domingo, 30 de enero de 2022

Afortunados infortunios

 


Juan Martínez era el primero de su promoción. Se preparaba para recibirse de oficial de un Ejército centroamericano cuando limpiando el arma de reglamento se le escapó un disparo que hizo añicos el fémur de Ernesto Villegas, su mejor amigo, que ese día, sentado a su lado, le pedía consejos en relación con una joven a quien estaba cortejando, siendo la hija de uno de los generales de temperamento más agrio del ejército nacional. Juan le hacía algunas recomendaciones y Ernesto se mostraba inquieto por las consecuencias de haberse fijado de una joven inteligente y bella, cuando la detonación los ensordeció. No bastó con que saliera sangre a borbotones para que Ernesto reaccionara cuando ya Juan se había quitado la franela, comprimiendo la herida que habría de cambiar la vida de ambos.

Entrenamiento para la vida

Desde su ingreso al ejército, Juan Martínez había dado señas tempranas de que era un líder natural. Físicamente ágil, con aguda inteligencia, había probado una y otra vez sus capacidades en las situaciones más disímiles. Desde las salidas de fines de semana en donde había detenido más de una pelea en los bares que acostumbraban a ir a celebrar la vida en espacios lejos del confinamiento de la guarnición hasta en tener que aprobar los respectivos exámenes en los cuales destacaba, particularmente en matemáticas. En la selva Juan se había mostrado como lo que era: Un líder con capacidad para generar respeto y simpatía entre sus cercanos. La sonrisa no desaparecía de su rostro y era capaz de una chispeante ocurrencia aun en situaciones tensas. Era respetado incluso por sus superiores, quienes habían visto pasar por la academia a miles de jóvenes y sabían cuándo uno de ellos tenía un potencial que lo hacía diferente. Eso, obviamente no lo salvaba de la envidia, y uno que otro sargento había tratado de burlar su fortaleza interior, a lo que Juan se mostraba impermeable. Sabía dónde estaba el foco y no se dejaba distraer. Cuando al Capitán Leopoldo Ramírez lo llamaron para que emitiera el informe del accidente no pudo dormir. Sabía que iban a expulsar a uno de los mejores aspirantes a militar profesional que él había conocido. Sentía respeto por Juan, forjado en los espacios compartidos de las situaciones difíciles, propias del exigente entrenamiento castrense de ese país.

Patear a quien lo merece

Producto de la herida de bala, el joven Ernesto Villegas había sido operado varias veces. A pesar de los esfuerzos de los médicos, no hubo manera de impedir que una pierna le quedara más corta que la otra, por lo que su carrera militar se había arruinado por el accidente. Se sumía en la depresión y sabía inalcanzable a la hija del general, quien entre sollozos lo visitó una sola vez mientras él se recuperaba. “Por favor no vuelvas”, le dijo Ernesto a la chica que lo había cautivado, sabiéndose inútil para desarrollar una carrera militar. En la guarnición, los comentarios iban de uno a otro, señalando cómo de manera trágica y definitiva, por haber manipulado inadecuadamente el arma poco antes de recibirse como oficial, Juan Martínez le había dañado para siempre la vida a Ernesto Villegas. “Que lo echen del ejército, es una vergüenza, una amenaza, se jactaba de su talento y desgració a su amigo” dijo a pleno pulmón uno de los integrantes de la promoción, lo cual fue avalado por media tajada de soldados. La otra mitad guardó silencio. “Es muy injusto que lo echen, es el mejor de nosotros”, se atrevió a decir uno de los amigos de Juan Martínez, quien con esa afirmación terminó de dividir en dos bandos al grupo.

Vivir es decidir

El capitán Leopoldo Ramírez, luego de semanas de dormir inquieto, se presentó ante cinco superiores junto con el aspirante Juan Martínez, quien parecía que había sido ya condenado a ser expulsado del ejército, luego de haberse destacado en su carrera. Ese lunes de noviembre se jugaba su futuro y su suerte para siempre. La impoluta defensa del Capitán no pudo ser más atinada. “Podemos perder a dos soldados. Uno, que fue accidentalmente herido y otro, que por manipulación inadecuada del arma reglamentaria le dañó la carrera a quien era su mejor amigo. La otra opción es tratar de que no vuelvan a ocurrir más nunca accidentes como estos. Si le damos la oportunidad al aspirante Juan Martínez de redimirse, capacitándose en prevención de accidentes en el ejército y dictando el curso a la totalidad de los jóvenes que ingresen en la academia, no solo salvaremos del infortunio al Señor Juan Martínez, aquí presente, sino que estaremos previniendo que situaciones como estas se repitan y estaríamos ayudando a nuestro ejército en su esencia. El asunto es si perdemos a dos buenos soldados o tratamos de recuperar a uno, para beneficio de muchos”.

