domingo, 24 de octubre de 2021

De conspiración en conspiración

Sería necio no aceptar que han existido grandes conspiraciones en el curso de la civilización. Organizaciones secretas, grupos al margen de la ley, transgresores de oficio que se Inter vinculan para generar caos, revoluciones puestas en marcha de manera simultánea por los mismos cabecillas, en fin, una buena tajada de la historia humana. Con eso estamos familiarizados, porque es propio de lo humano la tendencia a romper con el equilibrio. La no aceptación al otro es parte de nuestra esencia como especie que propende a las contrariedades. En esta parte del siglo, con nueva una geopolítica que parece indetenible, desde la poderosa China aparece un virus y se trastoca la historia. Un terreno impensablemente fértil para cualquier especulación de quienes tienden a creer que el eje central de la vida es lo conspirativo.

Vacunas y antivacunas

Como ya lo hemos señalado en trabajos previos, es tan propio del pensamiento la tendencia a buscar la exactitud y la certeza, de la misma manera, lo especulativo y ausente de fundamento también es certeza para muchas personas. La incertidumbre, si bien es propia de los fenómenos físicos y humanos, en el ámbito emocional es inaguantable.  Cuando un grupo de antivacunas se expresa, en realidad lo que hace es aferrarse a la posibilidad de que las vacunas son dañinas y son parte de un plan conspirativo. Eso es certeza para ellos. De la misma manera, quienes insistimos en el carácter científico y necesario de ser vacunado como mecanismo para vencer a la pandemia, también estamos preconizando lo que consideramos certezas. Son maneras de asumir la existencia a tal punto que se generan paralelismos perfectos. El asunto, para el hombre de pensamiento, muchas veces no es saber quién tiene la razón, sino porqué y para qué las personas asumen las distintas posturas en la vida.

Conspiraciones y poderío

Quien ejerce el poder y tiene la necesidad de implementar una determinada acción porque le parece beneficiosa para la mayoría de las personas, en muchas ocasiones, y de manera indefectible, tendrá que generar acciones que parecen o son actos forzosos. Creo que la mejor manera de predicar es con el ejemplo y cada vez que me preguntan por la vacuna, explico que me he colocado tres dosis (o dos dosis y un refuerzo). En ese caso, no solo estoy validando la importancia y necesidad de vacunarse, sino que lo hago conmigo mismo. La posibilidad de verificar la acción de una vacuna se puede medir, comparar y replicar, lo cual constituye un terreno propio de lo científico y no de lo especulativo. Las vacunas representan a quienes creemos en las bondades de la ciencia. Los antivacunas representan a quienes desconfían de sus bondades al punto de convertir sus preceptos en actos de fe. La vacuna ha ido ganando terreno conforme pasa el tiempo. Enhorabuena que así sea.

El futuro del hombre

De pandemia, se pasará tarde o temprano a endemia y aprenderemos a convivir con este y con cualquier otro virus que aparezca. En algunos países ya se ha naturalizado la idea de que la pandemia vino para quedarse y se están creando fábricas para poder producir vacunas a granel. Si algo nos dejó claro la experiencia del Covid es lo vulnerable que somos como especie y a la vez lo hiper adaptativos que solemos ser. Con propensión a adaptarnos a casi cualquier cosa, el ser humano está condenado a sobrellevar cargas que jamás deberían caer sobre sus hombros. En eso se nos ha ido la gran historia de lo humano, en generar espacios y tiempos de equilibrio que nos estructuran, para luego generar desequilibrios que forman parte del continuo de la existencia. Ese tira y encoje es la esencia de lo social. En ese terreno anidan los negacionistas, que piensan como los antivacunas y tratan de refutar las cosas más tangibles que han ocurrido en la tierra. Los negacionistas, hermanados con los “consparanoicos”, llegan al extremo de negar el holocausto.

