domingo, 13 de marzo de 2022

Migraciones y destinos literarios


Durante el tiempo en que me desempeñé como profesor universitario en Venezuela, mis aspiraciones literarias iban bien canalizadas hasta que tuve que migrar de manera forzosa. En 2017 dejé en la imprenta universitaria mi última obra, la cual no se ha podido materializar hasta el día de hoy. La migración obliga a ganarse la vida de la manera como mejor podemos, los compromisos sobrevenidos tienen fecha de caducidad y hay realidades más apremiantes que otras. La supervivencia es parte del gran viaje. Todo migrante es un ser desencajado y apremiado por el afán de satisfacer necesidades inmediatas. La capacidad de abstracción queda minimizada por tener que concretar elementos de carácter tangibles. De ahí que cuando se migra, el sujeto queda minimizado por el hecho de tener que responder a exigencias propias de lo más básico de la cotidianidad. Lo banal termina por imponerse sobre cualquier posibilidad de desarrollo personal y lo que consideramos una búsqueda de espacios esperanzadores termina siendo expresión del pragmatismo radical.

Amores que matan

Hay amores que son muy difíciles de entender o que son tan fáciles de entender que nos hacen la vida difícil. El amor a la madre es un asunto con el cuales estamos consustancialmente familiarizados: De ahí venimos. El amor al lugar donde nacimos forma parte de los elementos propios de la identidad del sujeto en el sentido esperanzador del término. El lugar de donde una persona proviene marca y de alguna manera configura su percepción de la realidad. El hecho de tener interacción con dinámicas o realidades distintas al lugar donde proviene la persona significa un descomunal esfuerzo desde todo punto de vista. Ese es uno de los grandes desafíos para cualquier persona: El adaptarse a una dinámica con la cual se es ajeno y formar parte de una cultura que no es propia, a la par de no desvincularse con el sistema de valores y creencias. El chance de quedarse estático e inmóvil frente a los peores escenarios es una manera de asumir la vida. El migrante asume una condición distinta al que se detiene y el movimiento forma parte de cualquier acto que tenga que ver con desvincularse de las raíces. Migrar es el viaje que nos moviliza hacia un lugar un sitio o una idea o una esperanza que generó en el sujeto un gran esfuerzo. El migrante se debe focalizar en ver función de futuro y solo quien mira hacia adelante logra lidiar con el asunto. Los peores enemigos de quien migra son la nostalgia y los recuerdos paralizantes.

La madre, la patria

La madre es de donde partimos. Desvincularse con la madre es ridículo. La patria, por el contrario, es el constructo que nos crean en relación con las zonas delimitadas que asumimos como propias. El amor a la madre tiene sentido mientras el amor a la patria es una creación propia de las limitaciones del pensamiento. A veces escucho personas que denigran de quienes no nos place tener afinidad por la patria. Esa relación ambigua de amor y odio hacia la patria no solamente es profundamente legítima, sino que forma parte del éxodo. Sería absurdo que quienes estamos migrando de un sitio que nos ha tratado mal y hemos vivido calamidades o penurias tengamos afinidad por ese origen. Precisamente la ruptura con el nicho de dónde provenimos es la esencia de quien se salva. El odio a la patria es tan legítimo como el amor a la misma. Solo radicales sin capacidad de discernimiento son capaces de ejercer una actitud punitiva y moral hacia quien ve la patria como un engendro que nos genera dolor. Ni somos libres ni existe el libre albedrío. No decidimos porque permanentemente estamos presionados o inducidos a ir por el camino de aquello a lo cual podemos aspirar. No existe el libre albedrío porque lo humano está condicionado por aquello que nos circunda y solo podemos llegar hasta donde nuestras posibilidades nos lo permiten. De ahí que el ser, salvo muy pocas excepciones, es incapaz de decidir. Escoger es una falsedad. La migración lleva a tener que satisfacer elementos tan básicos como el manejo de dinero para llevar el día a día en buena lid. Una de las cosas propias del migrante es la posibilidad de universalizarse, lo cual a mi juicio es el elemento más positivo de la migración. Quien migra y mantiene su sistema de creencias y valores se protege desde la desestructuración del ser a la vez que se incorpora un sistema de creencias y valores con el cuál no necesariamente congenia, pero con el que debe lidiar. Que seis millones de venezolanos estemos dando vueltas por el mundo es una tragedia en la que nos acompañan solo quienes huyen de situaciones de guerra como lo estamos presenciando. No estamos solos en la tragedia sino al margen de la sombra de quien la pasa peor que nosotros. Esa es la condición de quien ha trascendido fronteras y que día a día se levanta para concretar las metas que deberán ser replanteada para poder llegar a lo máximo que podemos aspirar como personas: La felicidad. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 15 de marzo de 2022.