Cuando lo conocí, el coronel Juan Martínez dictaba anualmente el curso de capacitación para cadetes. Comenzaba con la historia de un joven militar que accidentalmente le había arruinado la carrera a su mejor amigo. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 01 de febrero de 2022.

domingo, 23 de enero de 2022

Bella, inteligente y malvada

Hay personalidades realmente fascinantes. No necesariamente la fascinación está vinculada con la simpatía o la afinidad, mucho menos cuando tratamos de poner sobre lo humano el interés propio de quien intenta llevar lo que le circunda a letra escrita. También la fascinación por lo humano va de la mano con la experiencia de ser psiquiatra. Ese doble interés en descifrar aquello que mueve al ser, puede mostrarnos lo más loable y lo perturbadoramente monstruoso, muchas veces de manera simultánea. Lo bueno dentro de lo malo, lo malo dentro de lo bueno, lo bello dentro de lo feo, lo feo dentro de lo bello y demás combinaciones posibles. De esa dicotomía, que en realidad es una línea continua, estamos rodeados. También de esa materia aparentemente amorfa estamos hechos.

Vidas hechas y contrahechas

Tratando de abonarle un tanto al terreno de la introspección, estuve viendo de nuevo algunos clásicos del cine. El lado oscuro del corazón y su segunda parte, del argentino Eliseo Subiela, fueron para el deleite en el momento en que se difundieron en las salas de cine. Hoy son dos piezas de arte y de culto en relación con lo humano, sus banalidades y su potencial trascendencia. Del mismo autor, sorprende Hombre mirando al sudeste, que lo lleva a uno a preguntarse cómo hay tanta genialidad en un solo hombre, al punto de que otros se ven en la necesidad de plagiar su talento. La estética en su forma banal y conocida, de la mano con el abismo insondable del pensamiento son una dupla de la cual nos cuesta dejar de fascinarnos. Simplemente están ahí, para nuestro goce y recreación, una y otra vez. Recuerdo una tarde de cine en Mérida, al finalizar Ese oscuro objeto del deseo, de Luis Buñuel, un compañero de clase, notable por su tendencia a la estupidez, exigía que le devolviesen el costo de la entrada. Buñuel, mientras tanto, se estaba carcajeando en algún lugar. He conocido muchos sitios e infinitud de personas. He escuchado innumerables historias, algunas tan increíbles que sencillamente no se pueden contar. La capacidad de que lo humano y su miseria se concrete en obra de arte es lo más elevado de la creación.

Correr, caer, huir

El opíparo ingeniero, apurado porque lo espera la esposa con la cena hecha, se apura en despedirse de su amante. Se viste tan rápido que no se abotona bien la camisa. La amante, que aspira ascender en sociedad, ha cerrado la puerta con llave. El ingeniero la mira con sorpresa, mientras ella, con soltura, lanza por la ventana con fuerza, la única llave del departamento desde el piso diecisiete. El ingeniero queda abatido, entre el desconcierto, la angustia de no poder escapar y el saberse atrapado por los caprichos de su amante. Le esperan horas, tal vez días de súplica, para poder huir a la cárcel que él mismo se ha creado. ¿Para qué necesitan las personas tanta intensidad emocional solo para convencerse de que están vivos? Pareciera parte del sino humano el buscar situaciones en las cuales se intenta que sean los extremos lo que asomen y no el saludable equilibrio. Lo humano y sus infinitas contrariedades en ocasiones pareciera ser una gigantesca mueca, cuando no una morisqueta del destino. Mucho de lo que vivimos cada día era tan previsible que cuesta trabajo entender la recurrente tozudez humana y el inacabable esfuerzo de hacer las cosas complicadas, cuando bien pudieran simplificarse. La búsqueda desaforada del placer en ocasiones tiene tintes de autodestrucción notables, que quien lo cultiva trata de obviar. Hacerse el ciego o el sordo ante lo importante tiene más peso que ponerle ojos, oídos y el mayor interés a cosas que no valen la pena.

