miércoles, 9 de noviembre de 2016

La muerte del arte


La problematización de la existencia es tan propia del ser humano como la búsqueda afanosa del equilibrio. Una va a la par de la otra. En cada época y en cada generación, surge la impresión de que se están viviendo cosas que nunca antes habían ocurrido. Este sentimiento tiene su carga de relatividad sobre la cual vale la pena meditar. 

Existen los problemas tradicionales con los cuales el hombre ha lidiado desde que se agrupó y aquellos que vamos creando conforme avanzamos en el tiempo. La complejidad que sentimos como propia de nuestro tiempo, obviamente desborda a cualquier persona. Más complicado aún se torna el asunto en el caso de Venezuela, en donde ciertamente se encuentran apiñados los problemas ya tradicionales con la desproporcionada crisis política y sus derivaciones sociales y económicas que nos asfixian en el presente.

En esta especie de vértigo en donde se mezcla lo antiguo y lo nuevo, hasta el mismo pensamiento ha sido puesto en duda, y como si se tratase de una especie de teleserie ridícula, a cada rato viene uno que a trompicones sentencia “la muerte de la filosofía”, a lo que se suman en coro los que dicen que se cumplió “la muerte del arte”, “la muerte de la literatura”, “el fin de la historia” o la más insulsa de todas, “la muerte de la política”. En realidad nada muere, sino que cada instancia propia de la culturización va cambiando, creciendo, disminuyendo, mutando, pero de ninguna manera feneciendo.

Existe una justa obcecación de parte de los estudiosos de los fenómenos políticos por tratar de detener a como dé lugar lo que conceptualmente se ha definido como “antipolítica”. Los sistemas de gobierno tienen un agotamiento inexorable porque los individuos apuestan por más. La esperanza de construir una sociedad mejor forma parte de los valores del hombre común, abrigando un mínimo de ilusiones en función de futuro. Mostrarse anti sistema es una paradójica y muy efectiva técnica política que se basa en criticar al mismo y a quienes detentan el poder: Quien se presenta como anti establishment se muestra ajeno a la élite política, al sistema de partidos, los grupos económicos y los periodísticos. Es un artero ataque al corazón del sistema que sigue siendo efectivo.

La apuesta por la “antipolítica” desde las encumbradas élites es parte de la desgracia que transita la Venezuela de nuestro tiempo. Lo trágico es que las mismas élites que apostaron por la aventura, se dividieron inexorablemente. Unos fueron sacados del juego y otros siguieron la máxima radical de Lampedusa, quien señala en El gatopardo: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. Dicho en otros términos, para poder proteger sus intereses, apostaron por quienes promovían un cambio de raíz. Muy contrario a una posición intermedia, lo que llaman gatopardismo es una concepción de apego a quienes ostentan el control político con el fin de no perder poder.

¿Puede surgir la “antipolítica” en sociedades estables? Precisamente es allí donde tiene mayor interés, porque desde la psicología política, el deseo del hombre lo hace sucumbir a querer más de lo que ya posee. La más decantada ambición se encuentra presente en el ataque al sistema y sus instituciones.  La técnica política basada en el ataque al establishment busca su desmembramiento bajo la premisa de que somos socialmente ambiciosos por naturaleza. La política es la más difícil de todas las artes y es muy receptiva a la presencia de advenedizos y aventureros que con un discurso disruptivo prometa un futuro mejor y un potencial castigo hacia el poder imperante. Los ejemplos de ello no sólo sobran, sino que francamente abruman.



Twitter: @perezlopresti 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 09 de noviembre de 2016




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