domingo, 6 de marzo de 2022

Sustos cotidianos

 


Al doctor Hernán Martínez todavía le retumbaba uno de los oídos. Durante la realización de la resonancia magnética nuclear, se le había soltado de la oreja uno de los tapones de goma y los estrepitosos sonidos del sofisticado estudio con contraste y técnica de difusión lo habían dejado aturdido, con un punzante dolor de cabeza. Todo indicaba que el resultado iba a ser malo; el estudio podría dar un resultado definitivo y de pésimo pronóstico. Parecía que un tumor maligno haría estragos su vida en cuestión de días. Su esposa estaba ansiosa y al doctor le preocupaba el futuro de tantas personas que dependían directamente de él. Él sabía disfrutar la vida plena que llevaba, en sus noches y días.  

Estoicismo, vida y muerte

Se había descubierto el tumor un martes mientras se afeitaba frente al espejo. El bulto era grande y sólido y se encontraba definido en la parte superior de su brazo izquierdo. Como cirujano, no dejó pasar el momento, se palpó con acuciosidad y esa misma tarde se estaba habiendo un ecosonograma que mostraba una lesión a la cual le llegaba sangre y tenía al menos dos o tres tipos de tejidos diferentes. Parecía malo. Sin embargo, no suspendió ninguna de las intervenciones quirúrgicas que tenía agendadas para ese día. Se había creído siempre un estoico y aspiraba a seguirlo siendo, por lo que fue directamente a consultar con su mejor amigo, un oncólogo de gran experiencia y sabiduría de vida que palideció cuando vio las primeras imágenes y palpó la consistencia del bulto. Un poco más allá, el periodista del noticiero de la noche hablaba de la pandemia que estaba azotando gran parte del mundo y una guerra contra civiles por parte de una potencia mundial apenas comenzaba. El doctor sintió que su tumor era una tragedia insignificante al compararlo con su entorno.

Entre el acá y el más allá

A veces, la vida gusta de ser sarcástica y nos pone sobre la mesa una especie de desafío que pareciera un juego si no es porque es el futuro de nuestra existencia se decide. Entre el acá y el más allá solo basta un suspiro y eso lo sabía el buen doctor Hernán Martínez que tantas vidas había salvado y a tantas personas había visto morir. La cirugía era su gran vocación, asunto que enriquecía con su tendencia a escuchar buena música, tener conversaciones con buenos amigos y cafés mientras observaba la infinitamente hermosa cordillera de Los Andes. Su casa tenía una vista monumental, pues por el frente veía la inmensidad de la ciudad de Santiago y el patio trasero daba con la gigantesca muralla nevada. De esos y otros pequeños placeres vitales estaba llena la vida del doctor, como también del amor que sentía por su esposa.

Se van los buenos

En ocasiones, el doctor Martínez invitaba a su amigo Antonio, psiquiatra, con quien conversaba de cualquier cosa. Había estudiado la carrera de médico con él y lo consideraba el mejor de su promoción. Alberto se reía de cuantas cosas se asomaban como tema de conversación y siempre una sonrisa a flor de piel estaba en su rostro. Mientras jugaban una partida de ajedrez, se enteró por lo que pasaba su amigo el cirujano y no pudo sino asomar la posibilidad de que tal vez en el más allá los cupos estaban congelados por ahora para el cirujano. Un silencio largo los acompañó ese día. Ninguno de los dos se creía lo que decían. Lo cierto es que faltaba el fundamental examen confirmatorio, que, si daba el peor de los escenarios, se iba a generar un vacío insustituible, asunto que pasa con la gente buena y talentosa que se va al más allá.