Comienza el universo de parias

Migrantes marginados y marginales de lo civilizatorio recorren el mundo. Millones de almas pululan de un lado a otro, muchos de los cuales hacen esfuerzos inmensos por tratar de encontrar lugares para sobrevivir al hambre y al infortunio. Grandes masas van de un sitio a otro lugar, mientras desde los centros de poder más importantes del planeta se actúa como si se tratase de modificar el cauce de un riachuelo. Que si un dique por aquí, una pequeña desviación por allá. Asuntos como el desplazamiento ininterrumpido de enormes grupos de personas debería ser prioritario para quienes toman decisiones importantes. No es saludable mirar a un lado ante problemas que sin dudas terminarán por generar inconvenientes en muchas latitudes. En el siglo que combina pandemia con telemática, ser multitudinariamente errante no debería ser normalizado. Pero lo humano es así, infinitamente desconcertante al punto de que el desbarajuste que se termina generando se celebra como si fuese un logro. Demasiada energía invertida en hacer las cosas mal, cuando es más sencillo hacerlas bien. Más o menos de ese sabor se nos hace la existencia. Hay problemas tan grandes que a muchos les cuesta entender que apenas están comenzando. De certezas difíciles de asimilar está hecho nuestro presente. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 25 de enero de 2022.

domingo, 16 de enero de 2022

El hombre y su lucha

 


Sube nuevamente el telón y con franela y pantalones cortos me pongo a escribir. El gran desafío humano en relación con las causas potencialmente determinantes para multitudes es hacer que un principio, muchas veces personal, individual o colectivo trascienda a las grandes mayorías al punto que las haga propias. De ese lugar de partida surgen los movimientos sociales más aleccionadores y encomiables; también las grandes tragedias. De una de esas desventuras venimos los millones de venezolanos regados por el mundo, por lo que nos marca el desarraigo y el viaje, con punto de partida y con destino incierto, tenemos el signo de Caín. Eso somos quienes abrazamos la bandera tricolor y la arepa como punto de encuentro. De esa historia que apenas comienza, muchos heredamos una manera de ver el mundo que en ocasiones pareciera repetirse en cada esquina. En ocasiones, eso que parecieran puntos de vista sólidos, son simples caprichos generacionales.

Laboratorios apocalípticos

Giran las aspas del ventilador mientras en nuestro tiempo se hizo norma que se den de manera simultánea las realidades forzadas más irreales. Los medios de comunicación de la contemporaneidad son capaces de hacer que matrices de opinión surjan de infinitas maneras, al punto de que lo que empieza por una afirmación condenatoria termine por imponerse sobre la realidad. Lo que vemos y oímos termina por ser cuestionado por nosotros mismos y las realidades paralelas se van imponiendo como las verdades irrefutables en mundos simultáneos que superan cualquier intento por controvertir y alegar. Gana lo que cada uno quiere oír y de manera temeraria y tendiente a lo insalubre, se termina por imponer una falsedad sobre otra.  Se condenan sistemas enteros para dar al traste con los mismos en un aparente salto al vacío. En realidad, son los artilugios de quienes buscan controlar y tomar el poder, lo cual lograrán si se les permite.

Épica generacional

La franela y los pantalones cortos son por el verano y escribo: Cada generación potencialmente aspira tener su propia épica, en la cual se va desarrollando un discurso y una narrativa que va desde lo tele novelesco hasta lo heroico. ¿Qué le vamos a hacer, si existe la necesidad humana de darle una sobre dimensión a lo pasado y al propio presente? Se necesitan héroes nuevos, los cuales arribarán a donde se les lleve y si nos descuidamos, no bajarán de la cima a la cual se les levante. Forma parte de las fatalidades propias de lo humano, en lo cual existe la necesidad de creer en falsos titanes y la idolatría es una función mental que genera esperanza y sensación de certeza. Esa misma esperanza y sensación de certeza puede ser la peor de las fatalidades y de eso está lleno de ejemplos la historia, pero bien sabemos que no se escarmienta en cabeza ajena. Muchas veces parece que el aprendizaje es por sufrimiento o de lo contrario no se aprende. De generaciones creativas que son capaces de pensar en la unión y el bien común está repleta la historiografía, la misma que relata cómo generaciones enteras no han hecho sino llevar a sus coetáneos a la destrucción y la desgracia. Parecen ciclos de los sistemas.

