domingo, 22 de abril de 2018

Literatura de la violencia



El escritor universal, independientemente de los juicios y prejuicios con los que se desenvuelve en el mundo, es escritor sí sólo sí está “comprometido” con su visión particularmente individual (o individualista) con la cual es capaz de interpretar lo que le rodea. Podemos incluso señalar que se es escritor cuando en la balanza entre lo que significa la libertad individual y la dimensión que percibe al ser humano como “igual” a sus semejantes, el hombre de letras se ubica en el primero de los dos renglones históricos. 


Parece inviable escribir una obra literaria que esté al servicio promocional de una causa política. Si está al servicio de una causa política no estaríamos hablando de literatura sino de panfleto o periodismo amarillista con ambiciones literarias. En el mundo de las letras el gran atrevimiento es ir contracorriente. Ir a favor sería una manera de hacer apología de un contrasentido. Cuando Sartre plantea el tema de la literatura comprometida, el concepto se desvanece inexorablemente como algodón de azúcar. La inteligencia europea no podía caer en la triste carnada de servir a los intereses de un grupo que desea adueñarse del poder sólo para mantenerse en él, como la historia trágicamente nos lo ha mostrado.


En el peor de los casos el escritor podría estar al servicio de una causa política siempre que sea desde la perspectiva de la subversión. Si no es para subvertir el orden que intenta imponer el estatus quo, no se está haciendo literatura.  


Durante la decadente época de la revolución rusa, desaparece lo mejor de la literatura “colectiva” de todos los tiempos. Quedan prohibidos autores que llegaron a constituir un conglomerado que inusualmente llega a conformarse en el curso de la historia. Una generación de escritores desaparece porque no existe quien los releve. Lo uniforme predomina y el arte muere. Sólo se pudo hacer arte desde la posición del perseguido, del humillado, del confinado o en el mejor de los casos, amenazado.


Con Pedro Juan Gutiérrez podemos ver cómo se hacen obras desde la miseria de estar bajo el manto de lo político. “Nada qué hacer”, es el lema de un buen escritor que está al servicio de su individualismo y arrastra lo político como sombra malsana de la cual no puede escapar. Pedro Juan Gutiérrez tiene la experiencia de vivir en la isla de Cuba, o sea, está “Anclado en tierra de nadie” y castrado es un libertino. La paradoja del castrado libertino nunca pudo ser mejor reflejada. De hecho, es libertino porque está políticamente castrado.


En la década del sesenta del siglo XX, se vive en Venezuela un importante fenómeno literario. Aparecen en el contexto de procesos que intentan establecer un orden político de carácter marxista, dos obras que marcan una corriente dentro de las letras venezolanas. La novela País portátil de Adriano González León y los textos Entre las breñas de Argenis Rodríguez; dos puntas de lanza que reflejan cómo la actividad literaria de la época es impregnada por los movimientos políticos.


Por una parte, Adriano González León publica País portátil, un texto literario impregnado de elementos políticos que van a tener gran acogida y repercusión tanto en el marco de la crítica literaria como de los sectores de esa posición política que suele denominarse “izquierda”. La intelectualidad venezolana de la época y las ideas de la “gran Europa”, casi centenarias, hacen su aparición en el terreno de una lucha armada que tiene repercusiones históricas tanto trascendentes como estériles. 


Existe una épica en donde la heroicidad del subversivo latinoamericano es vista con el resplandor de las grandes tragedias. Adriano González León con su novela País portátil, trasciende en el mundo de las letras venezolanas, amparado y apoyado por importantes personalidades de la vida pública del país.


En ese escenario pasional de la década del sesenta y a la par de la exaltación a través de los medios de comunicación de la obra de Adriano González León, aparece el artífice de la exaltación de la literatura de la violencia política más importante del siglo XX venezolano: Argenis Rodríguez, siempre atormentado a más no poder por los fantasmas propios de quien escribe.


Tanto Adriano González León como Argenis Rodríguez vienen a representar una especie de paralelismo perfecto en lo que respecta al interés por los temas violencia, política, lucha armada y posibilidad de acceder al poder.  Es la época dorada de la literatura de la violencia en Venezuela. Apoyado por algunos “amigos”, Argenis Rodríguez construye una encomiable obra llena de dolor, encarnando al arquetipo del poeta maldito. Argenis Rodríguez hace mucho ruido y termina siendo protegido por intelectuales y escritores de la talla de Ramón J. Velásquez y el muy talentoso Camilo José Cela. Se crea una semejanza trágica entre Adriano González León y Argenis Rodríguez. El alcoholismo los mina y Rodríguez termina suicidándose en la más pura tradición de los poetas malditos.

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 02 de abril de 2018


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