jueves, 14 de mayo de 2015

CONFERENCIAS-ENTREVISTAS-TALLERES-PROGRAMACIÓN 2015. JUNIO-DICIEMBRE


Dr. Alirio Pérez Lo Presti





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‘RABIA COLECTIVA’

ENTREVISTA EN VIVO CON EL LIC. ÁNGEL SÁNCHEZ

101.5 FM. MÉRIDA  
(0274)2522732 (0416)5026575


Fecha: MARTES 03 DE NOVIEMBRE 
             DE 2015

Medio101.5 FM. MÉRIDA

                                                                                                                        Hora:08:00 A.M.


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‘PARA TODOS Y PARA NINGUNO’
          CONFERENCIA


POSTDOCTORADO EN GERENCIA PARA EL DESARROLLO HUMANO
UNIVERSIDAD DE LOS ANDES
EDIFICIO ADMINISTRATIVO DE LA ULA. PISO 7

Fecha: VIERNES 16 DE OCTUBRE 
             DE 2015

Hora:07:00 P.M.
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‘FILOSOFÍA Y PSIQUIATRÍA’
          CONFERENCIA


POSTGRADO DE PSIQUIATRÍA. ULA.
HOSPITAL UNIVERSITARIO DE LOS ANDES


Fecha: SÁBADO 19 DE SEPTIEMBRE 
             DE 2015



Hora:03:00 P.M.
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‘RELACIONES DE PAREJA EN EL SIGLO XXI’

ENTREVISTA EN VIVO CON EL DR. JESÚS RUIZ
PROGRAMA "GALENOS"
PUNTO 94.7 FM. MÉRIDA  (0274 7894057)


Fecha: DOMINGO 12 DE JULIO 
             DE 2015

MedioPUNTO 94.7 FM. MÉRIDA

Hora:10:00 A.M.


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LA VENEZUELA QUE TENEMOS’

ENTREVISTA EN VIVO CON EL PERIODISTA ORLANDO ERAZO
SOLAR 104.5 FM. MÉRIDA

Fecha: VIERNES 03 DE JULIO 
             DE 2015


MedioSOLAR 104.5 FM. MÉRIDA

Hora:12:30 P.M.


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‘PARA TODOS Y PARA NINGUNO Y OTROS ENSAYOS’

FERIA INTERNACIONAL DEL LIBRO UNIVERSITARIO. FILU
ENTREVISTA EN VIVO CON EL PERIODISTA JORGE VILLET SALAS 
TELEVISORA ANDINA DE MÉRIDA. (TAM)

               
Fecha: JUEVES 25 DE JUNIO 
             DE 2015


Medio
: TELEVISORA ANDINA DE MÉRIDA. (TAM)               

Hora:07:00 A.M.



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Título:   "HIGIENE MENTAL"                                                   
                 (CONFERENCIA)
               POSTGRADO DE ENDOCRINOLOGÍA. ULA
               HOSPITAL UNIVERSITARIO DE LOS ANDES
               

Fecha: MARTES 09 DE JUNIO DE 2015

LugarHOSPITAL UNIVERSITARIO DE LOS ANDES. MÉRIDA. ESTADO                                       MÉRIDA.


Hora: 08:30 A.M.

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miércoles, 13 de mayo de 2015

“Todo es por interés”



Existe una especie de premisa mediante la cual se espera que una persona que hace servicio a otros actúe como mártir o tenga que aparentar minusvalía de intereses. La cosa es mucho más sencilla: Si no hay el interés personalísimo, no habrá motivación alguna. Las motivaciones humanas poseen al menos seis características: 

1.Parten de una situación de carencia. El sujeto no posee lo que busca o anhela. De alguna forma, estar motivado es andar menguado.

2.Se orientan a un futuro. Es algo que perseguimos mirando hacia adelante.

3.Tienden a una meta concreta que, se supone, va a eliminar la carencia. Puede surgir un conflicto cuando se alcanza la carencia y no se obtiene la sensación de que ésta ya ha sido satisfecha.

4.Arrancan desde el centro íntimo de la persona, convirtiéndose en una necesidad que es percibida como un “valor”. De allí la sensación de pérdida y desolación cuando no se alcanza la meta.

5.Tienen el carácter de búsqueda tensa, tan tensa que en ocasiones paraliza y constituye una de esas experiencias vitales que “nos quita el sueño”.

6.Generalmente son fuente  de honda satisfacción, una vez satisfecha la necesidad, pero como señalaba el reconocido Fritz Perls: “El ser humano tiende a la búsqueda del equilibrio, pero una vez logrado, busca el desequilibrio mediante la creación de problemas inexistentes”. Algo así como “quien no tiene problemas necesita creárselos”.