Causas ganadas, causas perdidas

Si bien el calor arrecia, siempre hay tiempo para pensar que: Si bien es cierto que la lucha por una buena causa vale la pena un esfuerzo, no menos cierto es que algunas causas, por más loables que nos parezcan, no se pueden cultivar. La vida es contra reloj y la necesidad humana de respirar un poco de aire fresco es también parte del existir. Lo peor de lo humano es su capacidad adaptativa. Somos capaces de adaptarnos prácticamente a cualquier situación que se nos presente en el devenir de nuestra existencia. También se supone que esa capacidad adaptativa es una de nuestras más grandes fortalezas. Tal vez la adaptación solo es una tara sobrevalorada. Lo genuino sería rebelarnos ipso facto, ante las adversidades, pero pareciera no ser compatible con una vida equilibrada. En esas se nos va la vida. Afortunadamente nos queda tiempo para bailar y amar, de lo contrario, el sinsentido se apoderaría de todos los espacios. Prefiero claudicar mil veces ante una causa justa que inexorablemente va a ser fallida que perderme de un encuentro con la persona amada. De lo extremadamente individual, encumbrado en el compartir íntimo, está hecho lo más grande de lo humano. También de lo rimbombante. Como colofón, escribo sobre el sentido de la vida: A la vida hay que encontrarle sentido. Algunos tuvimos la fortuna de nacer con una brújula traspasada generacionalmente que apuntaba el lugar hacia donde debíamos focalizar nuestros esfuerzos. Lo agradecemos. Otros, por el contrario, necesitan conseguir su propio camino, lo cual se hace con esfuerzo temerario propio de quien necesita formarse su propia senda, sin señales en el camino que más o menos le digan por dónde ir. Llevar de la mano una brújula también es un acto de fe. Así se va cerrando el telón.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 18 de enero de 2022.

domingo, 2 de enero de 2022

De leyendas y otras obviedades

 


En ocasiones, mientras duermo profundamente, veo una infinitud de estrellas que hacen mágica la noche en Barro Negro, al pie del Pan de Azúcar, en el Estado Mérida, la de Venezuela. El páramo de La Culata es un sitio mágico, en donde los frailejones son tan grandes, que con la neblina parecen personas, como si fueran frailes en medio de esos parajes. De ahí viene el nombre de la inigualable planta de los páramos, o al menos eso creen los entendidos, cuyas hojas asemejan orejas de conejo. Tal parece que la distancia que se ha entrepuesto entre mi país y mi destino se hace cada vez más ancha, asunto propio del migrante, para quien el pasado deja de existir para convertirse en recuerdos transfigurados, mitificados y elevados a nivel poético. Mirar para atrás ni siquiera es un acto de nostalgia, es echarle un vistazo al manual de aprendizaje para seguir adelante. Esa bitácora que escribimos nos llevó a donde seguimos caminando. 

Rinde la vida

Tal vez es posible vivir varias vidas en una sola existencia. Recuerdo cuando daba clase en el aula 21 del edificio D de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes con un atuendo elegante y una colección de corbatas. Eran a las siete de la mañana y durante años me habían asignado el aula más grande por lo abultado del curso. La última vez que di clase en ese excepcional lugar solo había siete estudiantes. Todos los demás se habían retirado por no poder sufragar los gastos básicos para poder mantenerse en la universidad. Las instituciones son como montañas rusas. En ocasiones están en su punto más elevado y luego pueden llegar a bajar a ras del suelo. Es la particularidad de lo institucional, en lo cual está latente la posibilidad de que los malos tiempos se apoderen de la esencia de lo que son esas instancias creadas por el hombre para el buen vivir.  De la misma manera como caen, también resurgen, solo es cuestión de tiempo y en ocasiones de mucho tiempo. Ese resurgir de lo institucional es parte de lo más elevado de la cultura, pero la vida tiene fecha de caducidad y en ocasiones no podemos esperar.

