martes, 29 de diciembre de 2015

El valor pedagógico de la palabra


Si algo reforzamos como aprendizaje de vida en estos tres lustros es lo importante que es la política y los alcances que tiene la misma en la vida de cada ciudadano. Desde esta instancia se condiciona desde hábitos personales hasta la economía de una nación.

Con frecuencia se intenta asomar la inopinada idea de que la dinámica económica determina el comportamiento político. Como aseveración de carácter categórico de tipo aforístico no deja de ser una verdad relativa. La política condiciona la economía, porque desde la perspectiva ideológica se trazan planes de carácter económico que son la ruta por la que transitan los pueblos. El término correcto sería  hablar de “política económica”, ya que desde el aparato de poder se perfilan estrategias afines a ciertos idearios. Basado en las ideas preconizadas, lo político condiciona la dinámica económica.

Si se asume la utopía marxista, la dinámica económica será de este corte y las costumbres sociales se regirán por la sobre posición de la idea de igualdad por encima de la de libertad. Si se cultivan perfiles idearios cimentados por una economía liberal, ocurrirá lo contrario y se intentará sobreponer la libertad por encima de la igualdad. Dos ejemplos de cómo lo político condiciona lo económico.

El problema surge cuando se intenta materializar un concepto. La concreción de la idea dista de acercarse a cualquiera de estos dos polos. Al revisar cuáles son los países más exitosos en materia de calidad de vida y desarrollo sustentable, son los que se alejan de los modelos de carácter polar y apuestan por el establecimiento de formas de conducirse de tipo mixto en donde se aúpa la inversión de la empresa privada y se protege a los más débiles a través de imprescindibles programas sociales en donde la promoción del trabajo productivo es el eje del convivir viable.

No puede trascender un sistema que promociona la dádiva por encima del trabajo, así como no se puede basar una economía en la mono producción que en nuestro caso está representada por la dependencia al petróleo. Cualquier sociedad que aspire a ser exitosa debe consolidarse a través de la elaboración de los más diversos bienes de consumo y no apostar por una actitud suicida que es la sumisión a un solo elemento. 

Estas palabras tienen que ver con dos asuntos que han revivido en nuestra dinámica social. Uno es la manera como se asume ligeramente la nomenclatura política. Si bien pudiese tener un carácter técnico hablar de derecha y de izquierda en sentido de hacerse entender, ambas formas de delimitar lo político son reflejo de un atavismo indeseable que aún campea en el siglo XXI. El mundo no es dicotómico sino infinitamente plural.

El otro asunto que me interesa enfatizar es el rol del actor político como educador. Una persona puede escribir muchos artículos o decenas de libros, pero nada se compara con la enorme capacidad persuasiva frente al lente de la cámara. Cuando un líder se presenta ante un medio de comunicación, particularmente frente a un medio audiovisual, materializado por la imagen televisiva, está usando la herramienta más poderosa que se ha creado para transmitir la palabra. Por eso, todo líder es mediático porque el liderazgo y el uso de los medios de comunicación van de a mano.

Desde la manera de vestirse hasta lo convencido que se encuentre en manifestar las ideas harán mella y marcarán el tipo de liderazgo que ejerza. El líder ha de manejar el arte de la retórica y la elocuencia a su antojo, frente al desafío que representa la trascendencia de la imagen. El insulto, el lenguaje soez y la descalificación basada en irrespetar al ser humano no pueden estar presentes  en la dinámica social de una nación que aspire a desenvolverse como un medio sano para la vida. Ningún líder social y mucho menos un político pueden hacer uso de los medios de comunicación a los cuales tienen acceso las mayorías, si no es para garantizar un futuro mejor en donde todos tenemos cabida.

