domingo, 17 de noviembre de 2019

Entre la moda y la furia


Hay personas que son tan tristes que lo contagian. Lo mustio los identifica. Hay personas que son tan alegres que lo contagian. El entusiasmo los identifica. Lo mismo pasa con las sociedades.


Existe una manera de ser y entender la vida que configura lo que llamamos identidad. La identidad puede ser abordada desde el punto de vista individual (identidad del sujeto), colectivo (identidad grupal) o extenderse a grupos poblacionales más amplios (identidad social). La interpretación de lo que somos y aquello que nos circunscribe en relación a la vida y al espacio que ocupamos (algunos usan el rimbombante término de cosmovisión), hace que seamos diferentes dependiendo de dónde seamos. De las cosas apasionantes de la vida es tener contacto con pueblos cuya identidad es distinta a la nuestra y hacer el ejercicio intelectual de tratar de comprenderlos.

Dirigiendo miradas

Si no pasamos la página de lo ocurrido en el pasado, viviríamos en un foso al cual recurrentemente volveremos. Por eso el olvido es una función mental propia de cualquier sujeto sano. Tratar de no vincular el pasado con emociones negativas y ser lo suficientemente fuerte para seguir adelante es el desafío de cualquier sujeto o sociedad robusta. Estarse lamiendo las heridas de lo pretérito es fuente de deseos de revanchismo y potenciales venganzas. Algunas sociedades quedan atrapadas en ese oscuro pasado que las persigue y otras son más pragmáticas, lo superan y siguen adelante.

Los grupos humanos que están motivados para avanzar parten de una situación de carencia, donde el sujeto no posee lo que busca o anhela. Se orientan a un fin futuro y se tienden a satisfacer metas concretas, las cuales, se supone, van a eliminar la carencia inicial. El problema es cuando se alcanza la carencia y esto no satisface al sujeto. Se genera una sensación de contrariedad. Si el sujeto no queda satisfecho al satisfacer la necesidad inicial, se genera una terrible y paradójica sensación de pérdida y desolación.

Toda motivación tiende a generar tensión y una vez alcanzada la meta es imprescindible generar un nuevo fin o de lo contrario el ser tiende a plantearse nuevos asuntos. La tendencia a la problematización de la vida es propia del ser humano. La minimización de la problematización de la existencia y el tratar de ser resolutivo es sinónimo de felicidad. Una sagaz mirada política debería visualizar estos preceptos.

Psicología política

Hay una dinámica propia en la psicología de las masas, que independientemente de los intentos por tratar de inducirla, no siempre responde a las expectativas que unos y otros tenemos. Los liderazgos trascendentes de la historia son aquellos que han tenido la intuición para adelantarse a los inexorables cambios que son consustanciales con el devenir de la humanidad y han ofrecido las respuestas que han permitido la satisfacción de las expectativas de grandes mayorías. La capacidad de predictibilidad es el arte de ejercer cualquier liderazgo y de hecho es la esencia del animal político. El verdadero líder es el que va dos pasos adelante del resto y crea una agenda que permite mitigar frustraciones y debilidades al anticiparse a las necesidades colectivas.

Es normal que en cualquier sociedad se aspire a vivir mejor y sería necio no aceptarlo. La tendencia al inconformismo es natural, pero se hace más evidente en unas realidades que en otras. El ideal de progreso va de la mano con cualquier espíritu sano.

Superficial como estilo

Hay gente banal. Es su esencia ser superficial, plástica y vacua. Al ser vacío, el ser entra en conflicto consigo mismo. En la enorme dificultad por tratar de componer su vaciedad, tiene solo tres maneras reactivas de defenderse: A través de la tristeza, el miedo o la rabia. No es raro que se mute de un estado a otro y de una tristeza agazapada y de manos con la sensación de vacío, surja la rabia, que se transforma en furia indómita y en conductas extremadamente violentas. Las personas con una tristeza mantenida en el tiempo tienden a desarrollar un narcicismo tan poderoso que consideran que el mundo gira alrededor de sus miserias. Si esto lo multiplicamos por miles y miles que comparten el mismo sentimiento, se genera un caldo de cultivo en donde nacerán los más contrariados sentimientos y las más controvertidas conductas.

Lo superficial (o banal) de por sí podría ser incluso algo meritorio y loable que da sentido a la existencia de muchos. La moda es un ejemplo de cómo lo banal se puede transformar en algo creativo. Lo potencialmente maligno de lo banal es cuando se acompaña del sentimiento de derrota. Entonces se convierte en una bomba de tiempo que se transformará en odio y el odio es una fuerza tan poderosa que si se implanta en una sociedad se hace muy cuesta arriba poderlo erradicar. El odio es una manera de conducirse desde lo triste de la existencia y representa el máximo triunfo autodestructivo de la depresión emocional de cualquier conglomerado.




Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 24 de diciembre de 2020. 
 




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