Subiendo y bajando cerros

Subiendo El Mucuñuque, por los lados de la Sierra Nevada, a la altura de Mucubají, me encontré con un prado verde, casi irreal, con arbustos perfectos y un arroyo de la más cristalina de las aguas. Me pregunté, mientras comía mi avío, si podía haber un lugar más hermoso en la tierra. La belleza de un sitio está condicionada por la posibilidad de dejar en ese espacio nuestros sentimientos más puros y hacer que trasciendan en la eternidad propia de lo bello. Los extraordinarios venados de páramo, imponentes y de una beldad incomparable, saltaban en las mañanas mientras movían sus colas. Imagino esos parajes y estoy seguro de que seguirán de esa manera para siempre, sin que nada los altere. Al menos así quedó fijado en mi memoria. Al menos así quiero recordarlos siempre.

Mi querida Rofi

Andino al fin, mi perra era una mucuchicera de nobleza incomparable y de agilidad sorprendente que hizo que mis días de niño fuesen como una hoja a la cual el viento mueve con suavidad. Mi fascinación por los animales no solo estaba condicionada a que siempre tuve un buen perro conmigo, sino por la cantidad de especies con las que crecí, que hacían que nuestra casa, si no llegaba a ser una granja era casi un zoológico. Desde que tengo memoria, tuvimos la venia de nuestros padres para tener cualquier tipo de animal, desde rabipelados hasta monos, lo cual nos permitía compartir con las especies animales más exóticas y divertidas y aprender de ellas. Tal vez con una vida tan rendidora sea difícil que en mis sueños no aparezca una y otra vez lo exultante de mi tránsito por estas latitudes y mis vínculos con lo vivo, incluyendo lo humano.

Opiniones, contra opiniones, nimiedades

No tengo talento para perder tiempo. Trato de extraer lo que da la vida y si no me ofrece una buena opción, no tengo dificultad en cambiar de rumbo. Un zorro se me acerca para comer de mi mano, mientras quedo deslumbrado por lo rojizo de su pelaje y de su gran tamaño. Pasa un espléndido cóndor sobre mi cabeza y siento que la Cordillera de Los Andes me va a seguir acompañando por un buen rato, o tal vez no, tal vez sean los pirineos los que me permitan respirar otros aires y descubrir otros ámbitos. De tanto escuchar los puntos de vista de lo humano, hubo un tiempo en el que me generó mucho interés tratar de entender la manera de pensar de otros. Creo que son buenos esos, los tiempos en los que vamos escribiendo la hoja de ruta de nuestras vidas, para encontrarnos con nosotros mismos y los afectos que nos circundan y hemos cultivado, que al final es lo único que importa. De lo que he podido aprender siempre estaré agradecido. No puedo negar que sigo sorprendiéndome por las cosas que voy conociendo, en un aprendizaje infinito, que me permite sacar de la mochila las cosas que me pesan y que no me sirven para nada. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 04 de enero de 2022.

domingo, 26 de diciembre de 2021

El sombrero de copa

 


¿Quién podía pensar que iba a haber una inquisición parte 2 en el siglo XXI? Como si se tratase de una mala broma, el ojo inquisitorial no deja espacio para las mentes más ágiles y antes de que se pueda expresar la libertad a sus anchas, aparece la lupa que pretende mutilar y si es posible hacer desaparecer aquello que incomoda a múltiples intereses atomizados que en nombre de pequeños grupos se apoderan de los espacios de las grandes mayorías. En eso se va gran parte de la energía de quienes se han trazado como meta cambiar la sociedad e imponer una supramoral que parece salida de una chistera.

Censura, autocensura y otros 

Junto con Daniel Márquez Bretto, Jesús Alberto López y Roger Vilain Lanz, en la década de los noventa del siglo pasado, editábamos semanalmente y encartado en un diario de circulación regional, un suplemento literario que se llamó El sombrero de copa. Era una publicación literaria que no tenía objetivo distinto que ostentar de carecer de línea editorial y publicar absolutamente lo que se nos ocurriese, en la Mérida gloriosa de sus mejores tiempos en donde la Universidad de Los Andes hacía alardes de grandeza. Los cuatro editores salimos egresados de esa universidad y los miércoles teníamos la reunión de costumbre en El palomar, donde leíamos los trabajos, escogíamos las fotos y nos poníamos de acuerdo solo en el orden en el cual iban a aparecer los textos. Nunca se le dio una respuesta negativa a la enorme cantidad de personas que nos hacían llegar sus trabajos, por lo que El sombrero de copa bien se ganó el puesto de ser la publicación más libertaria de cuantas han existido en mi país de origen. De ese tamaño fue la importancia de ese semanario que será sin dudas objeto de estudio para quienes se interesen en saber qué tan libres éramos en esa sociedad y en ese tiempo. Arepas con queso rallado hechas por Anita Rodríguez, acompañadas de cervezas heladas eran el epílogo nocturno de cada miércoles: Un brindis semanal por la vida. 