El discurso que promociona la violencia e incentiva el odio entre conciudadanos tiene dos características que lo hacen proclive a lo delictual. La primera es que marca la pauta en lo que se refiere a maneras de comportarse en aquellos que se sientan identificados con las palabras expresadas; por lo tanto el discurso beligerante es un caldo de cultivo para las conductas sociales violentas. Lo segundo es que si algo enseña la historia es que la promoción de lo agresivo tarde o temprano se revierte en contra de quien de manera pendenciera se conduce. Grandes tragedias humanas se acompañan de la exaltación a la confrontación, padeciéndolo en carne propia quienes se han encargado de tratar de encender las pasiones más indeseables.

Que sea el valor pedagógico de las palabras el que se anide en nuestra sociedad en este nuevo año. La brújula que indique a quienes cumplen roles de líderes que por encima de cualquier función, la exclusión de la violencia debe ser la prioridad.



Twitter: @perezlopresti   


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de diciembre de 2015


domingo, 27 de diciembre de 2015

San Miguel Arcángel y Freud


Muchos hombres de pensamiento han señalado que si en una especie de necesidad imperiosa de salvar sólo cien libros en caso de que así fuese requerido, de todos los textos que se han escrito desde el curso de la civilización, una de esas obras sería “La interpretación de los sueños” de Sigmund Freud. Este icónico libro (generalmente editado en tres o cuatro volúmenes), comienza con una aseveración que se halla presente en todo el pensamiento psicoanalítico, pero que enfáticamente Freud resalta en este texto, cuando señala que gran parte del contenido de los sueños, que es una de las maneras de penetrar el inconsciente humano, se encuentra imbricado con tradiciones culturales que van desde lo mitológico hasta lo popular.

Como andino venezolano, el catolicismo no sólo forma parte de mi formación cultural, sino que hay una ética cristiana con la cual he tratado de ser consecuente. El visitar los múltiples templos religiosos de mi ciudad natal y acudir a misa todos los domingos sin excepción en compañía de mis padres, sin duda forman parte de lo que soy. Pertenezco a una familia en donde se cultiva un respeto por la opinión ajena e incluso se incentiva la crítica severa. Lo han inducido siempre mis padres, quienes en menos de un mes cumplen cincuenta años de matrimonio eclesiástico.

En esas visitas regulares a la iglesia desde que era un infante, existía en particular una imagen que me impresionaba por la intensidad de los simbolismos transmitidos. Es la clásica estampa de San Miguel Arcángel, la cual se representa artísticamente en las distintas obras como un ser con alas, cubierto con una armadura de general romano, amenazando en forma triunfante y aplastante con una espada o una lanza a un dragón o al demonio. Se le considera el jefe de los ejércitos de Dios tanto en el judaísmo, el islamismo y por supuesto el cristianismo.

Esa imagen no sólo creó una gran curiosidad en mí desde que era un niño, sino que cuando le pedí explicaciones a mi padre de quién era ese ser que era capaz de someter y ponerle el pie aplastante en la cabeza del demonio, mi papá me respondía con su habitual serenidad: - “Él es el guardián de nuestras esperanzas, el abogado del pueblo. Es el patrono y protector de la Iglesia. El encargado de que no se destruyan las instituciones.”

Desde ese día cada vez que visito un templo repito la coletilla de lo aprendido y así se lo hago saber a quienes me preguntan. -“Ese ángel representa la necesidad de defender de manera implacable a las instituciones”.

En realidad San Miguel Arcángel tiene predecesores que van desde cultos espirituales antiguos hasta el mundo helenístico. Todos encarnando la necesidad de defender de manera seria, adusta, pero particularmente a través de lo beligerante a las más disímiles instituciones humanas. También han existido grandes movimientos que han tratado de socavar lo institucional, pero han fracasado en el intento. Desde el movimiento hippie, los koljoz soviéticos, los kibutz israelíes hasta los creadores de películas como “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, protagonizada por Marlon Brando, el ataque a lo institucional ha estado siempre presente. Sea de manera descarnada o solapada.

