estudios de especialidad, maestría o doctorado en el exterior. Eso nos permitió literalmente ser cosmopolitas de formación y atesorar una riqueza y bagaje intelectual que con dificultad se ha dado en algunos centros urbanos del mundo. En los ochenta y noventa, Mérida fue una incomparable ciudad universitaria, de gran amabilidad para vivir, en donde el respeto al otro y la vida sana y bucólica propia de las montañas andinas era lo que prevalecía. Ese tiempo y esos espacios eran una invitación para estudiar, pensar, crear, disfrutar la vida, socializar y amar a plenitud, sin sobresaltos ni contratiempos. De ese espectacular lugar vengo porque ahí nací, crecí y me formé como ciudadano. A ese mismo sitio volví luego de una gran y larga vuelta, para incorporarme como profesor universitario hasta mi partida a tierras lejanas en un peregrinar que además de aventura, ha sido un exilio voluntarioso.

Sin perder el foco

Veo dificultoso vivir de manera distante a lo pasional. Lo adusto me complica porque me cuesta atrapar su esencia. Me parece que lo civilizatorio necesariamente tiene que ver con el acto de pensar y dejar volar las ideas. Asunto cada vez más temerario, como si se tratase de franquear un gigantesco campo minado. Un amigo me llama preocupado porque solo sabe de mi existencia por esta columna de prensa. Mi amigo es una gran persona. Le cuento que estoy bien, leyendo, estudiando, escribiendo y con el foco fijo hacia adelante, sin tiempo para pensar en asuntos que me desvíen de mis objetivos puntuales en esta etapa de mi vida. Rechacé una oferta editorial y varias entrevistas de prensa porque me distraen de conquistas más terrenales y logros concretos. Si el foco está adelante, no se puede retroceder. En ocasiones echamos una miradita para atrás, para no olvidar de dónde venimos y tener presente que éramos capaces de sacar más que conejos de un sombrero de copa, lo cual siempre es reconfortante. En la actualidad me dedico nuevamente a coleccionar instantes excepcionales y momentos extraordinarios en una cadena que solo puede ser sublime por lo que se logra con cada avance. Todavía no logro tener mi propia ermita, pero todo parece apuntar a que ese es mi camino. Sí, tal vez sea cierto que se puede ser nihilista y feliz.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de diciembre de 2021.

La muy recurrente originalidad

Un viejo amigo hizo lo humanamente posible para que sus más cercanos nos alejásemos corriendo de él. Abrazó la idea de que solo se podía vivir en tiranía. Al principio pensamos que solo eran los desvaríos de un loco. Luego, cuando asumió un cargo de poder y se volvió el perseguidor y vengador más representativo de su generación, entendimos que sus buenas maneras solo encubrían a un enfermo capaz de hacerle daño a quien se le acercase. Hoy lo veo y creo que ganó cada batalla que se ha planteado hasta el presente. Éramos tan ingenuos en ese tiempo que cuando miro el pasado, me conmuevo de mí mismo y de los hermanos que la vida me ha regalado a través de la amistad. ¿Cómo pudimos subestimar la crueldad de alguien por quien sentíamos afecto? Solo son páginas que van pasando en este libro en blanco que escribimos cada día que nos despertamos. Por lo pronto, sigo siendo sobreviviente a un montón de naufragios que los he vivido acompañado. No me quejo: Tal vez me ha rendido la vida, tal vez sea posible vivir más de una vida a contra reloj.

El arte como salvación

Creo que la única salida es abrazar el arte en la totalidad de sus manifestaciones, incluso en aquellos que hacen cosas propias de lo cotidiano y lo elevan a un nivel que solo puede ser considerado como artístico. La premisa de que podemos ser salvados por el arte no es solo un amuleto contra la muerte y el aburrimiento, es también una forma de conducirse y de entender la existencia, que, si se sabe sobrellevar, nos puede abrir caminos en donde menos lo esperamos. La mediocridad es tan propia de lo humano que es necesario crearnos necesarias y muy tangibles burbujas que nos protejan de lo agrio y contravenido de la existencia. Del papel del arte en nuestras vidas ocupo mi tiempo mientras cavilo, converso y descubro almas que están dispuestas a compartir los espacios propios de la cordialidad y el buen vivir. El arte como tabla salvavidas para que no terminemos aplastados por el peso de las batallas perdidas. De eso va el asunto de valorar la dimensión que nos ofrece el arte: De hacer malabares con lo que tenemos a mano y ganarle espacios a los terrenos que nos han arrebatado. ¿Acaso el desarraigo no es también una manera de concebir la existencia? En terminales y hospitales he invertido mucho tiempo. Sobran las enseñanzas de esos lugares.