Los maravillosos ochenta y noventa

Luego de la dictadura férrea de Marcos Pérez Jiménez, se instauró en Venezuela un bipartidismo que permitió que las personas de los estratos más disímiles de la sociedad pudiésemos acceder a la educación universitaria pública y de calidad en forma masiva. Ese bipartidismo se comprometió con la educación a tal punto que muchos venezolanos pudieron formarse en las universidades más prestigiosas del planeta y luego incorporarse a la planta profesoral de casas de estudio como la de Los Andes y otras célebres universidades nacionales. En algunas de las cátedras en las cuales me formé en la Universidad de Los Andes, la totalidad de los profesores habían realizado estudios de especialidad, maestría o doctorado en el exterior. Eso nos permitió literalmente ser cosmopolitas de formación y atesorar una riqueza y bagaje intelectual que con dificultad se ha dado en algunos centros urbanos del mundo. En los ochenta y noventa, Mérida fue una incomparable ciudad universitaria, de gran amabilidad para vivir, en donde el respeto al otro y la vida sana y bucólica propia de las montañas andinas era lo que prevalecía. Ese tiempo y esos espacios eran una invitación para estudiar, pensar, crear, disfrutar la vida, socializar y amar a plenitud, sin sobresaltos ni contratiempos. De ese espectacular lugar vengo porque ahí nací, crecí y me formé como ciudadano. A ese mismo sitio volví luego de una gran y larga vuelta, para incorporarme como profesor universitario hasta mi partida a tierras lejanas en un peregrinar que además de aventura, ha sido un exilio voluntarioso.

Sin perder el foco

Veo dificultoso vivir de manera distante a lo pasional. Lo adusto me complica porque me cuesta atrapar su esencia. Me parece que lo civilizatorio necesariamente tiene que ver con el acto de pensar y dejar volar las ideas. Asunto cada vez más temerario, como si se tratase de franquear un gigantesco campo minado. Un amigo me llama preocupado porque solo sabe de mi existencia por esta columna de prensa. Mi amigo es una gran persona. Le cuento que estoy bien, leyendo, estudiando, escribiendo y con el foco fijo hacia adelante, sin tiempo para pensar en asuntos que me desvíen de mis objetivos puntuales en esta etapa de mi vida. Rechacé una oferta editorial y varias entrevistas de prensa porque me distraen de conquistas más terrenales y logros concretos. Si el foco está adelante, no se puede retroceder. En ocasiones echamos una miradita para atrás, para no olvidar de dónde venimos y tener presente que éramos capaces de sacar más que conejos de un sombrero de copa, lo cual siempre es reconfortante. En la actualidad me dedico nuevamente a coleccionar instantes excepcionales y momentos extraordinarios en una cadena que solo puede ser sublime por lo que se logra con cada avance. Todavía no logro tener mi propia ermita, pero todo parece apuntar a que ese es mi camino. Sí, tal vez sea cierto que se puede ser nihilista y feliz.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de diciembre de 2021.

La muy recurrente originalidad

Un viejo amigo hizo lo humanamente posible para que sus más cercanos nos alejásemos corriendo de él. Abrazó la idea de que solo se podía vivir en tiranía. Al principio pensamos que solo eran los desvaríos de un loco. Luego, cuando asumió un cargo de poder y se volvió el perseguidor y vengador más representativo de su generación, entendimos que sus buenas maneras solo encubrían a un enfermo capaz de hacerle daño a quien se le acercase. Hoy lo veo y creo que ganó cada batalla que se ha planteado hasta el presente. Éramos tan ingenuos en ese tiempo que cuando miro el pasado, me conmuevo de mí mismo y de los hermanos que la vida me ha regalado a través de la amistad. ¿Cómo pudimos subestimar la crueldad de alguien por quien sentíamos afecto? Solo son páginas que van pasando en este libro en blanco que escribimos cada día que nos despertamos. Por lo pronto, sigo siendo sobreviviente a un montón de naufragios que los he vivido acompañado. No me quejo: Tal vez me ha rendido la vida, tal vez sea posible vivir más de una vida a contra reloj.