La esperanza. Nuevamente la esperanza

De esperanza no solo se vive, sino que tal vez sea el motor que impide que venza la oscuridad y la muerte. Cuando Víctor Frankl estuvo en el campo de concentración, pudo ver cómo algunos judíos obtenían prebendas al ponerse del lado de los Nazis. La idea de salvarse como fuese deja de lado lo moral y lo ético. El ser deja sus escrúpulos a un lado y se convierte en una monstruosidad. Víctor Frankl, el psiquiatra judío que sobrevivió a un campo de concentración, desarrolló una técnica psicoterapéutica y escribió el libro El hombre en busca de sentido. Se aferró a dos ideas futuristas (esperanzadoras) para poder tener algo por lo cual vivir. Una era la de reencontrarse con su esposa, quien también estaba confinada. La otra: El poder reescribir el libro que le fue arrebatado y destruido cuando entró al campo. Cuando de manera milagrosa y documentada en su libro, sale libre, no se reencuentra con su mujer, porque ha sido asesinada. Entonces se propone a terminar su obra, la cual agradecemos.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 26 de octubre de 2021.

domingo, 17 de octubre de 2021

Pensar en tiempos de pandemia



Existe un montón de desafíos para el hombre de pensamiento en el contexto de la pandemia. En el siglo XX, Werner Heisenberg, ganador del premio Nobel de Física en 1932 hace una contribución notable a la física cuántica. Afirma que es imposible medir simultáneamente y de forma precisa la posición y el movimiento lineal de una partícula y formula de esta manera el Principio de incertidumbre. Como es tan propio del pensamiento la tendencia a buscar la exactitud y la certeza, de la misma manera, lo especulativo y ausente de fundamento también es certeza para muchas personas. La incertidumbre, si bien es propia de los fenómenos físicos y humanos, en el ámbito emocional es insoportable. 

La insoportable pesadez de la incertidumbre

Como bien lo señala el gran maestro literario Milan Kundera, la levedad del ser puede ser insoportable; de manera análoga, la incertidumbre se vuelve una carga porque el ser humano no la tolera. La puede experimentar por un lapso específico y delimitado, pero no puede convivir con lo incierto de manera indefinida en el curso del tiempo. De ahí que se aferre de manera desgarrada a cualquier ápice de certeza. La religiosidad en todas sus formas, la “infalsable” espiritualidad, las ideologías en su totalidad plena, los sistemas de pensamiento y las fórmulas amasadas para sobrellevar la existencia nos dan sensación de sosiego y nos apaciguan. Funcionan como bálsamos tranquilizantes que despejan de los caminos a las temidas piedras propias de lo incierto. Si bien la incertidumbre puede ser el estado natural del universo, no así lo es el hondo mundo interior de las personas. Tratar de darle sentido a lo que experimentamos, requiere una visión que trascienda cualquier disciplina o conocimiento específico. Tratar de dale sentido a lo experimentado por vivencia, necesariamente va a flaquear en cualquier intento de darle forma, a menos que se vuelva un dogma, o sea, "una posibilidad imposible de comprobar".

La gran torta

Es un lugar común señalar que los seres humanos somos: O platónicos o aristotélicos. Los platónicos son más dados a lo especulativo en el sentido abstracto y los aristotélicos tienden a hiper valorar la lógica, la exactitud y aquello potencialmente comprobable y de ahí viene la ciencia. En esa visión aristotélica, lo ambicioso no está ausente. Para Aristóteles, para poderse acercar a una visión medianamente cercana a lo real, se requiere conocer la gran torta, la totalidad posible de lo cognoscible. De allí que para desarrollar una visión de las cosas se necesita un manejo de muchos conocimientos en forma simultánea y acumulativa y de ahí viene lo interdisciplinario.  Si no podemos ver la realidad como una totalidad, solo estamos viendo un fragmento de las cosas. La ambición de aspirar a conocer es de las más grandes ambiciones humanas, lo cual nos condena al eterno retorno al génesis bíblico y religiones más primitivas, regresando de manera recurrente a ese pasado falsamente feliz, el que nos transporta al Árbol de la ciencia, del bien y del mal.

Viejas tecnologías

Lo tecnológico avanzó de tal manera que ya no se puede decir que se trata de un fenómeno nuevo. Es un asunto que ha avanzado a velocidad exponencial y que fue catapultado por la pandemia. Cuando aparece la sorpresiva pandemia, todos los canales digitales estaban al alcance de la mano para poder tele comunicarnos. La pandemia hace que, de manera exponencial y sin dudas inédita, la comunicación humana se modifique. Asuntos como la socialización propia del contacto físico que nos identifica, el lenguaje, las fobias atenientes a la proximidad al otro, el consumo de sustancias psicoactivas que mitiguen la ansiedad que surgió como consecuencia de los nuevos escenarios y los más clásicos y tradicionales mecanismos de defensa de lo humano hayan resurgido a flor de piel. No podían estar ausentes los viejos y muy trajinados mecanismos de defensa psíquicos frente a una realidad que se presenta a quemarropa. Gana la gran herencia evolutiva y respondemos ante lo inesperado de la misma manera en que hemos respondido antes a cualquier fenómeno que nos parezca un tanto extraño.

