Existe una especie de premisa mediante la cual se espera que una persona
que hace servicio a otros actúe como mártir o tenga que aparentar minusvalía de
intereses. La cosa es mucho más sencilla: Si no hay el interés personalísimo,
no habrá motivación alguna. Las motivaciones humanas poseen al menos seis
características:
1.Parten de una situación de carencia. El sujeto no posee lo que busca o
anhela. De alguna forma, estar motivado es andar menguado.
2.Se orientan a un futuro. Es algo que perseguimos mirando hacia adelante.
3.Tienden a una meta concreta que, se supone, va a eliminar la carencia.
Puede surgir un conflicto cuando se alcanza la carencia y no se obtiene la
sensación de que ésta ya ha sido satisfecha.
4.Arrancan desde el centro íntimo de la persona, convirtiéndose en una
necesidad que es percibida como un “valor”. De allí la sensación de pérdida y
desolación cuando no se alcanza la meta.
5.Tienen el carácter de búsqueda tensa, tan tensa que en ocasiones paraliza
y constituye una de esas experiencias vitales que “nos quita el sueño”.
6.Generalmente son fuente de honda
satisfacción, una vez satisfecha la necesidad, pero como señalaba el reconocido
Fritz Perls: “El ser humano tiende a la búsqueda del equilibrio, pero una vez
logrado, busca el desequilibrio mediante la creación de problemas
inexistentes”. Algo así como “quien no tiene problemas necesita creárselos”.
Basado en estas premisas, lo que nos motiva a hacer o pensar, parte de algo
inherente a nuestros más profundos intereses, lo cual conlleva a formularnos
las preguntas: ¿Nada suele ser “desinteresado” y todo debe tener un “por qué” y
un “para qué”? Si buscamos con seriedad
la respuesta a estas interrogantes, lo más probable es que la hallemos con relativa
facilidad.
Desde la vanidad hasta lo aparentemente impoluto, existe o se espera
una “recompensa” detrás de cada acto
civilizatorio. La misma puede ser económica, hasta el punto de convertirse en
afán de lucro. Bienestar espiritual, que es estar bien consigo mismo y con lo
que nos parezca trascendente. De carácter íntimamente religioso, liberándonos
de las culpas y aspirando a la vida eterna. De placidez, que es una forma de
encontrar goce desde lo individual. Paz mental, que implica abstraerse de
aquello que nos circunscribe; y por supuesto, tantas gratificaciones como
pudiesen existir. Todas aspiraciones loables siempre que no hagan daño a otros,
a sabiendas que existen tanto gratificaciones de carácter positivo como
negativo. La dupla revanchismo-envidia, por ejemplo, condiciona la aparición de
motivaciones malsanas que deben ser rechazadas. A veces siento cierta compasión
por quienes se irritan al pensar que lo desinteresado es propio de lo humano,
cuando la realidad muestra lo contrario. Sencillamente mientras se obre bien en
función de sí mismo sin hacer daño, creo que la recompensa es merecida. Si se
obra en función de los demás, la recompensa debe ser aún mayor. Sostengo que
los llamados “servidores públicos” han de obtener los mejores beneficios porque
su labor permite la gratificación de las aspiraciones de otros. Actuando con
honestidad un “servidor público” debe ser premiado al punto de que se sienta
honrado con lo que requiera como recompensa, puesto que no existe motivación
que no conlleve a una meta y dicha meta está siempre asociada a mecanismos de
compensación que van de lo elevado a lo básico, dependiendo del mundo interior
y los intereses de quien funge de artífice de la concreción de los objetivos
formulados.
El ideal del mártir es en realidad una mezcla de mesianismo con hipocresía
social. Esperamos cosas de los otros que bajo ningún concepto estaríamos
dispuestos a realizar. Es la eterna doble moral que marca lo frágil y
deleznable de cierta condición humana.
A la par de lo dicho, existe en el ser un tipo de actuación que deslumbra a
quien se detiene a analizarla. Se trata de ese tipo de conducta inherente a lo
que consensualmente llamamos “altruismo”, que a mi parecer genera más
curiosidad que cualquiera de las otras potenciales realizaciones. Cuando se obra de manera “altruista” se
trabaja nada más y nada menos que en función de la supervivencia de la especie
(nuestra especie). De allí que en nuestro interior exista la ternura, capaz de
quebrar nuestras más indómitas pasiones, permitiendo que el amor aparezca y
seamos solidarios con aquellos que nos hacen sentir que merecen nuestros
cuidados y atenciones. Ese “interés” en el beneficio de la especie tiene un
carácter evolutivo que se halla estructurado en lo más profundo de nuestra
hosca condición. Es consustancial a la vida y permite la supervivencia de los
seres.
El animal humano por una parte requiere de gratificaciones inherentes a
satisfacer sus más elementales necesidades y a la par existe una propensión a
hacer el bien, para beneficiar a la especie (el “interés” por el bien común)
que tal vez sea la parte más “animal” y primitiva de nuestra naturaleza.
Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de mayo de
2015.