El arte como salvación

Creo que la única salida es abrazar el arte en la totalidad de sus manifestaciones, incluso en aquellos que hacen cosas propias de lo cotidiano y lo elevan a un nivel que solo puede ser considerado como artístico. La premisa de que podemos ser salvados por el arte no es solo un amuleto contra la muerte y el aburrimiento, es también una forma de conducirse y de entender la existencia, que, si se sabe sobrellevar, nos puede abrir caminos en donde menos lo esperamos. La mediocridad es tan propia de lo humano que es necesario crearnos necesarias y muy tangibles burbujas que nos protejan de lo agrio y contravenido de la existencia. Del papel del arte en nuestras vidas ocupo mi tiempo mientras cavilo, converso y descubro almas que están dispuestas a compartir los espacios propios de la cordialidad y el buen vivir. El arte como tabla salvavidas para que no terminemos aplastados por el peso de las batallas perdidas. De eso va el asunto de valorar la dimensión que nos ofrece el arte: De hacer malabares con lo que tenemos a mano y ganarle espacios a los terrenos que nos han arrebatado. ¿Acaso el desarraigo no es también una manera de concebir la existencia? En terminales y hospitales he invertido mucho tiempo. Sobran las enseñanzas de esos lugares.

Hombre de buen tono, creo, creo, creo

Mi amigo, el loco, decía que yo era un hombre de buen tono. Creo que es cierto. Tratando de mantenerme consecuente con los valores en los que creo, he podido conservar la compostura y saber sacarle a la vida la savia que nos puede regalar. Cuando niño, solía adentrarme en los cañamelares y morder los tallos hasta dejarlos completamente secos. Ese sabor a infancia y correrías me acompaña mientras respiro, al levantarme y al dormir. Ese sabor dulce es parte de la esencia de lo que soy y espero seguir siendo hasta el último suspiro. Del anecdotario de batallas contra la noche y los esfuerzos por salir adelante he podido construir castillos de palabras. Cuentos, narraciones, ficciones, pequeños extractos de vida que palpitan en el papel, acompañados de buena música y mejores compañías. En eso he invertido gran parte de mi tiempo en este universo que a veces se antoja ser de difícil comprensión. Esa tendencia a sacar el extracto al sabor de la vida es una pasión que una y muchas veces se vuelve antojadizamente circular y nos lleva a verdaderas extensiones de placidez. En eso, mi antiguo amigo, que de loco pasó a malo, nos dejó muchas enseñanzas. Por eso le doy mucha importancia al valor de las metáforas y lo saludable de las paradojas. Cuando las paradojas y las metáforas se unen, se construyen metáforas paradójicas, auténticos milagros lingüísticos. Lo pragmático es sustituido por recrear aquello que con solo pronunciarlo se eleva.

Ideas que no dan para más

Imposibilitados de dar mayor dosis de originalidad a la existencia, se tienen que repetir patrones, calcar posiciones y remedar ideas. De eso van las cosas en este mundo que se jacta de ser original, cuando siguen existiendo las pestes, la maldad asecha en las esquinas, abundan los tiranos y los reyezuelos se jactan del poder que poseen en pleno siglo XXI. ¿De qué nos podemos aferrar para no ser presa de la desesperanza? Darle forma a la existencia es un deber de quien se quiere conducir con soltura. A un montón de gente se la ha ido la vida intentando que sus prédicas puedan ser de utilidad a otras personas. Creo que algunos sabemos que las cosas nos llevan a callejones sin salida y hay algunos trucos para resistir ante las circunstancias. Eso de amasar ideas en realidad es una manera de castrar mentalmente a las personas. Liberarnos de tanto refranero vulgar y no caer en el hueco de las ideologías es un asunto que se puede llevar de varias maneras. En mi caso, me acobijo con lo artístico. Es mi rincón y paradójicamente mi universo infinito que una y otra vez me libera.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 22 de diciembre de 2021.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Por un bistec

 


Recuerdo los tiempos en que devoraba los libros de Jack London. Tom King es el protagonista de un cuento sobre un boxeador ya entrado en años, que tiene que pelear por necesidad y literalmente por falta de comida se las ve negras en un combate. De estilo límpido, directo, gráfico y siempre generando emociones, Jack London es de esos escritores que transmiten goce cundo uno se acerca a su obra, independientemente de las dificultades y penas por las que pasan los protagonistas de sus historias. Por un bistec es un cuento perfecto, como un reloj suizo en el cual no sobra ni falta nada, un texto con las medidas exactas.