Adáptate o muere

Si de algo se puede ufanar la raza humana es de su inconfundible, maravillosa incomparable y nunca antes conocida capacidad adaptativa. Para bien o para mal somos una especie que se adapta absolutamente a cualquier escenario, por impensable que parezca. Nuestra capacidad de adaptación no solo no hace los únicos seres vivos capaces de asumir cualquier forma mimética para sobrevivir, sino que eso, que potencialmente debería ser una gloriosa virtud, es también la mayor de nuestras debilidades. De verdugos pasamos a víctimas en un parpadeo y las pasiones humanas pueden derrotar por su frenético alcance cualquier posibilidad de juicio razonable. Ser hiper adaptativos lleva consigo el culmen de la gloria como especie y a la par la mayor de las desgracias que puede acompañar a un ser vivo. 


Publicado en El Universal de Venezuela el 19 de octubre de 2021.

 

Pateando largo en cuatro tiempos

 


Domingo a medio día. El sol se apodera de todos los espacios y en las ciudades latinoamericanas se siente un vientecillo en el que se entremezclan olores rancios y sudor de gente cansada. La pandemia ha dejado su marca tatuada en el subcontinente y en ocasiones pareciera que no es un virus sino los estragos de una guerra lo que estamos padeciendo. Las diferencias entre una y otra ciudad son ostensibles y muestran el rostro desfigurado de una región que en ocasiones coincide con los mismos aciertos y problemas y en ocasiones pareciera que cada país de América Latina es una nación que a duras penas comparte elementos culturales con la que tiene al lado. En un lugar con tantas contrariedades, ¿cómo no apostar por mejores escenarios?

Asuntos contemporáneos

Es difícil que exista una dimensión tan apasionante como tratar de comprender el propio tiempo en el cual uno vive. De hecho, no somos capaces de entender nuestra propia contemporaneidad porque la vivimos (o padecemos). Sin la perspectiva que da el tiempo, cada minuto de nuestro existir es abrumador y tiende a ahogar al sujeto que intenta dar un poco de orden a cuanto le acontece y aquello que le circunda. Las expectativas no quedan satisfechas y en el intento de tratar de comprender el tiempo en que vivimos, perdemos la brújula para finalmente terminar de pie en el mismo sitio después de hacer un largo recorrido. No ayudan para nada los historiadores, que recrean una época que ni vivieron ni conocieron. Solo tienen la perspectiva del tiempo, que se va haciendo lejana en relación con lo que nos interesa. Lo contemporáneo enceguece porque está demasiado cerca, es nuestro momento.  

De una a otra Venezuela

Nuestros más conspicuos prohombres han tratado de hacer un esfuerzo inusitado para comprender a Venezuela. Del país rural, pasando por el boom petrolero hasta los actuales tiempos atribulados, es difícil tratar de ordenar la secuencia de hechos en los que la nación ha pasado por tan duros escenarios y oscuras perspectivas. Nada indica que va a mejorar en lo profundo y a corto plazo el país, salvo la posible e insalvable necesidad de dar alivio económico a una población que lidia con la dureza del día a día. Desde la conquista hasta la nación que construimos en el presente, a veces pareciera que, salvo las cuatro décadas de democracia, todo lo demás es un sumidero de desgracias que van marcando a un grupo humano para bien y para mal. Coquetear con lo historiográfico y con la tentación de darle forma a tamaño amasijo de circunstancias es un desafío para cualquier venezolano con inquietudes intelectuales a quien le interese lo que hemos sido y hacia dónde vamos.