Hombre de buen tono, creo, creo, creo

Mi amigo, el loco, decía que yo era un hombre de buen tono. Creo que es cierto. Tratando de mantenerme consecuente con los valores en los que creo, he podido conservar la compostura y saber sacarle a la vida la savia que nos puede regalar. Cuando niño, solía adentrarme en los cañamelares y morder los tallos hasta dejarlos completamente secos. Ese sabor a infancia y correrías me acompaña mientras respiro, al levantarme y al dormir. Ese sabor dulce es parte de la esencia de lo que soy y espero seguir siendo hasta el último suspiro. Del anecdotario de batallas contra la noche y los esfuerzos por salir adelante he podido construir castillos de palabras. Cuentos, narraciones, ficciones, pequeños extractos de vida que palpitan en el papel, acompañados de buena música y mejores compañías. En eso he invertido gran parte de mi tiempo en este universo que a veces se antoja ser de difícil comprensión. Esa tendencia a sacar el extracto al sabor de la vida es una pasión que una y muchas veces se vuelve antojadizamente circular y nos lleva a verdaderas extensiones de placidez. En eso, mi antiguo amigo, que de loco pasó a malo, nos dejó muchas enseñanzas. Por eso le doy mucha importancia al valor de las metáforas y lo saludable de las paradojas. Cuando las paradojas y las metáforas se unen, se construyen metáforas paradójicas, auténticos milagros lingüísticos. Lo pragmático es sustituido por recrear aquello que con solo pronunciarlo se eleva.

Ideas que no dan para más

Imposibilitados de dar mayor dosis de originalidad a la existencia, se tienen que repetir patrones, calcar posiciones y remedar ideas. De eso van las cosas en este mundo que se jacta de ser original, cuando siguen existiendo las pestes, la maldad asecha en las esquinas, abundan los tiranos y los reyezuelos se jactan del poder que poseen en pleno siglo XXI. ¿De qué nos podemos aferrar para no ser presa de la desesperanza? Darle forma a la existencia es un deber de quien se quiere conducir con soltura. A un montón de gente se la ha ido la vida intentando que sus prédicas puedan ser de utilidad a otras personas. Creo que algunos sabemos que las cosas nos llevan a callejones sin salida y hay algunos trucos para resistir ante las circunstancias. Eso de amasar ideas en realidad es una manera de castrar mentalmente a las personas. Liberarnos de tanto refranero vulgar y no caer en el hueco de las ideologías es un asunto que se puede llevar de varias maneras. En mi caso, me acobijo con lo artístico. Es mi rincón y paradójicamente mi universo infinito que una y otra vez me libera.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 22 de diciembre de 2021.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Por un bistec

 


Recuerdo los tiempos en que devoraba los libros de Jack London. Tom King es el protagonista de un cuento sobre un boxeador ya entrado en años, que tiene que pelear por necesidad y literalmente por falta de comida se las ve negras en un combate. De estilo límpido, directo, gráfico y siempre generando emociones, Jack London es de esos escritores que transmiten goce cundo uno se acerca a su obra, independientemente de las dificultades y penas por las que pasan los protagonistas de sus historias. Por un bistec es un cuento perfecto, como un reloj suizo en el cual no sobra ni falta nada, un texto con las medidas exactas.