Basado en estas premisas, lo que nos motiva a hacer o pensar, parte de algo inherente a nuestros más profundos intereses, lo cual conlleva a formularnos las preguntas: ¿Nada suele ser “desinteresado” y todo debe tener un “por qué” y un “para qué”?  Si buscamos con seriedad la respuesta a estas interrogantes, lo más probable es que la hallemos con relativa facilidad.

Desde la vanidad hasta lo aparentemente impoluto, existe o se espera una  “recompensa” detrás de cada acto civilizatorio. La misma puede ser económica, hasta el punto de convertirse en afán de lucro. Bienestar espiritual, que es estar bien consigo mismo y con lo que nos parezca trascendente. De carácter íntimamente religioso, liberándonos de las culpas y aspirando a la vida eterna. De placidez, que es una forma de encontrar goce desde lo individual. Paz mental, que implica abstraerse de aquello que nos circunscribe; y por supuesto, tantas gratificaciones como pudiesen existir. Todas aspiraciones loables siempre que no hagan daño a otros, a sabiendas que existen tanto gratificaciones de carácter positivo como negativo. La dupla revanchismo-envidia, por ejemplo, condiciona la aparición de motivaciones malsanas que deben ser rechazadas. A veces siento cierta compasión por quienes se irritan al pensar que lo desinteresado es propio de lo humano, cuando la realidad muestra lo contrario. Sencillamente mientras se obre bien en función de sí mismo sin hacer daño, creo que la recompensa es merecida. Si se obra en función de los demás, la recompensa debe ser aún mayor. Sostengo que los llamados “servidores públicos” han de obtener los mejores beneficios porque su labor permite la gratificación de las aspiraciones de otros. Actuando con honestidad un “servidor público” debe ser premiado al punto de que se sienta honrado con lo que requiera como recompensa, puesto que no existe motivación que no conlleve a una meta y dicha meta está siempre asociada a mecanismos de compensación que van de lo elevado a lo básico, dependiendo del mundo interior y los intereses de quien funge de artífice de la concreción de los objetivos formulados.

El ideal del mártir es en realidad una mezcla de mesianismo con hipocresía social. Esperamos cosas de los otros que bajo ningún concepto estaríamos dispuestos a realizar. Es la eterna doble moral que marca lo frágil y deleznable de cierta condición humana.

A la par de lo dicho, existe en el ser un tipo de actuación que deslumbra a quien se detiene a analizarla. Se trata de ese tipo de conducta inherente a lo que consensualmente llamamos “altruismo”, que a mi parecer genera más curiosidad que cualquiera de las otras potenciales realizaciones.  Cuando se obra de manera “altruista” se trabaja nada más y nada menos que en función de la supervivencia de la especie (nuestra especie). De allí que en nuestro interior exista la ternura, capaz de quebrar nuestras más indómitas pasiones, permitiendo que el amor aparezca y seamos solidarios con aquellos que nos hacen sentir que merecen nuestros cuidados y atenciones. Ese “interés” en el beneficio de la especie tiene un carácter evolutivo que se halla estructurado en lo más profundo de nuestra hosca condición. Es consustancial a la vida y permite la supervivencia de los seres.

El animal humano por una parte requiere de gratificaciones inherentes a satisfacer sus más elementales necesidades y a la par existe una propensión a hacer el bien, para beneficiar a la especie (el “interés” por el bien común) que tal vez sea la parte más “animal” y primitiva de nuestra naturaleza.






Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de mayo de 2015. 

martes, 12 de mayo de 2015

El miedo a pensar y la escuela

Mi estimado amigo y profesor Ramón Jáuregui, que ha hecho de lo filosófico una pasión, escribió un texto notable intitulado “El miedo a pensar y en sus clases enfatiza sobre en la necesidad de vencer este temor tan arraigado en muchos. La necesidad de apegarse al pensamiento de otro es una manera de evitar la potencial vulnerabilidad de expresar nuestras propias ideas, así como la tendencia de clasificar al otro es un mecanismo de defensa psicológico, que forma parte de lo más básico de los seres.

Cuando comenzaba a realizar estudios formales de filosofía, un profesor encargado de hacer la selección de los aspirantes me preguntó si conocía la obra de F. Nietzsche y le respondí que había leído la totalidad de sus textos. Luego me preguntó que a través de cuál intérprete y le respondí que había realizado la lectura directa del autor y se sorprendió alegando que era imposible que yo hubiese entendido el pensamiento del filósofo alemán por mi propia cuenta, que era imprescindible leerlo a través de otros”.