La rebelión de las minorías

En una paradoja propia de lo humano, ha sido reiterativo que algunas minorías victimizadas o realmente víctimas de injusticias, terminan por posicionarse en sitios relevantes en lo que se refiere a toma de decisiones. De manera paradójica, y también repetida, aquello que se muestra o es francamente minoritario, hace tanto ruido que termina por imponer su visión de las cosas. Probablemente nada nuevo bajo el sol en un mundo que no deja de dar vueltas. A la par de la Rebelión de las masas, expuesta en forma magnífica por el filósofo madrileño, existen francas rebeliones minoritarias que asoman causas aparentemente contraculturales para terminar por controlar a grandes grupos humanos cuya capacidad de discernimiento obedece al grito de la supuesta manada. Así funcionan las modas y los estereotipos. Inician como islas para terminar imponiéndose como norma. Se construyen en una oficina y la máquina del mercadeo termina por uniformizar el pensamiento. Víctimas y victimarios van de la mano porque se necesitan. En esa estamos, de esa venimos y a esa vamos. Se construyen y destruyen muros a mandarriazos.

¿Para qué pensamos?

En los tiempos que corren, tratar de hacer el ejercicio intelectual de pensar parece una pérdida de tiempo. Darle vuelta a asuntos que parecieran desgastados por tanto sobarlos o tener que replantearse los mismos lugares comunes una y otra vez, es como llover sobre mojado. Lo cierto es que necesariamente pensamos para conseguir las rendijas que permitan construir espacios de encuentro y tratar de generar ideas que puedan darle una nueva oportunidad a la esperanza. Quizá, con la minimización progresiva de la pandemia y sus terribles consecuencias, tendremos una luna de miel que nos hará replantearnos nuestra existencia. No solo desde lo individual, sino como conglomerado que merece mejores oportunidades y solo con el curso del tiempo y el esfuerzo colectivo irán surgiendo. Pensamos, porque a través de la formulación y reformulación de nuestras expectativas reales y nuestros sueños por alcanzar, lo esperanzador, tan propio de lo humano como el respirar, dará sentido a los que somos. Más o menos de eso se trata. Que lo bueno resurja en los lugares que amamos para darle cabida a lo que queremos alcanzar. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de octubre de 2021.

 

domingo, 10 de octubre de 2021

Eterno retorno a Nietzsche

 


Han sido muchos los aportes del filósofo alemán Friedrich Nietzsche al pensamiento occidental. No solo introdujo una serie de elementos de carácter novedoso a través de su obra, sino que actualmente, en plena contemporaneidad, pareciera que sus textos hubiesen adquirido más relevancia que nunca. El pensamiento de Nietzsche ha sido utilizado por los denominados postmodernos como constructo para intentar explicar sus posturas. Poseedor de un gran talento literario, huyó de la exposición filosófica sistemática “tipo ladrillo” y de “estilo científico” y encontró su medio expresivo en una prosa altamente poética. De los múltiples elementos que seducen en la obra de Nietzsche y lo hacen propenso a crítica por parte de sus detractores, es precisamente el tipo de lenguaje que utiliza para expresar sus ideas (estratagema). Es un lenguaje típicamente político-proselitista y de ahí su capacidad para cautivar, en aras de lograr cambios en la forma de pensar de quienes se acercan a sus escritos.

Feroz en muchas ocasiones, sus textos parecieran una especie de cántico guerrero que buscase derrumbar murallas intelectuales. Quizás su ambiciosa labor así lo requería. Al menos Nietzsche pensó que el uso de un lenguaje fuerte y en ocasiones aplastante era imprescindible para poder contrariar un montón de ideas previamente elaboradas por filósofos que lo precedieron. Es interesante el furor con el cual desarrolla la tesis del anticristo y todo lo relacionado con su énfasis por convencer a los demás de la inexistencia de Dios y de los postulados valorativos que rodean la idea del dios cristiano. El cristianismo es un proyecto político de carácter expansivo concretado en Roma y ejecutado por el proselitismo instaurado por los seguidores de Pablo. El ateísmo de Nietzsche busca convencer sobre la potencial posibilidad de instaurar la tesis del superhombre. Nietzsche predica en sentido contrario al cristianismo, a favor del surgimiento de un hombre mejor, no cristiano, siendo el Zarathustra de Nietzsche el profeta de sus ideas. El lirismo de su obra es intencionalmente confuso y propenso a lo simbólico e interpretativo, en un afán de crear una “biblia” anticristiana. 