Los caminos recurrentes

Tal vez la dureza de la vida, o la capacidad para enfrentar la dureza de la existencia sea mejor expresada cuando se hace a través del arte. De alguna manera, la dimensión artística llega a encumbrar a tal punto lo que creemos que es vulgar que termina por convertirse en algo distinguido. El rugido de las tripas, como consecuencia del hambre, puede llegar a tener un nivel poco menos que lírico si se usan las palabras adecuadas, por lo que una cosa es escribir, otra es escribir bien y otra muy distinta escribir de manera magnífica, asunto peliagudo que muy pocos logran y requiere genio, disciplina, esfuerzo y, sobre todo, mucha convicción en lo que se hace. Sin esa convicción, que nada tiene que ver con los lectores y la aceptación de la obra, la literatura como gran arte no existiría. Esa convicción de estar transitando por buen camino es fundamental para atreverse a irrumpir en el mundo con una propuesta estética que puede generar rechazo, admiración o no generar nada, que es lo peor que puede pasar. La falta de resonancia, mantenida indefinidamente en el tiempo es el destino menos deseable de una creación.  

¿Sirve leer?

Tal vez leer no sirva para nada. O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Probablemente tampoco sirve de nada escribir, O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Esa búsqueda del utilitarismo de lo escrito no es relevante ni para el lector ni para el escritor. El lector puede que lea porque no puede parar de hacerlo y el escritor porque tampoco puede evitarlo. Esa combinación en donde el utilitarismo del texto queda relegado y gana el goce de la lectura o el placer o displacer de la escritura es la esencia del arte literario. Después viene la sesuda y necesaria crítica que encumbra o aplasta la obra, pero solo son gajes del oficio del cual particularmente el escritor debe abstraerse. Son muchos los grandes escritores, denostados en sus comienzos, de los cual después se hace apología a la excelencia y el buen gusto. Esas cosas pasan y son atinentes a la vocación de escribir.

Las modas literarias

Puede caer en desgracia quien por omisión, desengaño o ignorancia deja de leer lo que le place porque no está a la moda. En lo particular, prefiero los clásicos y uno que otro recién salido del horno. Estoy alejado de los concursos y premios literarios, sintiéndome conforme con mis favoritismos y valoraciones literarias. A los clásicos tiendo a regresar, porque desarrollaron el camino a transitar de los que han venido después, siempre deslumbrante e innovador. A los clásicos también les rindo culto por un asunto que tiene que ver con la certeza. De alguna manera, los grandes temas propios de lo humano han sido trabajados laboriosamente por geniales maestros de la pluma y es muy difícil romper con ellos. La perfección de un arte deja en orfandad a quien se aleja de aquellas hermosas letras que ha tenido el privilegio de conocer y seguir recreándose en ellas una y otra vez. Acercarse a una gran obra, permite una elaboración diferente en cada aproximación. Lectores e interpretaciones de los mismos libros van mutando conforme pasa el tiempo.

Libros viejos, libros nuevos

La idea de embarcarse en un proyecto que termine por la materialización de un libro es enceguecedora. Hay que bajarle la intensidad emocional que normalmente genera con la disciplina propia del laborioso artesano y las ideas sopesadas, de manera que no se desborden y contaminen la capacidad de terminar con una obra que sea buena. El oficio de escritor no solo tiene en sí el hecho de que la soledad es propia del asunto, sino que se debe tener bien tejida la armadura de la trama, de lo contrario el desorden podía apoderarse de aquello que queremos presentar y con lo cual solemos establecer un vínculo con quien, por azar o gusto, se interesa en la obra. El libro escrito y en papel, sigue siendo insustituible, entre otras razones, por características que hacen del libro escrito y publicado en papel una realidad tangible y no ahogada los laberintos de la infinita virtualidad. En ocasiones el apremio por el futuro puede llevar a hundimientos seguros. Una apuesta a lo tradicional nos hace mantener el buen tono, cuando no el gusto simple y llano por lo que durante tantos siglos ha sido exitoso. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 14 de diciembre de 2021.

domingo, 5 de diciembre de 2021

El camino de la risa

 


De las cosas propias de ir con buen pie y mejor tono por los enrevesados caminos de la vida, no puede estar ausente el sentido del humor. Es un talismán que nos protege contra lo mustio y da sensación de alegría. La vida sin risa no merece la pena ser transitada. Sin risa, la vida es como una realidad sin amaneceres ni atardeceres. También la risa es parte de lo vacuo de la existencia y puede surgir como necesidad de abrasar lo superficial. Con la risa también podemos hundirnos en los pantanos de las carcajadas. Una defensa imprescindible y una condena que nos marca. Una manera de percibir las cosas que, viéndolo con atención, puede generar mayor bien que mal. ¿Cómo dejar de reír, incluso en las peores circunstancias?

