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"Para todos y para ninguno" F.N. - El Blog de Alirio Pérez Lo Presti - Twitter: @perezlopresti Instagram: perezlopresti
sábado, 23 de diciembre de 2017
Airio Pérez Lo Presti. Escritor
miércoles, 20 de diciembre de 2017
martes, 19 de diciembre de 2017
El outsider
En los asuntos sociales no existe vacío. Cada espacio es ocupado si se descuida o se deja solo. Tal vez el caso venezolano es la mayor prueba de eso y los vaivenes “nivel carrusel” de los liderazgos hacen de nuestro país una demostración casi obscena sobre los alcances y calamidades relacionadas con asumir la responsabilidad de ser un guía, no ejecutar ese rol acertadamente y sus respectivas consecuencias negativas.
Ante la ausencia de un liderazgo coherente, sensato, no
autodestructivo y la premura de conducir al país a mejores senderos, lo
normal es que aparezcan protagonistas emergentes. Es algo tan obvio que
esperar lo contrario parece incluso ingenuo; de ahí que como fenómeno
social es un asunto atractivo, porque adquiere un carácter de
predictibilidad del cual es difícil no interesarse. ¿De dónde surge un
liderazgo emergente? Del sector que en el entramado de una sociedad se
encuentre marginado o afectado en sus intereses, porque en cualquier
estructura, poner a un lado a uno de sus protagonistas es hacer tiempo
para que inevitablemente reaparezca, pues creemos que tratar de dejar a
un grupo humano fuera de juego es como intentar desviar el cauce de un
río. Cada grupo de poder termina tarde o temprano por reclamar ese
espacio del cual ha sido desalojado. Es la historia de la humanidad
repetida hasta el cansancio.
Necesariamente, por representar un liderazgo ajeno a la
estructura de los partidos, los que suelen dar este tipo de sorpresas
deben desprenderse de los políticos de oficio y el discurso en el cual
se asoma la asepsia política es el arma indoblegable que caracteriza a
este tipo de fenómenos. Por eso, no puede compararse, mucho menos
medirse con ningún otro aspirante en procesos de “primarias”, u otra
manera de atajar sus aspiraciones, porque su fuerte es precisamente el
distanciarse de “los fracasados” en el constructo mental del ciudadano.
El outsider ha de presentarse como quien no ha tenido
experiencia en el lupanar político o de lo contrario, su candidatura se
desmembra. En fin, que quien surge debe provenir de sectores marginados o
representante de los que están a un lado y estratégicamente no puede
ser asociado con el sistema de partidos. Así ha sido de manera
recurrente a lo largo de la historia y los ejemplos sobran. Profesores
universitarios, gerentes, empresarios e intelectuales, llámense músicos,
poetas, dramaturgos, escritores y hasta alucinados, van y vienen en la
historia de los pueblos, unos con resultados muy positivos y otros
mostrando sin pudor su escandaloso fracaso.
En el fondo se trata de una paradoja perfecta, porque en
sus aspiraciones, ha de recurrir al discurso antipolítico por
antonomasia, que tanta desconfianza genera en los más responsables
sectores del pensamiento occidental. Un liderazgo de este tipo, si
aparece, tendría la potencial posibilidad de ofrecer como promesa, en
una maniobra certera, unir a todos los sectores enfrentados actualmente
en Venezuela. Ajeno a la politiquería, el outsider viene a unificar,
porque al no tener en el imaginario un saco de defectos a cuestas,
funciona como un redentor que sobrepasa los linderos del bien y el mal.
De la idea de salvación operativa al mesianismo más rancio sólo hay un
paso y ese es uno de los riesgos propios de este tipo de casos. La
aparición de un mesías ocurre cuando los hombres no saben hacer
política.