La moral nietzscheana se basa en el desprecio a la escala de valores de la ética cristiana, a la que considera propia de resentidos, es decir, de hombres que, al no ser capaces de realizarse a sí mismos, valoran positivamente la humildad, la benevolencia, la utilidad, cosas solo propias de esclavos y no de hombres libres, señores, capaces de llegar a ser superhombres como consecuencia de una conducta que va “más allá del bien y del mal” y consiste en la afirmación de lo vital por excelencia: la fuerza, la voluntad de dominio. Todo hilvanado de tal forma que es planteado como posibilidad factible de realización. De allí que exaltamos ese elemento político que es propio de la obra del filósofo alemán y que tiene su punto de partida primigenio en los filósofos preplatónicos. Paralelamente a esta visión, opone al ideal del progreso histórico la teoría del desarrollo humano concebido como una repetición, un eterno retorno; para él, el mundo es un devenir continuo que no desemboca en un estado final de perfección, sino que permanece bajo el signo de la contradicción, la lucha y el retorno constante de lo igual en el ser. 

Releyendo a Nietzsche no dudo en afirmar que su impulso vitalista y transgresor forma parte de lo más decantado del pensamiento occidental, siendo constantemente criticado tanto por cristianos como por igualitaristas, comunistas y otras derivaciones del pensamiento que trata de hacer del hombre un ser homogéneo. En Nietzsche figura una constante exaltación al individualismo que seduce por su pasión. Sin embargo, no se puede negar que existe el riesgo de que su obra caiga en las manos equivocadas y de exaltación del potencial poder de cambio de la humanidad, se modifique el contenido de su obra y de manera lineal su interpretación se incline por ser una apología al deseo de tratar de tiranizar a las mayorías. Odiado, seguido, segregado, amado, ridiculizado, exaltado, criticado, controvertido, adorado y temido, creo que hizo su tarea como pensador. 

Pero no debe haber Crimen sin castigo para el hombre en una sociedad con bases mínimas morales y el Rodión Raskolnikov de Fiódor Dostoievski es el más diáfano ejemplo de cómo quien se creyó con la capacidad de transgredir lo normativo, terminó por cometer horribles crímenes y fue devorado por la idea de culpa. La enorme mitología Nietzscheana, llena de fantasías, señala que en cada uno de los morrales de los soldados alemanes había un libro del Zarathustra. Es de conocimiento que la propia hermana de Friedrich abrazó el nacionalsocialismo y en las páginas de La rebelión de las masas de Ortega y Gasset se encuentra el espíritu de este singular hombre. El loco fascinante, harto sospechoso, siempre dará para pensar. Que así siga siendo, diría Zarathustra. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela, el 07 de octubre de 2021. 

martes, 28 de septiembre de 2021

Con los guantes puestos

 


Mis buenos amigos Alejandro García Matos y Daniel Márquez Bretto han compartido recientemente conmigo un video del excepcional combate entre Mohamed Alí o Muhammad Ali (Cassius Clay) versus George Foreman desarrollado el 30 de octubre de 1974 en Zaire (actual República Democrática del Congo). Inexorablemente removió mi vena pugilística, entre otras cosas porque recuerdo como si fuese hoy la noche que junto con mi padre vimos de madrugada el histórico suceso deportivo, del cual se habría de hablar por siempre. Faltaban pocos días para mi cumpleaños número once y en la Mérida de aquel entonces era el único tema de conversación que unía en una sola voz la calle. En las esquinas se hacían los más elaborados análisis de lo que podía ser el resultado, a la par de irse engrosando las apuestas.

La calle, la vida

Vivíamos en el centro de la ciudad de Mérida porque recién habíamos regresado de los Estados Unidos, en donde viví parte de mi infancia. Fue un tiempo raro, en el que me tocó aprender a hablar y leer de nuevo en español, incorporarme al sistema educativo venezolano y disfrutar de los encantos de un tiempo de excepcional bonanza y plenitud, en todos los ámbitos, en especial el familiar. Faltaba poco para que naciera mi hermano menor, mi familia crecía y era un niño feliz. Esa felicidad debió ser muy convincente, al punto de que cuando las personas ven las fotografías de ese tiempo, suelen decir que siempre estoy sonriendo, para terminar la frase “usted sí que se ve feliz”. Ciertamente lo era. Con mi abuela iba al mercado principal y caminando por la Avenida dos Lora, que es como la Avenida Nevski de San Petersburgo, que aparecía en los textos de los grandes escritores rusos, entraba en pequeños y grandes mundos dentro de otros mundos en las estrechas calles de mi ciudad natal. De esa ciudad conservo el aroma y la sensación de pertenencia que me marca al punto de que, en cualquier otra parte, el desarraigo se me nota de lejos.