Los laberintos por transitar

Moria es una risa insulsa. Cuando Erasmo de Rotterdam publica el Elogio de la locura, se lo dedica a su amigo Tomás Moro (quien después fue santificado) y el título original es en realidad un juego de palabras que no tiene que ver con la locura sino con el apellido “Moro”. La traducción más fidedigna sería: Elogio de la insulsez. El libro es una magistral pieza de inteligencia y sapiencia que no deja fuera el sentido del humor. De ahí que muchos lo tenemos por un libro de culto, de imprescindible lectura. En ese texto, Erasmo toca asuntos cardinales para el entendimiento de la esencia de lo humano y otras cuestiones que acompañan los laberintos del arte de vivir. Cesare Pavese escribe un libro que se terminó titulando El oficio de vivir. Literalmente la última página del libro es su suicidio plasmado. De Tomás Moro a Cesare Pavese hay un lago trecho y una diferencia abismal. Ambos tratan de asuntos propios de la existencia, solo que en el primero la risa está presente, en el segundo, la seriedad de la obra es lo que más destaca.

Risas anteriores que crean espacios

Don quijote de La Mancha aparece en 1605. Era propio de la época que, si había alguien leyendo y riendo a la vez, la gente podía decir: “Debe ser que está leyendo al quijote”: Las claves con las que lo descifran los ciudadanos de su tiempo eran las de un libro lleno de situaciones ridículas y cómicas en donde la risa no podía estar ausente. Más de cinco siglos después, se transforma en texto sesudo y referente fundamental de asuntos como el amor, la realidad o la identidad. Sin embargo, sigue siendo un libro que nos hace reír. Sin la risa propia de la caricaturización de lo humano, el quijote no sería el libro que es. La risa es la esencia de la obra, cuando no una constante compasión burlesca de lo más profundo de lo humano.

Dientes de perlas

Sin dudas que para enamorarse de manera idealizada solo puede bastar una sonrisa. Esa sonrisa, que puede ser risa, no solo es el elemento propio de la socialización de los primates que somos, sino que es una pieza clave para poder vincularse con el otro. Sin risa es posible que no exista comunicación armónica, sino simples elementos que unifican o separan a las personas. La risa, por el contrario, es un espacio para generar complicidad. Somos cómplices de aquel a quien le provocamos la risa y también somos cómplices de quien nos hace reír. Más o menos en eso vamos, cuando no de caras largas que son la antítesis del arte de vincularnos de manera agradable con los demás. La risa, lo burlesco y sobre todo la apabullante carcajada son parte de lo más sublime y vulgar de lo humano. Mientras la sonrisa eleva por su carácter discreto, la carcajada rebaja por su vulgaridad: De esas veces en que lo vulgar puede llegar a ser simplemente extraordinario.

La vida no está en otra parte

Forma parte esencia de lo humano la doble falacia presente en el imaginario colectivo. La idea de que hubo un tiempo pasado en donde todo era muchísimo mejor y la idea de que va a haber un tipo futuro en donde todo va a ser muchísimo mejor. De ahí surge la utopía, que recrea Tomás Moro y de la que derivan las ideologías. El apego a lo ideológico representa una forma de manifestar la necesidad de certeza del hombre. Toda ideología, además de funcionar como un puente hacia la certidumbre es también la ratificación de la estupidez humana. Toda ideología castra el pensamiento porque fosiliza las ideas. Las ideologías llevan consigo el terrible y calamitoso peso de la seriedad. No hay ideologías divertidas porque son estafas para blindarnos de la posibilidad de pensar por nosotros mismos. El hombre ideologizado, simplifica la esencia del pensamiento humano porque minimiza la capacidad de abstracción en una formulita con la que le puede salir al paso a cosas que requieren ideas flexibles. Esa calamidad ha sido, es y será así. Forma parte fundamental de lo humano y genera islas de certidumbre en donde muchos arriban como auténticos náufragos. Tal vez el camino del nihilismo feliz sea un mejor bálsamo para el buen vivir. Ser un descreído y un negador puede ser inútil pero también es una certeza en la cual muchos conseguimos el sosiego que necesitamos.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 07 de diciembre de 2021.