Esa postura de tratar de entender lo que quiso decir alguien a través de otros “intérpretes”, no sólo es propia de gente perezosa sino de personas temerosas. El temor al equívoco induce a que se intente cobijar cualquier interpretación a través de lo que alguien con méritos llegó a señalar.

Lo mismo me ocurrió con la obra de S. Freud, que habiéndola leído toda, los profesores trataban de que leyera a los intérpretes de Freud y no al padre de la psicología moderna directamente. En fin, que nada sustituye el leer directamente a un autor, así como nada suplanta que elaboremos nuestra propia recreación en relación a lo que entendamos.

Si bien es cierto que lo tutorial y lo académico son instancias imprescindibles, no menos cierto es entender que el verdadero poder del buen docente se encuentra en inducir a que su alumno opine y critique con voz propia. De esa manera derrota el miedo a pensar, independientemente de que se pueda equivocar. El docente induce al alumno a argumentar y defender sus propios razonamientos, entendiendo que el error es consustancial con lo humano.

En ocasiones he desechado textos porque me parece que la cantidad de citas presentes en los mismos son tantas que le queda poco espacio al autor para exponer sus propias ideas o interpretaciones. Prefiero leer autores que cometan el atrevimiento de exponer sus ideas, independientemente de las potenciales críticas a las cuales va a ser sometido.

Por otro lado, existe en el mundo ilustrado la premisa de que se debe apegar a una especie de escuela o sistema de pensamiento en aras de que lo que digamos esté sustentado por alguien o por algo. De esta manera los baconianos, cartesianos, rousseaunianos, kantianos, hegelianos, junguianos, heideggerianos, foucaultianos y tantos otros seguidores de distintas formas de pensamiento, terminan por esclerosar sus ideas para acabar siendo malas copias de quienes plantearon proposiciones. En estos casos, lo que comienza siendo el cultivo de una forma de pensamiento termina convirtiéndose en la antítesis de esta fórmula pues se cae en el dogmatismo, la rigidez y la impermeabilidad de aceptación de las ideas de los demás.

Pocas cosas me parecen tan pobres como “etiquetarse” bajo la premisa de que se sigue determinada forma de pensar, porque esto es consustancial a ponerle fronteras a nuestras potenciales capacidades de aprender aquello que desconocemos. La “escuela de pensamiento” puede terminar convirtiéndose en una chaqueta de fuerza que impide el pensar por sí mismo, que es en realidad lo que se debería pretender cuando se profesa el arte de dictar clases o crear interés por el conocimiento en los demás.

Existe multiplicidad de intereses que atañen al conocimiento. Desde lo filosófico hasta lo artesanal. Todas son posibilidades de ampliar nuestras fronteras mentales si nos separamos de la rigidez que se impone cuando nos ceñimos a una sola forma de ver las cosas. El permitirnos percibir multiplicidad de matices y separarnos un tanto de la inflexibilidad que imponen ciertos modelos, nos amplía el campo para poder dar sentido a las cosas y esgrimir nuestro propio criterio.


El pensamiento marxista, por ejemplo, aun en sus más laxos y permeables cultivadores, termina siendo un conjunto de premisas que se asemeja a lo religioso, lo cual a su vez forma parte de nuestra propensión natural de darle sentido a las cosas. Independientemente de la veracidad de lo que digamos, lo rígido es un elemento que da seguridad y confort intelectual. Las formas más arcaicas de argumentar siguen resucitando, puesto que el miedo a pensar por nosotros mismos potencialmente puede invadirnos.

El hombre de pensamiento tiende al cuestionamiento de las cosas y le cuesta ceñirse a una manera rígida de interpretar. Quien es ajeno a la dimensión filosófica, termina por convertir sus ideas en recetarios... a lo sumo en escuetos dogmas de fe.

 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el lunes 11 de mayo de 2015. 

lunes, 11 de mayo de 2015

Los incomunicados



Esto de interesarme por la comunicación comenzó hace ya mucho tiempo a raíz de un malentendido con Gisela, pues cuando le manifesté que la quería como una lechuga, no sólo se molestó conmigo para siempre, sino que me trató de cínico. ¿Qué entendió ella? ¿Por qué habría de ser “lechuga” un término peyorativo? ¿Por qué debo quererla como una rosa? ¿Es imprescindible apegarse a los estereotipos para hacernos entender?

Cuando nos expresamos usando recursos que intentan expandir lo que se dice, se transgrede el espíritu del lenguaje, ya que en la transgresión se halla el origen de cualquier cambio y sin las acrobacias del lenguaje, la especie humana estaría condenada a una pobreza ilimitada: La ausencia de lo poético en el habla de cada día.