El arte del boxeo

Con fruición veía los combates con mi padre y los comentábamos antes, durante y después de los mismos. El boxeo me apasionaba al punto de afiliarme a revistas pugilísticas, siendo mi preferida “Ring”, la cual se publica desde 1922. Ese combate excepcional, Alí-Foreman, se había publicitado con énfasis y como estrategia se le llamó The Rumble in The Jungle o “La pelea en la selva”. Cada puño demoledor es una muestra de gran coraje y fortaleza, en donde en buena lid dos hombres se golpean tratando de derribar al contrario y cada mazazo pareciera ser capaz de fracturar el rostro del oponente o acabar con más de una costilla. Alí estaba en una plenitud física excepcional llevado de la mano por el sabio del boxeo Angelo Dundee. Alí, con 1,92 metros y 100 kilos se enfrentó a Foreman de 1,91 metros y 98 kilos. Notable la técnica de Rope-a-dope que usa Alí, en la cual una de las partes, (en este caso Alí), se pone intencionalmente en lo que parece ser una posición perdedora, engañando al oponente, tratando con ello de convertirse en el vencedor final. El video que compartieron conmigo Alejandro y Daniel es precisamente cuando Alí, contra las cuerdas, esquiva varios golpes de Foreman para finalmente hacer un movimiento danzante y burlesco de cadera que desconcierta y desespera al contario. Alí vence por nocaut en el octavo asalto, toda vez que los comentaristas habían preconizado su derrota al verse confundidos por la estratagema del campeón, en la cual intencionalmente recibía golpes, cansando a su oponente. Norman Mailer escribe el espectacular libro titulado El Combate, en el cual desglosa los entretelones de esta épica. Una obra que inmortaliza lo acontecido.

Peleando día a día

Me complace enormemente haber podido disfrutar de grandes combates. La trilogía entre Mohamad Alí y Ken Norton entre 1973 y 1976, tan controvertidos, en los cuales Alí vence dos y Norton uno, da para la especulación: ¿Le robaron el tercer combate a Norton? La trilogía de peleas entre Joe Frazier y Mohamad Alí es inolvidable, además de haber sido promocionada en la primera de sus confrontaciones en 1971 como la Pelea del siglo o La pelea. Había mucha expectativa porque ambos estaban invictos para el día del combate y tenían posiciones encontradas en relación con La Guerra de Vietnam. Frazier gana la primera de las peleas llegando a los 15 rounds, siendo vencido por Alí en las otras dos. En mi última visita al Madison Square Garden de la ciudad de New York no pude sino desgarrarme de la nostalgia: El templo del boxeo. ¿Acaso la vida no es sino la representación simbólica de cómo uno hace para vencer en circunstancias variables, muchas veces desfavorables? Agradezco que en medio del esfuerzo que se requiere para ganar el campeonato mundial de los pesos pesados haya espacio para la creatividad y la inventiva, en donde el boxeador más grande de la historia tiene la oportunidad de exponerse al máximo para finalmente derrotar con alegría a su rival. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de septiembre de 2021. 

domingo, 19 de septiembre de 2021

Inusuales intereses comunes

 


Una de las formas más extrañas y excepcionales de inter vincularnos con los demás es a través de ciertas formas de arte. De hecho, el artista es aquella persona que es capaz de hacer que sus intereses personalísimos sean compartidos por los demás. En eso consiste el arte: En generar el espacio y la posibilidad de que los intereses intimísimos del creador trasciendan adquiriendo una dimensión no menos que universal. Por eso el hombre que transita por la dimensión artística es siempre un temerario, cuando no un desquiciado que se atreve a asomar aspectos de la existencia ante los cuales otros prefieren callar. De ahí que el arte tiende a ser transgresor, sea porque se confronta ante las estructuras propias del poder o ante la muchedumbre, que también constituye es una estructura de poder. En el caso del arte enfrentado al poder imperante, el artista puede que tenga muchos seguidores. En el caso del artista enfrentado a las creencias de las masas, la soledad será su espacio de movilización. Ambas maneras de entender al artista y su relación con aquello que le rodea son abrumadoramente enriquecedoras.