En países en donde la política fluye adecuadamente no
aparecen estos fenómenos, mas en el caso de Venezuela, el asunto parece
que es la única opción entusiasta que podría tener el votante opositor
en el escenario de unas elecciones presidenciales cercanas. El outsider
no se “ensucia” con políticos de oficio, porque representa el futuro y
lo esperanzador, todo lo cual es asumido como un valor, produciendo gran
movilización de emociones, las cuales se transforman en vínculos de
carácter pasional. En el surgimiento de estos fenómenos políticos, dado
su carácter arrollador (cuando sucede), juegan un rol determinante los
asesores (potenciales caimanes en boca de caño), porque a fin de cuentas
la genialidad de un político radica en saber seleccionar a las personas
con las cuales se rodea. Si sabe escoger a los mejores, la cosa podría
potencialmente tener buen rumbo y si escoge malos consejeros, será un
desastre seguro.
En la arena política, no tiene nada de raro que se cumpla
el adagio y cachicamo suela trabajar para lapa. Cuando esto pasa, se
percibe al iluminado de manera dicotómica, como las dos caras de una
moneda y se asume la posición “todo o nada” de la vida, y para los que
no creemos en cuentos de hadas se da pie a que nos invada la más
decantada incertidumbre. Al evaluar resultados de esta clase de
fenómenos, como sujetos, unos han optado por aferrarse al poder y minar
su imagen y otros han quedado para la historia como los salvadores de su
tiempo y de su generación. Desde esta esquina nos dedicaremos a seguir
de cerca lo que pareciera propio de una dinámica aparentemente factible.
Twitter: @perezlopresti
Ilustración: @odumontdibujos
Enlace: http://www.eluniversal.com/ noticias/opinion/outsider_ 681452
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Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 19 de diciembre de 2017
martes, 12 de diciembre de 2017
Irresponsabilidad como estilo
Había
una vez un profesor, cuya capacidad de responder las preguntas más
enrevesadas, con respecto a los más disímiles temas, asombraba a quien
lo escuchaba. Se trataba de un hombre sencillo y de lenguaje claro,
quien en forma puntual iba resolviendo cada interrogante que se le
planteaba. Atraído por sus acrobacias retóricas, no pude dejar pasar la
oportunidad de preguntarle cómo era capaz de salir de los enredos
intelectuales más complejos y la respuesta fue simple. Me dijo que su forma de conducirse era consecuente con varias
cosas: Claridad de propósito, reconocimiento de lo que desconocía, pero
por encima de cualquier cosa, me dijo, había sido privilegiado con el
don de tener sentido común.
¿Es
el sentido común una especie de gracia de la cual muchos carecen y su
cultivo obedece a espíritus muy elevados? ¿O simplemente el sentido
común es pensar y actuar de manera armónica sin extremismos? ¿Tener
sentido común es asunto de mentes sublimes o es propio de gente
práctica que percibe la vida como un campo en donde hay que resolver las
cosas para bien? ¿La pérdida del sentido común es una forma de
locura?
¿La ausencia de sentido común es la gran condena del
hombre?
Una
de las cosas que va generando como bola de nieve sensación de
desconcierto en muchos venezolanos, dentro de los cuales me incluyo, es
el hecho de que nos parece que el sentido común de nuestros líderes
pareciera haberse extraviado y no percibimos que la brújula del mismo se
enderece. Vemos liderazgos atomizados e incapaces de establecer una
línea uniforme en lo que respecta a los objetivos perseguidos, haciendo
que el ciudadano quede atrapado en una suerte de indefensión en la cual
no percibe salidas a sus desgracias cotidianas. Sin liderazgo
organizado, el enredo venezolano tiende a perpetuarse, porque si bien
es cierto que las luchas por las causas sociales son son como los
caminos largos y angostos, no menos cierto es que las mismas deben tener
una orientación clara y definida. El caso venezolano es ejemplo de
improvisación de lucha y falta de uniformidad de criterios.
A
veces me pregunto hasta qué punto ha de llegar el asunto de
agravamiento económico para que se tomen medidas que permitan solucionar
los graves asuntos financieros que agobian a las personas.
¿O acaso es un plan para inducir un malestar tan grande para tener un
control social que permita implantar recetas anacrónicas asociadas con
formas de entender las relaciones económicas que se intervinculan en una
sociedad? Por más que algunos se lo quieran plantear como una fantasía,
Venezuela no es una isla. Muy por el contrario, los ojos del mundo
tienen la vista puesta en nuestra nación y cada yerro es
escandalosamente percibido por gentes de otras latitudes en donde reina
un mediano equilibrio.