Amor y resultado exprés

La esposa se mostró como si se hubiese preparado toda la vida para enfrentar un escenario como este. Nadie y mucho menos ella, había imaginado siquiera que el hombre que amaba se fuese a enfermar de algo grave a tan temprana edad. Sacó su fortaleza legendaria y como compañera de batallas de su esposo, se disponía a derrotar junto a él a la muerte. En esas estaba pensando cuando el doctor Hernán Martínez salía de hacerse el estudio especializado, que tardó más de una hora, con sus minutos y segundos que se hicieron una eternidad. El resultado les llegó al día siguiente por correo electrónico y ambos pensaron que las noticias malas viajan más rápido que las buenas. No hubo dudas: Era una lesión benigna que con el estudio especializado se disipaba cualquier duda en relación con su origen y definía el pronóstico. Solo había que observarlo sin mucho énfasis. El peligro había pasado y el acecho de la muerte, tan caprichoso y temible, se disipaba a la par de que estaban descorchando una botella de espumante francés mientras la buena música los acompañaba. No morir era una gran alegría y la celebración no podía esperar. Entre lágrimas, la esposa de Hernán Martínez le mostraba su infinito amor, el cual era correspondido, lo cual lo había doblemente elevado. El doctor Martínez se fue de vacaciones con su esposa. No le dijo a nadie a donde iba, pero estamos seguros de que la están pasando bien.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 08 de marzo de 2022.

 

 

domingo, 20 de febrero de 2022

Arte para la sumisión

 


Hay cosas de mal gusto, como la militancia artística, por ejemplo. Cuando el arte, lejos de subvertir el orden de las cosas, pasa a ser un elemento propagandístico al servicio de una ideología, se desnaturaliza su esencia y neutraliza su potencial. El director de cine español Luis Buñuel se hizo mexicano al terminar la guerra civil y la censura franquista le imposibilitó seguir produciendo obras en España. Su arte es totalmente tendiente al cuestionamiento del orden establecido y lanza certeros ataques a la iglesia, a los políticos que ostentaban el poder, a las normas sociales de la época y toma posición en relación con temas difíciles de manejar. Su obra es por antonomasia un reflejo de arte en contra de. Luis Buñuel es uno de los más grandes directores de cine de todos los tiempos y sin dudas un genio.

Copiar y pegar

Pedro Almodóvar, considerado por muchos un buen director de cine, acaba de mostrar su última obra: Madres paralelas. Desde la comodidad de su hogar, trata de hacer propaganda ideológica a través de un filme que lejos de intentar trastocar el orden establecido, es un ejercicio de genuflexión que exalta los logros sexuales de los movimientos a los cuales pertenece y cultiva la idea de división y venganza desde un puesto de poder. Lo que hace Almodóvar es contrario a la esencia del arte, porque a mi parecer, termina siendo la bandera de expresión de una autoridad que ya controla gran parte de la manera de conducirse del ciudadano de occidente. A mi juicio, inicialmente (siglo XX) Almodóvar era un transgresor. Hoy en día (siglo XXI) solo es un elaborador de panfletos. Queda por resolver el interesante dilema entre lo que es arte y lo que deja de serlo dependiendo del tiempo y el lugar donde se exponga.

Mi lucha

Leí Mi lucha hace mucho tiempo. Fuera de contexto, es una obra que genera emotividad juvenil. En ese momento entendí que lo que decía Fidel Castro con relación a que la historia lo absolvería lo había tomado de Adolfo Hitler. En ese mismo tiempo leí un libro de Federico Nietzsche donde señalaba que algunos lo criticaban porque sus libros eran una suerte de trampa para seducir incautos. Entonces me di cuenta de que, si un arte se precia de serlo, es aquel que es capaz de seducir. Sin ese elemento, no hay arte. La seducción a través de la obra, generalmente se logra porque se está intentando trastocar algo establecido. Exaltar lo establecido no tiene mucho valor. Uno de mis escritores favoritos, Julio Cortázar, a la par de haber escrito genialidades literarias, elabora panfletos que desean imponer un tipo de orden, que en realidad es un intento por tener poderío social. Más descreído de lo habitual, conforme van pasando los años, dejo de creer en lo que me parece obvio y aburrido y sigo deleitándome con lo inusual. Cualquier cuento de Cortázar basta para reconciliarse con el arte. Un panfleto de Julio Cortázar nos recuerda lo humano que es.