Las instituciones son creaciones de los hombres que tienen por fin último el impedir que unas personas cometan abusos e injusticias contra otras. Si no existiesen las instituciones, no existiría la vida en sociedad. Como todo producto humano, suelen ser imperfectas y pierden el norte, haciendo lo contrario a su razón de ser originaria. Por eso el personaje o la figura del ángel poniendo orden en las instituciones suele ser tan dura y dramática como vigente. El sacerdote que traicione a la iglesia con sus abusos debe ser castigado porque pone el peligro el norte de lo institucional. Igual el político en quien depositamos la confianza y transgrede lo normativo.

He celebrado con mucha alegría los cambios políticos recientes que se están produciendo en nuestra nación. Hice una cola de cinco horas el día de las elecciones apostando porque una institución tan importante como la Asamblea Nacional venezolana cultive el sendero del bien. La defensa institucional es la tabla de salvación del individuo ante su carácter vulnerable frente a ciertas formas díscolas de ejercer el poder. El necesario mito ancestral de defender y rescatar a las instituciones del mismísimo demonio sigue siendo parte de ese inconsciente que de manera inmaculada señaló Sigmund Freud.

San Miguel Arcángel (o Arcángel San Miguel) suele ser representado también pesando las almas en la balanza, pues según la tradición, tomará parte en el Juicio Final, que a mi parecer, es la representación simbólica de cómo será inexorablemente castigado quien obre contra el bienestar de los demás hombres, ya sea en la aridez de esta tierra o como reza el pensamiento cristiano, en los confines de esa dimensión que muchos creen que existe después de nuestra desaparición.  



Ilustración: @odumontdibujos 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 14 de diciembre de 2015


domingo, 13 de diciembre de 2015

¿Cómo adquirir mis libros?

¿Cómo y dónde se pueden adquirir mis libros? En las librerías de la ciudad de Mérida, en un grupo de librerías del resto del país y solicitándolos directamente al CONSEJO DE PUBLICACIONES DE LA UNIVERSIDAD DE LOS ANDES


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Estas son las señas para ponerse en contacto con mis editores, de lunes a viernes en horario de oficina.

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miércoles, 9 de diciembre de 2015

La felicidad. Ser y estar


Cuando José Ortega y Gasset señala que el hombre es el único ser “constitutivamente infeliz”, se apega a la tradición de pensadores que consideran que la felicidad es un estado ilusorio, alejado de la condición humana.

Esta tradición de asumir que la felicidad y la existencia se encuentran reñidas, se halla enclavada en lo civilizatorio y aparece en las más variadas tradiciones. Desde lo mitológico hasta en la reiterativa representación de la pérdida del paraíso terrenal como castigo divino, señalada en la instancia religiosa occidental.  

Se exalta en la edad media cuando se preconiza la idea de que el mundo es un valle de lágrimas, y con sus múltiples altibajos, el siglo XX es el culmen de la materialización de los alcances de la autoagresividad humana, materializándose con dos guerras de alcances mundiales, una de las cuales tiene el sello imborrable de la significancia y el poderío de las armas nucleares. Nada más que el cuño de dos bombas atómicas poseen la marca de Caín propia del siglo pasado.

Celos, rivalidades, traiciones, intrigas, mentiras y transgresiones son parte de lo humano, descrito por personalidades que van desde Buda y su cruzada por hacer desaparecer el deseo, hasta Sigmund Freud, quien encuentra en la pulsión propia del placer, un punto de encuentro con las creencias orientales.

En términos generales podríamos decir que existe una especie de exaltación de la infelicidad como manifestación análoga de lo humano, dejando a un lado el ideal de felicidad como algo insulso y poco atractivo para quien se dedica a reflexionar sobre el tema. No es casual que los libros que más se venden son los que preconizan la fórmula para alcanzar la felicidad, casi todos llenos de banalidades y asumidos con una superficialidad que aburre. La razón es simple: Se intenta buscar una especie de receta casi mágica que potencialmente pudiese servir para todos a efectos de alcanzar ese estado tan anhelado.

