martes, 15 de diciembre de 2020

Tres sospechosos

 


Si tuviese que opinar acerca de cuáles han sido los tres hombres de pensamiento que más influencia han tenido en la historia de la cultura occidental desde el siglo XIX hasta el presente, no dudaría en afirmar que Marx, Nietzsche y Freud son los cabecillas.

“Maestros de la sospecha” es la célebre expresión que el filósofo Paul Ricoeur utilizó para designar a estas tres genialidades que siguen dando qué pensar en un siglo que obliga a replantearse la forma como se conciben las relaciones humanas y los nuevos cambios que acontecen.

Cada uno de estos pensadores propone una manera de entender al hombre y a lo que lo circunscribe, pero tal vez lo más trascendente es que plantean desde ángulos diferentes, estrategias para la resolución de la dura tarea de “ser un ser humano” en un mundo que cambia de prisa.

Para Marx, son las fuerzas económicas las que explican la condición humana, siendo el marxismo a fin de cuentas una propuesta para cambiar el curso de la civilización, en otras palabras, un método. Los intereses económicos y la recomposición de estos habrían de ser el camino para la creación de una nueva sociedad. Sin embargo, de esta premisa han surgido las peores formas de totalitarismo y cercenamiento de libertades. El fracaso marxista y la testaruda insistencia en retomarlo, sigue dejando huellas de dolor y desolación, que amenazan con prolongarse en este siglo que va sumando años.

En Nietzsche, se cuestiona la esencia misma del hombre, pues plantea una genealogía de la moral que habría estar más allá del bien y del mal”. Para entender a Nietzsche, hay que asumir que expresiones como la de señalar que “la esperanza es el peor de los males, porque prolonga el sufrimiento humano”, conducen a tratar de superar nuestra situación de seres vivos por un ser superior, un “superhombre”, que sería un intento de perfectibilidad de lo que somos en  realidad: Seres signados por la debilidad y las ataduras de los prejuicios y las creencias atinentes a lo aprendido para lo cual Nietzsche plantea la idea “política” de crear un hombre mejor. La exaltación de la conciencia individual por encima del colectivismo que castra el ingenio es una manera como el pensamiento del alemán deriva en la construcción de todo un bagaje de ideas que seducen.

Freud pareciera que resucita cada vez que se le da por muerto. La construcción de un sistema de pensamiento basado en premisas sin posible altercación hace que el psicoanálisis sea una manera de entender al hombre. Son las fuerzas más duramente arraigadas en el plano de lo inconsciente las que determinan la actuación humana. El psicoanálisis estudia al hombre desde la envidia que lo mueve, que lo marca y necesariamente envilece. Las fuerzas más oscuras son las que motorizan nuestra especie, condicionando una forma determinista de conducirse que termina por tratar de comprender el motivo del triunfo de lo irracional por encima de la inteligencia; de la barbarie por encima de la humano. Es allí donde entra el método a través del cual Freud plantea una modificación de las bases de la condición inconsciente, elevando al plano racional nuestras peores miserias.

Estos tres pensadores europeos siguen elevando la batuta de las maneras como necesitamos arraigarnos a las creencias para dar estructura a nuestro modo de pensar. Ahora bien, lo insólito de los tres no es lo que los diferencia, sino lo que los une. Para los tres, la conciencia humana es una conciencia falsa. El hombre es en ser desarraigado de su condición porque no se da cuenta de esta. Para Marx somos seres alienados porque las fuerzas económicas determinan nuestra vida. Para Nietzsche la blanda condición compasiva y enclenque hace que seamos desatinados al tratar de entender el mundo y Freud señala que lo inconsciente es lo que marca el destino del hombre.

En fin, que lo más atrayente de estas tres posturas frente a lo que significa la existencia y la condición humana está marcada por la percepción de estos tres filósofos de que el hombre no entiende la realidad que vive y difícilmente será capaz de comprenderla por su incapacidad para darse cuenta de lo que acontece en todo aquello que lo circunscribe. Tres formas de ver la vida, tres caminos para tratar de generar cambios, unidos bajo la paradójica visión de que el ser humano es incapaz de entenderse a sí mismo.

En un siglo que asoma la expansión de formas de pensamiento primitivo, donde se ha cosechado el fracaso de las utopías, y la violencia aterroriza a la humanidad, bien vale la pena volcarse al estudio del pensamiento universal, a sus desatinos y a sus enormes aciertos.

Un tiempo para cultivar la introspección y entender que, por encima de las diferencias, debe ser el respeto y la infinita tolerancia al otro lo que marque la civilización y condicione toda acción humana. Por encima de nuestra incapacidad de comprender el mundo, lo que une a las personas suele ser saludable y lo que las enfrenta entre sí tiende a ser malsano. 

 

Publicado en el libro de mi autoría Para todos y para ninguno y otros ensayos. Consejo de Publicaciones. ULA. 2015.

 



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