domingo, 10 de noviembre de 2019

De ciclos y otros escenarios




-¿Qué estabas haciendo el día que tumbaron (o “cayó”) el muro de Berlín?, es la pregunta de sobremesa de cualquier persona que tenga edad suficiente para recordarlo. A fin de cuentas solo han pasado treinta años de ese hecho histórico.

En lo particular recuerdo que los grupos comunistas y aquellos tendientes a preconizar el ideario de “izquierda”, se quedaron sin argumentos para explicar o darle forma a lo que estaba ocurriendo. Por su parte el pensamiento liberal y particularmente el liberalismo más clásico, habían conseguido ¡por fin! señalar que el camino inequívoco al cual debía transitar la civilización había quedado más que marcado. Creo que en el mundo contemporáneo, contrario a otras épocas, tres décadas es tiempo suficiente para intentar hacer el ejercicio intelectual de plantearse que se trata de un ciclo en el cual quedaron claras ciertas cosas que por la ceguera propia que implica vivir en un tiempo en particular, es difícil precisar.

La ceguera histórica

El hombre difícilmente puede llegar a entender el tiempo en que vive. No lo puede entender precisamente porque lo está viviendo y sus prejuicios lo obnubilan. Es casi imposible disociar la capacidad de pensar con los sentimientos y ese vínculo que se establece entre el intento de comprender las cosas (lo racional) y las emociones con las cuales las tratamos de entender (lo afectivo), es muy difícil de separar.

Tampoco puede entender el tiempo pasado, porque no lo vivió. La historia, que en realidad es historiografía, o registros de los hechos históricos, es en el fondo una profunda tergiversación de lo que aconteció en tiempo pretérito y sobre lo cual, por no haberlo experimentado, lo manejamos mentalmente como ajeno a nuestra realidad. La asumimos con la misma capacidad de falsear el presente, con el agravante de que ni siquiera lo hemos experimentado.

La fórmula mágica

En un intento de dar explicación a las cosas, recurrimos a los idearios cuando no al pensamiento utópico. José Ortega y Gasset señalaba que pensar en “izquierda” y “derecha” eran expresiones de hemiplejía mental. Por mi parte, creo que son reduccionismos atávicos y formas de expresión rudimentarias que no comparecen con los tiempos en que vivimos. Pronunciarse en términos de “izquierda” y “derecha” son expresiones contrahechas de dinosaurios intelectuales, como quien entiende la vida en sociedad alegando que existe un sistema capitalista enfrentado contra un sistema socialista. Son pobres formas de entender la compleja realidad humana y los cambios propios de cualquier tiempo. Se suponía que con el fin del muro de Berlín y sus implicaciones, íbamos a desarrollar sociedades más armónicas sin los eternos fantasmas de pasado. La realidad refuta a las ideas.

El comienzo de la historia

Menos de la mitad de los países de la tierra tienen sistemas democráticos como forma de convivencia. Muy por el contrario, en estos treinta años las democracias del planeta tuvieron su auge y ahora experimentan claras debilidades. En algunas regiones se podría cuestionar si son más los problemas o las soluciones a las cuales puede responder un sistema democrático. Quienes nos sentimos demócratas y aupamos esta forma de gobierno, nos parece una calamidad que esto esté ocurriendo, porque es regresar una y otra vez a Maquiavelo. El Príncipe es el libro de cabecera de cualquier persona que se interese en asuntos propios de la vida en sociedad y es una mengua no atender a sus enseñanzas. El eterno retorno a Maquiavelo pareciera ser la consigna de quien aspire a ocupar cargos de poder en el enmarañado siglo XXI.

Una cosa son las ideas, algunas veces simples ideítas prefabricadas y otra completamente distinta el ejercicio de gobernar. Son tiempos para monstruos políticos y no para hombres con mansedumbre espiritual. Numerólogos, estadísticos, periodistas, estrellas de la farándula, deportistas y ahora las redes sociales, tratan de imponer sistemas de creencias sobre la gran masa humana. En cuestión de horas una persona con influencia en las redes sociales, de pocas luces y amoralidad como norte, puede hacerle la vida cuadritos a cualquier político de la contemporaneidad. Es la politización de la vida en sociedad por parte de la chusma “opinadora”, haciendo tambalear estrategias y posturas en torno a los planes de quienes deben ejercer la imprescindible conducción de los pueblos.

Los políticos exitosos y trascendentes que se han venido aglutinando después de la caída del muro de Berlín tienden a ser de corte brutal, liderazgo cercano a lo animal, comportándose como líderes de manada con claras tendencia a la megalomanía y el narcicismo. Las sociedades se rinden ante estos perfiles y lejos de tender al equilibrio, tienen como fórmula para alcanzar el poder la inducción de la polarización de las sociedades o la eliminación física de cualquier potencial enemigo. A treinta años de la caída del muro, el escenario actual no era lo que se había previsto.




Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de noviembre de 2019. 

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