Bailando y cazando

Hay artistas que se vuelven polímatas y no hay nada sobre lo cual no tengan una opinión establecida. Eso se alcanza cuando se tiene certeza en relación con las cosas. Para quienes cada día que pasa nos volvemos más descreídos, sabemos que es casi imposible cultivar la coherencia intelectual. Lejos de aferrarnos a pensamientos anquilosados, vamos sembrando dudas por donde pasamos. De ahí que se piensa porque se duda y si lo que existe es pura certeza, ya no tiene mucho sentido hacer el intento de pensar. Pensar es, ha sido y por fortuna, espero que siga siendo, el ejercicio de reformular aquellas cosas que tenemos por ciertas y escrutarlas bajo el lente de la desconfianza. Mi padre, que a sus ochenta años suele jugar con las palabras, compone y canta. En uno de sus ejercicios intelectuales, me formula una pregunta, que lejos de generar una respuesta, termina por transformarse en acertijo. Le contesto que su pregunta no tiene solución para mí, por cuanto la considero un enigma y que tal vez a su edad podría contestarle. Creo que mi padre alcanzó un nivel intelectual al cual aspiro un día llegar. Plantearse el ejercicio de resolver enigmas por gusto es una manera de conducirse que parece divertida.

Amigos enemistados

Tener que migrar forzosamente, enfrentarse de nuevo a la noche y batallar con los eternos lugares comunes pareciera que es un punto de encuentro que compartimos muchas personas. Ese grupo de gente que en realidad somos minoría, constituimos una especie de comunidad marginal, marginada y tendiente a hacerse sentir desde la esquina que ocupamos. La dimensión marginada del migrante es afín a la idea de ver la realidad con lentes propios de quien cuestiona cada detalle que percibe. Lo cuestiona desde el desarraigo, pero también del arraigo que nos genera el hecho de que nos vamos universalizando conforme pasa el tiempo. Ser de cualquier parte para no terminar siendo de ninguna genera una templanza que siempre quise tener. A veces no es bueno que se nos cumplan los sueños.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 22 de febrero de 2022.

 

domingo, 13 de febrero de 2022

Jerry Seinfeld

 


Aun con mis exigentes actividades, entre pausa y pausa, volví a ver las nueve temporadas de la legendaria serie de televisión estadounidense Seinfeld, lo cual me ha vuelto a conectar en ese tiempo, los ochenta y los noventa, que tantas satisfacciones personales me dio. Una de ellas, es la risa que me regaló el comediante judío estadounidense Jerome Allen Seinfeld.

Nada es sagrado

Siendo y haciéndose el gracioso, quien se dedica a la comedia, cultiva el ejercicio de burlarse de lo cotidiano, de aquello que la gente, en general, atribuye un carácter valorativo. El comediante tiene ante sí el titánico desafío de burlarse de las cosas propias de la vida, incluyendo lo sagrado. Tanto lo bueno como lo bello, instancias propias del ejercicio de la filosofía, son para cualquier persona, elementos con los cuales se debe enseriar. Para quien se dedica a la comedia, aquello que constituye una instancia elevada se debe transformar en risa. De ahí que la risa siempre es un acto subversivo por cuanto trastoca el orden. La risa pone a ras del suelo la realidad y la carcajada es la puerta de entrada al caos. De esas y otras vulgaridades vive el buen humorista: generar hilaridad y tratar de llevarlo a nivel de instancia artística, con posibilidades de cautivar multitudes. Durante casi una década, el comediante estadounidense se interpretó a sí mismo en una serie que terminó por convertirse en legendaria.

La risa o la vida

El arte de hacer reír, en ocasiones llega a ser tan temerario que el comediante puede llegar a estar claramente en conflicto con los estamentos de poder de su entorno. Hacer burlas en torno a la sexualidad, la religión o la política son campos en los cuales el humorista tiene espacio para el desarrollo de sus temáticas, también son de las tres cosas generadoras de conflicto civilizatorio. El humorista se tambalea en la cuerda floja en la cual pasa a ser equilibrista de un arte que necesariamente debe finalizar en risa, la cual ha de hacerse circular una y otra vez para terminar en un montón de círculos que llevan al desarrollo de un estilo y una manera de comunicación, que por más elevada que pretenda ser, siempre va a terminar una fuente generadora de alegrías que puede molestar a más de uno. Sin que existan personas que se sientan aludidas, no existiría el buen humor.