Los caminos recurrentes

Tal vez la dureza de la vida, o la capacidad para enfrentar la dureza de la existencia sea mejor expresada cuando se hace a través del arte. De alguna manera, la dimensión artística llega a encumbrar a tal punto lo que creemos que es vulgar que termina por convertirse en algo distinguido. El rugido de las tripas, como consecuencia del hambre, puede llegar a tener un nivel poco menos que lírico si se usan las palabras adecuadas, por lo que una cosa es escribir, otra es escribir bien y otra muy distinta escribir de manera magnífica, asunto peliagudo que muy pocos logran y requiere genio, disciplina, esfuerzo y, sobre todo, mucha convicción en lo que se hace. Sin esa convicción, que nada tiene que ver con los lectores y la aceptación de la obra, la literatura como gran arte no existiría. Esa convicción de estar transitando por buen camino es fundamental para atreverse a irrumpir en el mundo con una propuesta estética que puede generar rechazo, admiración o no generar nada, que es lo peor que puede pasar. La falta de resonancia, mantenida indefinidamente en el tiempo es el destino menos deseable de una creación.  

¿Sirve leer?

Tal vez leer no sirva para nada. O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Probablemente tampoco sirve de nada escribir, O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Esa búsqueda del utilitarismo de lo escrito no es relevante ni para el lector ni para el escritor. El lector puede que lea porque no puede parar de hacerlo y el escritor porque tampoco puede evitarlo. Esa combinación en donde el utilitarismo del texto queda relegado y gana el goce de la lectura o el placer o displacer de la escritura es la esencia del arte literario. Después viene la sesuda y necesaria crítica que encumbra o aplasta la obra, pero solo son gajes del oficio del cual particularmente el escritor debe abstraerse. Son muchos los grandes escritores, denostados en sus comienzos, de los cual después se hace apología a la excelencia y el buen gusto. Esas cosas pasan y son atinentes a la vocación de escribir.

Las modas literarias

Puede caer en desgracia quien por omisión, desengaño o ignorancia deja de leer lo que le place porque no está a la moda. En lo particular, prefiero los clásicos y uno que otro recién salido del horno. Estoy alejado de los concursos y premios literarios, sintiéndome conforme con mis favoritismos y valoraciones literarias. A los clásicos tiendo a regresar, porque desarrollaron el camino a transitar de los que han venido después, siempre deslumbrante e innovador. A los clásicos también les rindo culto por un asunto que tiene que ver con la certeza. De alguna manera, los grandes temas propios de lo humano han sido trabajados laboriosamente por geniales maestros de la pluma y es muy difícil romper con ellos. La perfección de un arte deja en orfandad a quien se aleja de aquellas hermosas letras que ha tenido el privilegio de conocer y seguir recreándose en ellas una y otra vez. Acercarse a una gran obra, permite una elaboración diferente en cada aproximación. Lectores e interpretaciones de los mismos libros van mutando conforme pasa el tiempo.

Libros viejos, libros nuevos

La idea de embarcarse en un proyecto que termine por la materialización de un libro es enceguecedora. Hay que bajarle la intensidad emocional que normalmente genera con la disciplina propia del laborioso artesano y las ideas sopesadas, de manera que no se desborden y contaminen la capacidad de terminar con una obra que sea buena. El oficio de escritor no solo tiene en sí el hecho de que la soledad es propia del asunto, sino que se debe tener bien tejida la armadura de la trama, de lo contrario el desorden podía apoderarse de aquello que queremos presentar y con lo cual solemos establecer un vínculo con quien, por azar o gusto, se interesa en la obra. El libro escrito y en papel, sigue siendo insustituible, entre otras razones, por características que hacen del libro escrito y publicado en papel una realidad tangible y no ahogada los laberintos de la infinita virtualidad. En ocasiones el apremio por el futuro puede llevar a hundimientos seguros. Una apuesta a lo tradicional nos hace mantener el buen tono, cuando no el gusto simple y llano por lo que durante tantos siglos ha sido exitoso. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 14 de diciembre de 2021.