Nuevas rebeliones de las masas

Con los emergentes medios de comunicación masivos se transgrede el filtro que podría hacer un intento de discernimiento entre verdades y mentiras. Basta con que alguien masifique una premisa y la misma se reproduzca velozmente para que la percepción de todo un conglomerado cambie de manera instantánea. Un ejemplo tangible de cómo se puede a llegar a pensar de manera paralela a la realidad es el caso de quienes cultivan el fanatismo como forma de entender la existencia. El escepticismo radical lleva a formular postulados radicales que terminan siendo expresiones del más rancio fanatismo. Ante estas y otras formas de expresión nos vemos enfrentados quienes transitamos en un siglo que encandila por sus contrastes y por las maneras de expresión más contrahechas. En eso se nos van grandes cuotas de energía atinentes a la manera como nos vinculamos con el tiempo que nos ha tocado vivir. Ni mejor ni peor que cualquier otro momento, solo diferente. La premisa de que “todo tiempo pasado fue mejor” es solo un lugar común que no se sostiene. Nos aterra alejarnos de aquellos espacios que nos dan seguridad.

Buenos y malos: ¿Cómo distinguirlos?

En términos generales, quienes preconizan el divisionismo y tienden a ser perseguidores y punitivos, suelen cargar con las banderas de los moralistas. No es errático pensar que lo que tiende a unir es generalmente bueno y lo que tiende a separar y generar confrontación pareciera no ser deseable. Las personas o los grupos que enarbolan el ideal de perseguir al otro lo suelen hacer generalmente abrazando falsas premisas morales en donde al otro se le etiqueta como enemigo porque no comparte nuestra manera de ver las cosas o simplemente porque es distinto. Lo tendiente a perseguir es propio de quien no tiene mucho material en su mundo interior y necesita denostar del ajeno. Así ha sido, es y seguirá siendo. La mediocridad tiende a manifestarse de manera predecible y recurrente, usando los mismos artilugios. Difícilmente el fanático se somete a un cuestionamiento. El solo planteárselo puede derrumbar todo el fallido mundo en el cual cree. De esa savia controvertida y en ocasiones simultáneamente antagónica, saca el artista el material para sus creaciones. La invocación de emociones basta para construir universos.

El eterno triunfo del arte

Cuando el artista trata de comprender aquello que le rodea y que se va a transformar en una obra, no podrá dejar a un lado lo que somos los seres humanos. En ese replanteamiento de la vida en sociedad, aquellas cosas o elementos que enaltecen la gran obra del ser habrá de ocupar un buen espacio en sus quehaceres, así como también lo ha de ocupar la parte monstruosa de aquellos que nos acompañan. De ahí que las grandes expresiones del arte lleven consigo esa dualidad propia de lo humano, que es siempre maravillosa poder recrear, independientemente de que terminemos asomando la cabeza a los más fétidos pantanos y a las almas más pútridas. Amor y desamor, valores y lo anti valorativo, lealtades y traiciones, amistades y enemistades, admiración y envidia, deseos de revanchismo y animosidad por ayudar al prójimo. Todo, todo, todo, entremezclado en una espiral interminable en donde la originalidad probablemente no exista, por cuanto no va a ocurrir nada nuevo bajo el sol que venga de las criaturas que somos, pero sí sigue existiendo la posibilidad de plantearlo de múltiples formas. Ahí gana la expresión artística y se reivindica la contrahecha criatura que somos. El arte tiende a elevarnos por cuanto el ejercicio de descifrar aquello que somos y cuanto nos compone en nuestro centro íntimo, generará las más inusitadas combinaciones. El triunfo de la obra de arte, como algo tangible y terminado, es lo más grande que podemos ofrecer como especie. Lo demás queda en el limbo. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 21 de septiembre de 2021.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Mirando hacia el norte

 


Desde el balcón del apartamento en donde vivo, en el piso diez, veo de frente el Edificio Costanera Center. De tres cuadras de altura, luce francamente imponente en la ciudad de Santiago. Es sin dudas un símbolo que marca a este país ubicado cerca del fin del mundo. En estos días la hora se cambió y la nación entera se prepara para gozar de sus Fechas Patrias. Muy, pero muy detrás de ese gigantesco edificio, al norte, se encuentra el Mar Caribe. También Mérida, el lugar donde nací. De nostalgias y otras emociones está hecha la vida. También de esperanzas.