Banalizar versus ridiculizar

El humorista puede banalizar las cosas propias de lo humano como el amor o el sexo. Si es más audaz, lo puede llegar a ridiculizar. A mi juicio hay dos tipos de humoristas, aquellos que intentan banalizar la realidad y aquellos que llegan al punto en el cual la ridiculizan. Son mucho más osados y atrevidos los segundos, generando auténticos cataclismos culturales. La ridiculización de cuanto existe es siempre dirigida a lo que lo humano generalmente híper valora, lo cual comienza por el atrevido acto en el cual el comediante comienza por ridiculizarse a sí mismo para poder dar el salto exponencial de ridiculizar lo humano y si su capacidad artística es elevada, sin dudas que también llegará a ridiculizar lo divino. De esas va ese asunto intrincado del sentido del humor.

La cultura estadounidense

¿Qué hace que la cultura estadounidense genere deseos de ser adoptada y sus estereotipos tienden a universalizarse? Desde la celebración navideña con pinos y trineos hasta la internacional hamburguesa de McDonald 's, es difícil que los elementos del país del norte no tiendan a generar afición y hasta idolatría. El rock y sus infinitas mimetizaciones latinoamericanas y transcontinentales, precedido por el cantar de la población afroamericana a la orilla de Río Misisipi, pasando por la gran literatura, Estados Unidos genera elementos a borbotones que han marcado la totalidad del rumbo civilizatorio. La humanidad no sería como la conocemos sin la industria del cine y la televisión de los Estados Unidos de Norte América, solo para mostrar el botón con el cual prácticamente han llegado al último confín de la tierra. Ese estilo de vida y esos valores culturales son fácilmente asimilables, lo cual hace que exista una propensión natural a imitar lo que los estadounidenses hacen.

Seinfeld, la moral y el castigo

A través de infinitud de ridiculizaciones de lo humano, un presumido y exitoso humorista se interpreta a sí mismo en un espectáculo que una y otra vez se burla de lo humano y lo divino para generar una secuencia de actos de subversión tras subversión. Lo hace desde un tono aparentemente banal, pero profundamente tendiente a mofarse de aquellas cosas que consideramos importantes en nuestras vidas. El final tenía que ser el que fue, porque para condena de quien actúa de esta manera, lo moral debe pasar la aplanadora de aquello que huela a vida. Es así como Elaine, George, Kramer y Jerry reciben su merecido y en una muestra de necesidad de control, la serie finaliza con el confinamiento de los transgresores. No así del tan necesario sentido del humor, que se sale con las suyas. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 15 de febrero de 2022. 

domingo, 6 de febrero de 2022

Problemas y soluciones

 

Pedro Pardo tenía tres meses consumiendo alcohol sin detenerse. Reconocido como cirujano talentoso por la comunidad en la cual ejercía, generaba pesar entre sus pacientes, las personas conocidas, pero sobre todo en su familia. Con esposa y tres hijos adolescentes, Pedro Pardo había sido un ejemplo como ciudadano, profesional y hombre de familia. Poseído por el trastorno de beber, literalmente su vida se le iba cada día transcurrido. Se había fracturado la nariz en una de las tantas caídas que había presentado y su familia acudía en grupo a rezar, dado que no encontraban solución al incontrolable estado del Dr. Pardo.

Familia unida

La familia del cirujano, lejos de alejarse o abstraerse del problema, se había cohesionado a tal punto que todos giraban en torno a él. Su esposa y los tres hijos casi se habían obsesionado con sacar al médico del problema e incluso habían abandonado sus propios quehaceres. Las horas pasaban y la ocupación de sus mentes estaba focalizada en la vida y actitud del hombre que durante muchos años solo era un modelo de persona, que se conducía socialmente de manera muy provechosa, puesto que su talento estaba al servicio de salvar vidas a través del impecable oficio de su profesión, que en sus manos se traducía en arte. Los tres hijos eran estudiosos y solidarios, con planes de estudiar medicina, como su padre. La esposa se había entregado a levantar la familia, sacrificándose de manera tenaz para que su estirpe fuese de bien. Lo único torcido era la imposibilidad que presentaba su esposo para dejar de beber.