Para
quienes tenemos el compromiso de ser generadores de una conciencia de
carácter educativo en los centros de estudio en donde laboramos, es muy
triste escuchar lo lastimoso que se ha vuelto el discurso de nuestros
jóvenes que solo esperan tener una oportunidad de escapar para hacerse
la idea de tener un futuro en otra nación.
Soy
de los que piensa que una de las características del hecho de cultivar
la libertad es asumir la responsabilidad de pagar su costo. Como
ciudadano estoy dispuesto a hacer sacrificios si entiendo las razones
por las cuales debo hacerlo, mas comprendo que si no se nos da una
explicacioón razonable, una justificación sincera o o por lo menos una
franca disculpa, inevitablmente entramos en conflicto con una
dirigencia que siembra pesares y no resuelve conflictos.
La
casta de líderes que ha tratado de señalar cuáles son los caminos que
debemos transitar ha sido tan infinitamente irresponsable en la toma de
decisiones que solo podemos pensar que no tienen un mínimo de sentido
común; maliciosamente llegar a la presunción de que el caos los
beneficia o ambas posibilidades. Este desastroso malestar cultural tiene
su máxima expresión simbólica en el uso de las palabras más elementales
con las cuales se crea entendimiento en cualquier sociedad. Hablar en
Venezuela de diálogo, negociación, concesión, elecciones o
entendimiento, ha dejado de tener el sentido que cada uno de estos
vocablos posee para terminar convirtiéndose en una suerte de "malas
palabras" con las cuales debemos lidiar.
El
espíritu sano de una nación se basa en su capacidad para establecer un
acuerdo entre partes que jamás debe ser de carácter irresoluble. Negarle
espacios de participación a quien piense diferente o cometer el suicida
acto de no reconocer su existencia es fuente de terribles estados de
desasosiego que deriva en crisis que son muy difíciles de resolver. Si
nos empeñamos en hacer a un lado el más mínimo sentido común, estamos
condenados a extraviarnos
irremediablemente. Si un chispazo asombroso hiciese su aparición y
recuperásemos la cordura, entenderíamos la gravedad del mal que
padecemos y sería difícil llegar a perdonarnos. Así estamos.
Twitter: @perezlopresti
Ilustración: @odumontdibujos
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Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de diciembre de 2017
http://www.eluniversal.com/
lunes, 11 de diciembre de 2017
Rumbos de Venezuela
Existen elementos propios de lo carencial, que de tanto
experimentarlos, potencialmente podemos llegar a ser indiferentes ante
ellos e incluso percibirlos como si fuesen buenos. Hace poco me bañé y
mi esposa me preguntó si no había sentido muy fría el agua. El asunto es
que después de un mes sin gas, ya ni me estaba dando cuenta de si el
agua estaba caliente o fría, lo cual es importante, ya que vivo en una
ciudad en donde a las cinco de la mañana las tuberías están heladas.
Lo cierto es que me di cuenta que me había acostumbrado a
bañarme sin reparar en la temperatura de la ducha. ¿Acaso somos capaces
de acostumbrarnos a cualquier cosa? ¿La tan estudiada indefensión
aprendida que bien hace su efecto en las ratas de laboratorio tiene el
mismo poder en los seres humanos? ¿Cuánto y qué debe pasar para que el
país cambie hacia una ruta menos traumática? ¿O ya es demasiado tarde y
las colas, la escasez, la inseguridad, la inflación y el profundo
malestar que generan ya forma parte de nuestras vidas?
Esa extraña normalización de lo más extravagante ya ha
minado gran parte del espíritu de mi gente y creo que en muchos aspectos
existen cosas casi imposibles de corregir. A mí me cuesta entender a
quienes celebran la actual situación de Venezuela. Me cuesta aun más
tratar de ponerme en lugar de quienes aspiran a que el país desmejore,
creyendo que el deterioro del mismo potencialmente induzca un cambio. Si
el país empeora, las posibilidades de una recuperación cercana,
obviamente se hacen cada vez más remotas.