Tercera dosis y refuerzos

Mañana me toca la tercera dosis de la vacuna contra el virus que ha acabado con la vida de tantas personas. La muerte nos ha pasado de lado, rozándonos de manera obscena y acechante. Personas de mi mayor afecto han padecido los alcances del virus. En el malabar del arte de vivir, enfrentarse a la muerte en estos días se ha vuelto un asunto cotidiano. La capacidad adaptativa del ser humano es una fortaleza y tal vez su gran debilidad. El ser muy adaptativo, en ocasiones pareciera ser una tara. Sigo cultivando la disciplina de escribir, asunto que es una deriva de dedicarse a la contemplación, al pensar y tratar de ordenar algunas ideas. Aunque parezca desordenado, un hilo fino une cada cavilación de manera que el pensamiento es la sumatoria de múltiples ideas, a las cuales se les intenta dar un orden. De eso más o menos va cualquier disciplina en la que usemos el intelecto. El tiempo que vivimos es una imperdible ocasión para tratar de disecar y comprender cuanto nos rodea. Los escenarios posibles que parecieran estar a la vuelta de la esquina son una invitación para jugar a lidiar con posibles realidades cercanas. 

Geopolítica con peras y manzanas

La nación más poderosa del planeta, que en el siglo XX puso fin a la gran guerra mundial con dos bombas atómicas, luego de 20 años de beligerancia en Afganistán hace una retirada pirata y chapucera, que termina convirtiendo la vida de muchas personas en auténticos martirios. Lo que en tiempos modernos sería una equivalencia forzosa con el concepto de imperio, termina por hacer aguas en un acto pragmático propio del arte de la guerra. ¿En manos de quiénes estamos los que tratamos de vivir en este mundo de manera tranquila, minimizando las posibilidades de tener problemas? ¿Acaso estamos condenados eternamente a que sean los malhechores, improvisadores, embaucadores e hipnotizadores de serpientes quienes decidan el destino de nuestra existencia? Pareciera que ese es parte del precio que hay que pagar por estar en esta tierra. Asimilar el asunto de que lo humano y lo monstruoso van de la mano. En ocasiones siento que después de haber caminado un largo trecho, la civilización está condenada a retroceder pisando sus propias huellas ¿Qué vamos aprendiendo? Nada distinto a lo que ya sabemos, con el agravante de que la experiencia pareciera burlarse de nosotros, al no servir lo aprendido.

Mirar para los dos lados al cruzar la calle

El que va atrás ve pa’lante y el que va alante voltea”, le dice Florentino al Diablo. En el oficioso asunto de lidiar con los demás, la confianza es imprescindible. Saber cuándo y en quién confiar es atinente a lo más básico de la esencia de lo humano. Sin confianza la vida sería ridícula por cuanto lo amatorio y las afectuosidades se basan en depositar la confianza en otros. De eso trata el vincularnos. También de desconfiar juiciosa y razonadamente cuando nuestra intuición nos señala un potencial peligro o una situación de la cual podemos salir mal parados. Ese arte tan difícil que consiste en filtrar aquello que se nos acerca y saber cuándo ponerle le lupa y cuando no, es la esencia del arte de minimizar las contrariedades de la existencia. No por desconfiados podemos perder el buen tono, mucho menos lo vamos a perder por apostar a la candidez. De estar cosas estoy pensando mientras miro hacia el norte, en donde las playas tienen aguas multicolores en donde no falta el turquesa. Incertidumbres y certezas van juntas en el ancho camino que vamos transitando, tanto que una cosa implica la otra.

Aterrizando en lugares comunes

De aprendizajes forzados está cundida la vida de la mayoría de las personas, por no decir que la totalidad. No nos deja de sorprender que gran parte de lo que existe ya fue experimentado por personas que nos precedieron. Desde las enfermedades y sus expansividades hasta la propia guerra. Pasó y no aprendimos o se nos olvidó el pedacito importante de ese aprendizaje. En la batalla por la existencia, peces grandes devoran a peces pequeños, quienes deben desarrollar mecanismos adaptativos para sobrevivir. Nerón Claudio César Augusto Germánico y su nietecito Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula, ya existieron. En ocasiones, pareciera que la esencia de lo que representan reaparece una y otra vez en personas de carne y hueso, algunas en nuestra propia contemporaneidad.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 07 de septiembre de 2021.