Con el pie izquierdo

Resulta que un lunes, Pedro Pardo se dirigió a su esposa y a sus tres hijos y les dijo que había tomado la decisión de internarse en un centro para rehabilitarse de aquello que estaba destruyendo su vida y la de sus seres amados. Un quince de febrero ingresó al Instituto Internacional para Tratamiento de Adicciones Edgar Allan Poe. Temblaba como consecuencia de la abstinencia y la familia se despidió de él justo cuando comenzaba a dar manotazos para quitarse de encima los insectos imaginarios que lo atacaban con saña en el intrincado delirium tremens. Luego de someterse al tratamiento de rigor, en el cual necesariamente requirió ser contenido con brazaletes por su alto nivel de agitación, se le realizaron los estudios que derivaron en un hallazgo que le daría un vuelco a su vida. El daño hepático era irreversible y tenía la vida limitada a meses. Se culpó y maldijo a sí mismo infinidad de veces, al punto en que ya no quedó idea miserable que pudiera asomar. Los días de internamiento se le fueron en hacer planes y contar los días que le quedaban. Su mente estaba literalmente convulsa y sentía cercano el hálito mortuorio. Bajo juramento, el médico que le dio de alta en el instituto se comprometió en no revelar a la familia que Pedro Pardo tenía los días contados.

Planes en la víspera

Contrario a la idea inicial de hacer un montón de cosas pendientes antes de dar el último suspiro, el Dr. Pardo regresó a su hogar luego de tres meses de internamiento. Vestía una camisa de lino que le quedaba holgada por los kilos perdidos durante su tratamiento y de manera sorpresiva se apareció en la cocina, mientras su esposa, que no lo esperaba, hacía una de las legendarias sopas que tanto le gustaban al Dr. Se volvieron a amar como alguna vez lo hicieron y esperaron a los hijos, quienes no cabían de la emoción. Parecía un milagro lo ocurrido, pues su padre no solo había regresado sobrio, sino con afabilidad, sencillez, bondad y don de gentes. Sus hijos lo adoraron y lo admiraron como nunca. Fue así como Pedro Pardo, consciente de que le quedaba poco tiempo de vida, trató de vivir como si no estuviese enfermo, retomó las intervenciones quirúrgicas y de nuevo ayudó a las personas. Lo pudo hacer hasta que comenzó a ponerse amarillo y asomaron los primeros síntomas limitantes, propios de su enfermedad.

La despedida

La noticia no pudo ser más triste, por lo que tanto los hijos como la esposa trataron de presentar la mayor cantidad de opciones posibles, pero era ya muy tarde. El daño corporal se había complicado mucho más de lo esperado y con absoluto estoicismo, el Dr. Pardo pasó sus últimos días con su familia. Cuando lo espetaron para señalarle que debió informar que le quedaba poco tiempo de vida, él les habló de manera sabia y pausada: “Mi mayor aspiración era a volver a retomar los días y la familia que una vez tuve. Lo logré y no hay mayor felicidad en el mundo para mí. Espero que me recuerden como he sido en este último tiempo y no de otra manera.”

Vino a despedirse de mí. Hablamos más de una hora y cada palabra que pronunció me quedó grabada para siempre. La ausencia de vicios no aumenta las virtudes de un hombre, dice el poeta español. Yo solo digo que, con sus imperfecciones, él demostró que se puede ser bueno en la vida y ayudar a los demás. Por petición de la familia dije algunas palabras al momento de su entierro. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 08 de febrero de 2022.


domingo, 30 de enero de 2022

Afortunados infortunios

 


Juan Martínez era el primero de su promoción. Se preparaba para recibirse de oficial de un Ejército centroamericano cuando limpiando el arma de reglamento se le escapó un disparo que hizo añicos el fémur de Ernesto Villegas, su mejor amigo, que ese día, sentado a su lado, le pedía consejos en relación con una joven a quien estaba cortejando, siendo la hija de uno de los generales de temperamento más agrio del ejército nacional. Juan le hacía algunas recomendaciones y Ernesto se mostraba inquieto por las consecuencias de haberse fijado de una joven inteligente y bella, cuando la detonación los ensordeció. No bastó con que saliera sangre a borbotones para que Ernesto reaccionara cuando ya Juan se había quitado la franela, comprimiendo la herida que habría de cambiar la vida de ambos.