Una de las cosas que caracteriza lo humano es el ansia de añadirle sabor a la vida, al punto de crear estados de malestar y desazón en una paradójica necesidad de darle sentido a lo vivido. Es frecuente escuchar expresiones como las que señalan que “la angustia es la sal de la vida”. Sin embargo no siempre ha sido así en el mundo occidental y no faltan los intentos por atrapar la posibilidad de llevar una vida feliz. Luego de Aristóteles, surgen en el mundo griego varias escuelas de pensamiento que se trazan como fin precisamente la felicidad. Incluso se asienta que la filosofía es una disciplina que debe servir para hacer al hombre feliz. Desde Epicuro de Samos (341 a.c.) y los epicureístas, quienes desde la escuela denominada “Jardín”, exalta el cultivo de los placeres no autodestructivos como el camino para alcanzar la felicidad, hasta  los estoicos, cuyo máximo representante es Zenón de Citio (301 a.c.), preconizando el ejercicio de la razón  y el control de las pasiones como camino para ser feliz.

A pesar de toda esta tradición, el tema de la felicidad pasa en ocasiones por ser asunto para tontos y desentendidos que se plantean alcanzar una especie de sucesión de condiciones espasmódicas, de insulsos “instantes felices”, como si se tratase de una sección de fotografía en la que por momento sonreímos y la mayor parte del tiempo nos apesadumbramos.

Un lastimoso fracaso por intentar comprender la felicidad se halla precisamente en la denominada “Psicología positiva”. Tratando de apegarse al tema del “bienestar psicológico”, termina siendo semillero de superficialidades que ni siquiera llega al nivel de “autoayuda”. Ser superficial puede convencer. Difícilmente trascender. La denominada “Psicología positiva” es un refrito que trata de imponer antiguas proposiciones como si fuesen originales. Muy estadounidense por su pragmatismo y carencia de profundidad conceptual, a duras penas intenta proponer paliativos antidepresivos y asume la creatividad como una especie de laborterapia banal.

Acercarse a los lados más sombreados de lo humano sigue siendo la única manera de penetrar y doblegar su condición mórbida, trampolín que permite franquear la psiquis y sondear posibles escenarios de salubridad.

Como tanto se ha insistido, muchas veces la historia del pensamiento pareciera ser una serie de notas a pie de página de los textos de Platón. La libertad y el conocimiento son a mi modo de entender eso que llaman felicidad. Libertad de ser conscientes de nuestros actos y deslastrarnos de las más primarias creencias; y el conocimiento que nos permita ver desde un poquito más alto la globalidad de los asuntos. Todo lo cual deriva en una disciplina inquebrantable que induzca el cultivo de los dos pilares de una condición que sobrepasa el simple instante. “Estar feliz” es asunto de un rato. “Ser feliz” es cuestión más ambiciosa en la cual una disciplina de vida puede abrir las distintas puertas que se nos presentan en las diferentes etapas de nuestra existencia. 



Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 07 de diciembre de 2015.