“No podemos hacer nada y no hay nada qué hacer” pareciera
que se vuelve una fatal consigna generalizada que recurrentemente
escuchamos quienes nos intervinculamos con “la gente de a pie”, que por
lo que estamos viendo, será casi la totalidad de la población. Esa
actitud, lejos de despertar un poco de animosidad, nos conduce de manera
circular a la tristeza y la minusvalía, haciendo que ante una situación
en donde se debería activar lo mejor de la persona, por el contrario,
es vencida por la sumisión y una aceptación fatalista de la existencia.
La que una vez fue legendaria por la generosidad de su
gente e infinitas riquezas naturales, cada día que pasa se va llenando
de una atmósfera malsana donde pareciera emanar la melancolía, así como
si se tratase de una fuente mustia haciendo infinitas espirales, en el
cual conforme se van dando giros se siente como si se estuviese viajando
a gran velocidad al fondo de las profundidades malsanas. Hoy la
dinámica venezolana pareciera que no tiene fin en relación a un cambio
de rumbo para bien.
Uno apuesta por liderazgos que sean capaces de hacer una
lectura de la realidad de quien menos tiene y más necesita de los
extravagantes mecanismos con los cuales se maneja nuestra economía, pero
contrario a eso, hay una búsqueda inusitada de formas inéditas de
entender y hacer uso del poder, en la cual el ciudadano no figura como
el fin último que debe beneficiarse para hacer del país un lugar mejor
para todos. ¿Cuánto puede durar una situación de irresolución como la
que estamos viviendo? La respuesta se puede dar sin cortapisas. La
nación puede durar en un estado de conflictividad y desazón tanto tiempo
como se permita que eso ocurra, o lo que es peor, tanto tiempo como el
que se induzca para que ello ocurra. Sobran ejemplos de naciones que
llegaron a ser admiradas y envidiadas por su grandeza y cayeron en la
más profunda oscuridad.
La que debería estar mostrando las más extraordinarias
obras producto de una riqueza petrolera que ha deslumbrado al
continente, es hoy una nación arruinada, que va directo por la senda de
los Estados fallidos, haciendo eco en todos los rincones de lo mísero
que somos y de las consecuencias de tratar de cambiar a una sociedad
amparados en fórmulas anacrónicas que no se corresponden con un proyecto
serio de país. Tal vez sea la actual la más irresponsable expresión de
lo que puede llegar a hacer una dirigencia política en el poder, cuando
no está capacitada para ejercerlo, siendo la improvisación el lema con
el cual se trata de imponer la fuerza de quien no genera el bienestar
que todo pueblo aspira.
Pienso que la lucha más dura es la que hace el ciudadano
sosegado, quien trata de mantenerse de pie ante las más altisonantes
contrariedades, tratando de buscar en su propio mundo las cosas que
infaliblemente lo mantienen activo y evitan que se desestructure por
completo. Mis héroes de estos tiempos son esa gente que prefiere lo
anónimo y no es dada a estar pegando gritos ni a estar descalificando a
los otros, sino que busca dentro de sí mismo esa naturaleza propia de lo
mejor del ser humano que protege contra el envilecimiento y da alegría a
quienes les rodean. Considero heroicas a esas personas que apuestan por
trabajar, que parecieran haber sido sacadas de una obra acerca de la
terquedad, que siguen enarbolando el ideal de querer un mejor país y a
quienes el tiempo pareciera hacerlos más determinados.
Twitter: @perezlopresti
Ilustración: @odumontdibujos
Twitter: @perezlopresti
Ilustración: @odumontdibujos
Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 05 de diciembre de 2017
viernes, 1 de diciembre de 2017
De personalidad recia
A veces sueño con familiares que han fallecido. Se aparecen en lo más profundo de la noche y establecen una conversación tan vívida que tengo la sensación de que el sueño es absolutamente tangible y ajeno al mundo de las fantasías. Una de esas personas con quien suelo conversar de manera directa es con mi abuela materna, quien tanta influencia ejerció en mi vida.