El drama de comunicarse, drama al fin, está permanentemente condicionado. Resulta que las cosas poseen inevitablemente un significado diferente para cada uno de nosotros. Cada quien estructura una manera particular y única de apreciar la realidad, de tal forma que es imposible “pensar el mundo” como lo hacen quienes nos rodean. En ocasiones he llegado a creer que nos estamos comunicando con palabras similares, pero con diferentes significados. Cada quien oyendo del otro sólo lo que su manera de concebir el mundo le permite. No escuchamos lo que queremos, sino lo que podemos. Por ello muchos insisten en asumir la existencia como si fuese un estado permanente de aislamiento con los demás.

Que si digo A y me entienden B; que si hay que explicar esto o lo otro. Es parte de la perenne dinámica de quien trata de cultivar la comunicación como un propósito de vida. En mi ensayo Los peligros de comer cotufas (Consejo de publicaciones de la ULA. Reimpresión 2008) existe un capítulo titulado El drama de la comunicación, en el cual expongo mis impresiones en torno a las dificultades que tenemos las personas cuando nos expresamos. Pocas cosas son tan satisfactorias como el tratar de entendernos y a la vez: ¡Qué difícil es lograr entendernos!


A tal punto es un problema la comunicación, que en ocasiones pienso que deberíamos hablar de distorsión de la comunicación, e incluso de ausencia de comunicación, muy a regañadientes de lo que pueden pensar los estudiosos de estos asuntos. Comunicarnos es difícil. A veces he llegado a pensar que no es posible comunicarnos; al menos acertadamente. Esa es la gran paradoja de una criatura que se diferencia supuestamente de los demás animales por su capacidad de manejar una complicada manera de interrelacionarse: La palabra y los símbolos que aletean sobre las palabras.

Ni siquiera el lenguaje no verbal es confiable. Miles de ojos se posan en el mismo lugar. Si un personaje tiembla y es observado por estos miles de ojos surgirán tantas interpretaciones… o el rubor en el rostro de una dama… o la tos de alguien que dicta una conferencia… o la palidez de un oficial de tránsito… o lo que estoy intentando decir… simplemente…

Se complica todavía más cuando en nuestro modo de comunicarnos hacemos uso de metáforas y paradojas. Ambas maneras simbólicas de representar lo que queremos de una manera harto elaborada y liada, en un afán de conseguir “belleza expresiva”. Todo sea por el afán de dar trascendencia estética a aquellas cosas que tenemos a bien querer manifestar. Cuando nos expresamos con metáforas, tanto quien la expresa como quien la interpreta, requiere de cierta capacidad para “dilucidar” el discurso, lo cual puede conllevar a la complicación de la disertación y hacer espinoso el entendimiento.

La paradoja es una delicia lingüística que bien elaborada es capaz de suavizar el más peliagudo de los discursos, lo cual a la vez requiere de una reelaboración por parte de quien escucha lo que se intenta decir. Es por ello que en algunas personas lo poético está ausente. Se trata de cierta incapacidad para atrapar y agarrarle el gusto a las metáforas y las paradojas que a fin de cuentas son la sal del habla. Para muestra basta un botón y como dice el buen Konrad Lorenz: “Los seres vivos cuentan, al que sabe escucharlos, las historias más maravillosas, que son precisamente las verídicas; y en la naturaleza, la verdad supera en belleza a todo lo que puedan imaginar nuestros poetas, que son los únicos encantadores que existen.”

La comunicación se hace más difícil cuanto más evolucionado se encuentre el animal. En los seres humanos aparece el asunto interpretativo que todo lo transforma. Simbolismos, fantasías y ficciones personales surgen como grandes saboteadores. Cada uno arrastrando distintos niveles comunicacionales, desde lo que pertenece a su espectro público, pasando por lo privado, para terminar en lo íntimo. Comunicarse puede incluso llegar a ser un acto de fe.

Pobre Gisela. No se imagina cuánto adoro las lechugas. Al punto de que en mi testamento lo especifico con claridad: No me envíen flores el día de mi partida. Con grandes coronas de lechugas frescas podré trascender con mayor sencillez y hasta dicha.


  


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el lunes 04 de mayo de 2015.


Ilustración: @odumontdibujos

domingo, 3 de mayo de 2015

Sueño, risa y olvido

¿Para qué soñamos? ¿Cuál es la utilidad de la risa? ¿Por qué olvidamos? Asuntos consustanciales con la vida, con el corazón de la civilización, con el alma de los pueblos y nuestro intento de unirnos con aquello que consideramos real, pues cada una de estos espectros tiene una profunda y pragmática utilidad.