Entrenamiento para la vida

Desde su ingreso al ejército, Juan Martínez había dado señas tempranas de que era un líder natural. Físicamente ágil, con aguda inteligencia, había probado una y otra vez sus capacidades en las situaciones más disímiles. Desde las salidas de fines de semana en donde había detenido más de una pelea en los bares que acostumbraban a ir a celebrar la vida en espacios lejos del confinamiento de la guarnición hasta en tener que aprobar los respectivos exámenes en los cuales destacaba, particularmente en matemáticas. En la selva Juan se había mostrado como lo que era: Un líder con capacidad para generar respeto y simpatía entre sus cercanos. La sonrisa no desaparecía de su rostro y era capaz de una chispeante ocurrencia aun en situaciones tensas. Era respetado incluso por sus superiores, quienes habían visto pasar por la academia a miles de jóvenes y sabían cuándo uno de ellos tenía un potencial que lo hacía diferente. Eso, obviamente no lo salvaba de la envidia, y uno que otro sargento había tratado de burlar su fortaleza interior, a lo que Juan se mostraba impermeable. Sabía dónde estaba el foco y no se dejaba distraer. Cuando al Capitán Leopoldo Ramírez lo llamaron para que emitiera el informe del accidente no pudo dormir. Sabía que iban a expulsar a uno de los mejores aspirantes a militar profesional que él había conocido. Sentía respeto por Juan, forjado en los espacios compartidos de las situaciones difíciles, propias del exigente entrenamiento castrense de ese país.

Patear a quien lo merece

Producto de la herida de bala, el joven Ernesto Villegas había sido operado varias veces. A pesar de los esfuerzos de los médicos, no hubo manera de impedir que una pierna le quedara más corta que la otra, por lo que su carrera militar se había arruinado por el accidente. Se sumía en la depresión y sabía inalcanzable a la hija del general, quien entre sollozos lo visitó una sola vez mientras él se recuperaba. “Por favor no vuelvas”, le dijo Ernesto a la chica que lo había cautivado, sabiéndose inútil para desarrollar una carrera militar. En la guarnición, los comentarios iban de uno a otro, señalando cómo de manera trágica y definitiva, por haber manipulado inadecuadamente el arma poco antes de recibirse como oficial, Juan Martínez le había dañado para siempre la vida a Ernesto Villegas. “Que lo echen del ejército, es una vergüenza, una amenaza, se jactaba de su talento y desgració a su amigo” dijo a pleno pulmón uno de los integrantes de la promoción, lo cual fue avalado por media tajada de soldados. La otra mitad guardó silencio. “Es muy injusto que lo echen, es el mejor de nosotros”, se atrevió a decir uno de los amigos de Juan Martínez, quien con esa afirmación terminó de dividir en dos bandos al grupo.

Vivir es decidir

El capitán Leopoldo Ramírez, luego de semanas de dormir inquieto, se presentó ante cinco superiores junto con el aspirante Juan Martínez, quien parecía que había sido ya condenado a ser expulsado del ejército, luego de haberse destacado en su carrera. Ese lunes de noviembre se jugaba su futuro y su suerte para siempre. La impoluta defensa del Capitán no pudo ser más atinada. “Podemos perder a dos soldados. Uno, que fue accidentalmente herido y otro, que por manipulación inadecuada del arma reglamentaria le dañó la carrera a quien era su mejor amigo. La otra opción es tratar de que no vuelvan a ocurrir más nunca accidentes como estos. Si le damos la oportunidad al aspirante Juan Martínez de redimirse, capacitándose en prevención de accidentes en el ejército y dictando el curso a la totalidad de los jóvenes que ingresen en la academia, no solo salvaremos del infortunio al Señor Juan Martínez, aquí presente, sino que estaremos previniendo que situaciones como estas se repitan y estaríamos ayudando a nuestro ejército en su esencia. El asunto es si perdemos a dos buenos soldados o tratamos de recuperar a uno, para beneficio de muchos”.

Cuando lo conocí, el coronel Juan Martínez dictaba anualmente el curso de capacitación para cadetes. Comenzaba con la historia de un joven militar que accidentalmente le había arruinado la carrera a su mejor amigo. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 01 de febrero de 2022.