En una ocasión la familia materna tuvo la suficiente cantidad de dinero para dar la cuota inicial para comprar un camión Ford, nuevo de agencia, con el cual se podía hacer negocio con pueblos circunvecinos a la ciudad de El Tocuyo. Mi tío Pepe era el hijo primogénito de un total de cinco hermanos y no solo tenía en sus hombros el peso de ser el líder económico del grupo familiar, sino que era el encargado de manejar el camión nuevo por las intrincadas carreteras laberínticas del estado Lara.
Pues resulta que no tenía quince días de haberse estrenado el camión cuando en una curva siguió de largo y todo el capital de la familia se esfumó de golpe y porrazo. El camión nuevo quedó inservible y mi tío salvó la vida milagrosamente. Cuando llegó a casa, aporreado y herido, mi abuela encendió la cocina e hizo una comida copiosa y por demás sabrosa. Pasta en salsa de cordero para celebrar que mi tío seguía vivo. Después de comer, mi abuela se sentó y les dijo a todos: “-Bueno, es tiempo de comprar otro camión”.
Boquiabiertos e impresionados, sin un centavo en el banco, tanto el abuelo como los hijos pensaron que se trataba de un desvarío de mi abuela, quien dijo que al día siguiente hablaría con el dueño de la agencia de vehículos para que le hiciese un crédito y poder comprar un camión nuevo, de agencia, como el primero.
Dicho y hecho, se presentó temprano a hablar con el dueño y le explicó de manera clara, firme y cordial que la única forma posible de poder saldar la deuda contraída era que le fiara un segundo vehículo. El temple con el cual pronunció cada palabra hizo una especie de eco que todavía sus hijos recuerdan. El hombre era aplomado y gordo. Callado, encendió un habano y miró de manera fija y penetrante a mi abuela. Estas fueron las palabras que le dijo: “- Por una razón que no comprendo, usted me ha transmitido una gran confianza. Llévese el camión del color que más le guste y si lo estrella no se preocupe, que le fío un tercero”.
Esta vez fue mi abuela quien salió manejando el camión, con su esposo de copiloto y los cinco hijos en la tolva. Llegaron a la casa, hicieron pasta con salsa de conejo y en un año pagó las dos deudas contraídas.
A veces, cuando las contrariedades aparecen como si fuesen hierba, evoco alguna de las maneras como mi abuela lograba salir de los enredos propios de la vida y siento que mis problemas se minimizan. Ella venía de la Italia en ruinas de la postguerra, en donde tenía que agarrar la escopeta cada vez que alguien tocaba la puerta de la casa y en donde la diferencia entre la vida y la muerte era poder contar ese día con un poco de granos con los cuales alimentar a una familia.
De origen campesino, había logrado leer lo suficiente para tener una buena cultura, particularmente histórica, a quien la vida la puso en el protagónico papel de ser testigo vivencial del horror de la segunda, de las dos más grandes confrontaciones bélicas del siglo XX. Se casó a los veinte años y murió antes de cumplir los setenta, con cada arruga del rostro surcada en forma triple por los avatares de tiempos difíciles.
¿De dónde sale esa gente excepcional, pujante, dura y consecuente con su sistema de valores? La respuesta se da sin ambages. Esa gente se forma precisamente de lo duro de la existencia y ese carácter solo lo puede dar la circunstancia en la cual una persona se desarrolla. Sea para perderse en lo malsano o para cultivar lo mejor de sí, es la vida dura la que forja los grandes temples y las grandes personalidades.
Porque cuando vemos con lupa a cada uno de estos seres, no se detienen por nimiedades ni los espanta la incertidumbre, sino que la vida se asume como el gran campo que hay que conquistar y cada cosa que se hace o se piensa tiene el fin último de sobreponerse a las adversidades.
A veces, cuando veo a uno que otro que se sale con las suyas y
hace de su vida una épica diaria del hecho de vivir, no puedo dejar de pensar
en la madre de mi madre, quien tantas lecciones de vida me legó y a quien tanto
he admirado.
Twitter: @perezlopresti
Ilustración: @odumontdibujos
Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de noviembre de 2017
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