martes, 1 de diciembre de 2015

El poder de la carencia


En 1973, el austríaco Konrad Lorenz recibió el premio Nobel de Fisiología-Medicina por sus trabajos de investigación en relación a las conductas animales complejas, en particular el descubrimiento de “la impronta”; proceso que se genera tras el nacimiento, permitiendo el comportamiento entre madre y cría. Estos hallazgos condujeron al desarrollo de la “teoría del apego” humano, así como también deriva en el auge de la “sociobiología”.
Esta última disciplina se caracteriza por extrapolar conductas animales al hombre, a efectos de tratar de comprender las similitudes entre la naturaleza animal y la dimensión y comportamiento de quienes integramos nuestra particular especie. Estas teorías en realidad tienen un origen común, una raíz de las cuales emanan, que es “el darwinismo”, lo cual marca gran parte de las disciplinas del conocimiento,  desde las denominadas erráticamente “ciencias sociales” hasta la teoría política.
Esa mezcla de conductas animales con desarrollo del lóbulo frontal propio de los homínidos, explica el hecho de que seamos intensamente argumentativos y tratemos de darle explicación a cuanta cosa pueda existir o parecernos que existe. De ahí que el ser humano es una contradicción viviente, puesto que sobre una base animal se implanta un carácter argumentativo a través del cual intentamos comprender lo que nos circunda. Insisto en llamarlo argumentativo y no racional, simplemente porque el hombre en esencialmente irracional.
Hoy vemos con horror cómo la barbarie siguen campando, a la par de las formas más elevadas de lo que llamamos civilizatorio, particularmente  la permanente y exaltada presencia de lo guerrerista en nuestras vidas. Incluso muchos se escandalizan asomando la idea de que estamos viviendo una “tercera guerra mundial” cuando la verdad es que desde que el hombre apareció en el planeta no ha dejado de combatir un solo día.
El gregarismo es el germen que permitió una convivencia que garantizaba la supervivencia. Al agruparse y asociarse con otros, los humanos tenían mayores facilidades para defenderse de los grandes predadores, así como pudieron cazar de manera colectiva, garantizando el alimento para el grupo, que posteriormente se convierte en comunidades, resultando en sociedades que han construido lo que denominamos civilización.
Al funcionar como grupo, el hombre de piedra desarrolla intereses colectivos, como el deseo de posesión de bienes, espacios territoriales u otras personas. El hombre en manada se ve enfrentado a otros hombres en manada porque sin excepción, todas las confrontaciones surgen por el interés por apoderarse de las “posesiones” de los otros. Nada más cruento que las guerras entre las poblaciones indígenas americanas que tarde o temprano terminan rivalizando para adueñarse de los bienes ajenos.  
Cuando alguien dice que se hacen guerras por dinero, petróleo o intereses de tipo político, no está aseverando nada distinto que explique las motivaciones que inducen a los hombres de las cavernas a enfrentarse unos contra otros, puesto que toda actitud bélica se sustenta en realidad en los mismos preceptos. Se combate para adueñarse de lo que se carece y además se termina batallando para someter a otros, lo cual significa materializar el poder. Es la dinámica que marca lo humano y está representada en todas las manifestaciones de la cultura: En nuestros aborígenes y sus rituales e instrumentos de combate; en el culto a la guerra en forma de poema como lo hace Homero en el mundo griego, hasta en la adoración al héroe combatiente. La esencia de la guerra sigue siendo la misma, lo que va cambiando es su justificación y la forma como se combate.
Basta con estudiar un poco acerca de los grandes descubrimientos científicos, la carrera por conquistar el espacio o simplemente usar un teléfono celular  (arma que fue desarrollada con fines bélicos y que asumimos como simple instrumento comunicacional).
La búsqueda del poder siempre es por carencia, pues se anhela aquello que no tenemos. No hemos transitado un tiempo en que no hayan existido pugnas, confrontaciones, invasiones y atrocidades guerreras, algunas consensualmente aceptadas y otras rechazadas. ¿Debemos entonces aceptar que conviviremos siempre con lo beligerante porque está en nuestra condición? Precisamente es la comprensión de que albergamos lo violento, lo carencial, la envidia y el deseo de someter a otros, lo que debe redimensionar la manera en que asumimos las cosas.
Menos superficialidad argumentativa y más acuciosidad intelectual permitiría sembrar la idea de que la lucha no debería ser contra los demás. La lucha siempre es de lo humano por controlar sus más naturales maneras de proceder. Es el entendimiento de nuestro ser y el asomarnos al abismo de nuestras profundas oscuridades lo que nos da la claridad necesaria para controlar los impulsos que nos marcaron desde nuestro origen, nos siguen marcando en el presente y prometen hacerlo indefinidamente.



Twitter: @perezlopresti



Publicado en el diario El Universal de Venezuela el  30 de noviembre de 2015