Cuando soñamos hacemos un ejercicio potencialmente libertario. Si la posibilidad humana de soñar desapareciera y ya no tuviésemos planes en función de futuro, probablemente el sentido de nuestras vidas estaría menguado y nos llenaríamos de desesperanza. Por ello, quien no hace planes hacia adelante propende a que lo invada el desaliento. Es atinente a estar vivos el visualizar nuestra existencia en relación a lo que vendrá, a lo que nos espera, a lo que potencialmente podría beneficiarnos o acecharnos. De otro modo será en las ensoñaciones donde aparezcan nuestros más profundos y triviales deseos, así como nuestros peores temores. Soñar despierto es tan necesario como inevitable es el soñar mientras se está dormido. Si no fuese por nuestros sueños, no tendría sentido el trabajo, ni las amistades, ni las relaciones afectivas, mucho menos la experiencia amatoria y por supuesto, el amor de pareja dejaría de ser trascendente. Dormido o despierto, la vida está unida a la ensoñación, al punto de que el escritor del siglo de oro español no miente cuando nos espeta que la vida es sueño. 

La vida es el sueño de quien trabaja cada día para poder obtener aquellas cosas que tiene en mente. La vida también es sueño para aquel familiar que se despide en un aeropuerto con planes de irse “para siempre” y nos deja de recuerdo punzante una mirada de nostalgia por última vez” antes de partir. Las fantasías son formas de soñar despierto y permiten la posibilidad de plantearnos el materializar algún día de aquello que anhelamos. Soñar y fantasear son expresiones esperanzadoras de asumir la vida.

Por otro lado, y a la vez, nos acompaña la risa. La risa no sólo alimenta el “alma” y la exorciza, sino que genera bienestar físico acorde a cada carcajada. Sin risa no podríamos sobrevivir al mundo que con frecuencia se nos muestra hosco. El reír es la mejor manifestación de esa parte lúdica inherente a lo divertido que debe acompañar a toda persona sana. Por eso es que necesitamos reírnos incluso de nuestras desgracias. La risa es hermana de la música, la danza, el juego y el riesgo. ¿Cómo vivir sin acordes, sin bailar, sin jugar y sin arriesgarnos? Sería una vida lánguida aquella que no es capaz de asomar una sonrisa.

La risa es un remedio que nos libra de tantos males que sería insólito vivir sin poder reír. Sería una tragedia el no poder explayarse en cada carcajada. El reír es alimento para los espíritus fatigados. Si no fuese por el humor nos infartaríamos al no conseguir jabón para asearnos o papel “tualé”. Sólo la trivialidad que causa la risa es capaz de mitigar el drama, de hacer amable la existencia, de permitir digerir cualquier desgracia. La carcajada es una defensa, un escudo contra la embolia, un talismán que nos protege de la muerte. Abocarse a reír no es sino salvaguardarnos, protegernos de manera salubre y divertida. En la risa, aparentemente banal, se disipa lo más agrio que nos circunda.

El olvido no sólo es inevitable, sino que su existencia es imprescindible, de lo contrario sería muy difícil vivir de manera más o menos equilibrada. El olvido es consustancial con nuestra naturaleza al punto de que es tan importante el poder recordar como el poder olvidar. Si no fuese por la capacidad de olvidar, no existiría eso que llamamos perdón, que en realidad es una manera de que el olvido se apodere de la falta y no nos embargue el dolor. Olvidar es inherente a la vida y suele ser ineludible avanzar conforme vamos olvidando. Si alguien se queja de que la gente olvida, debe tratar de entender que se trata de una función propia del ser. El olvido va de la mano con la vida al punto de que el que no olvida no camina. Gracias al olvido nos permitimos volver a errar al actuar y seguir cometiendo errores (seguir viviendo). Porque olvidamos amamos, de lo contrario no sería posible quererse ni querer a los demás. 

Muchas razones hacen que sueño, risa y olvido se junten con frecuencia al punto de que nos causa malestar el soñar con algunos asuntos que pensábamos que ya estaban olvidados, nos reímos de las cosas que se encontraban encubiertas en la memoria cuando alguien nos induce a recordarlas y en los sueños aparece la carcajada nuestra o del otro en relación de algo que es importante o insignificante, sólo para mostrar combinaciones creíbles.

La risa mitiga la falta y permite el olvido, el olvido hace que nos volvamos a activar y que no temamos a la posibilidad de errar y el sueño se encarga de que se olvide lo aprendido. Tamaño trío el del sueño, la risa y el olvido.  La vida no podría fluir sin la presencia de estos tridentes anclados en lo más profundo de cada persona.

 

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 27 de abril de 2015.