sábado, 9 de marzo de 2019

El Trastorno Bipolar en Venezuela



Escribo este texto desde Santiago de Chile, en un febrero acontecido. El verano sureño ha estado acompañado de sobresaltos para cualquier venezolano que observa el curso de su nación desde el extranjero.

Una de las cosas que desde el alma más me ha afectado, es lo que ha pasado con mis pacientes en una Venezuela que no ofrece posibilidades de tratamiento adecuado. Muy en particular en aquellos que padecen condiciones mentales o emocionales que afectan su vida y cuya evolución de carácter crónica, requiere de tratamientos de manera continua, permanente e ininterrumpida que mi país no garantiza. 

Entre 1998 y 2004, durante mi desempeño laboral como psiquiatra en el Hospital San Juan de Dios de la ciudad de Mérida, Venezuela, realicé el seguimiento de una población de pacientes con diagnóstico de Trastorno Bipolar. Los resultados de dicha investigación fueron publicados en el Volumen 58/ No. 119. Julio/Diciembre 2012 de la legendaria revista Archivos Venezolanos de Psiquiatría y Neurología; órgano de divulgación del conocimiento científico de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, antes de que desapareciera en su regular versión impresa, condicionada por los cambios políticos ocurridos en mi país.

Esta investigación, a su vez, tiene un antecedente que se corresponde a otro estudio de mi autoría, realizada durante los años 1995, 1996 y 1997, la cual  permitió mi acreditación como Psiquiatra por la Universidad Central de Venezuela en el año 1998. Con el título de Trastorno Bipolar en fase Maníaca, Tratamiento con Ácido Valproico vs Haloperidol, este trabajo fue publicado en Neuropsicofarmacología, revista del Colegio Venezolano de Psicofarmacología Volumen 2/ No. 2. Año 2000. Este instrumento de divulgación científica caribeño también desapareció en su versión impresa.

En el año 2004 ingreso por concurso de oposición como profesor de la Universidad de Los Andes en el Departamento de Psicología y Orientación de la Facultad de Humanidades y Educación, pudiendo mantener la línea de investigación que comenzó en 1995 en el Hospital Vargas de Caracas.

Durante este tiempo, he mantenido un trabajo de carácter permanente en el cual hemos venido realizando otras investigaciones y publicaciones sobre el Trastorno Afectivo Bipolar, sumando en totalidad casi un cuarto de siglo de dedicación en relación a los trastornos afectivos y en particular la enfermedad maníaco depresiva, hoy conocida como Trastorno Bipolar.

En estos 25 años ha habido una gran cantidad de avances para tratar de ser lo más acertado posible en relación al diagnóstico, tratamiento, mantenimiento de las estrategias para minimizar las descompensaciones propias de esta condición, así como intentos por mejorar la calidad de vida de nuestros pacientes y sus familias.

El elemento educativo es pilar fundamental para hacer frente a las crisis propias del Trastorno Bipolar, razón por la cual me he mantenido de manera perseverante generando material de investigación que pudiese servir de ayuda para quienes tienen que lidiar con este trastorno.

Mis deseos son haber sido útil para todo aquel que padezca o tenga interés en conocer sobre la condición Bipolar, sea porque la vive en carne propia o porque necesita herramientas para aclarar inquietudes.

Mi mayor agradecimiento será siempre con mis compañeros del Departamento de Psicología y Orientación por haberme dado el espacio para desarrollar esta línea de investigación, que se corresponde a casi la mitad de mi vida y por supuesto a la Universidad de Los Andes, la escuela en donde me formé como médico, filósofo  y educador, habiendo desarrollado una carrera profesoral hasta el presente en mi condición de Profesor Asociado.

Estas reflexiones van de la mano con la extravagante realidad que vive Venezuela y la enorme contrariedad que siento cada vez que me entero del destino de tantos pacientes a los cuales les dediqué el mayor esfuerzo posible para mejorar sus condiciones de vida. Las baratas sales de litio, de antología por ser el tratamiento natural más antiguo y efectivo dentro de los procedimientos propios de mi profesión, se han convertido en un bien inalcanzable, por no decir inexistente en la que una vez fue considerada la nación potencia del continente, la gran esperanza Latinoamericana.

Nada justifica que Venezuela no sea una nación del primer mundo. Solo una ceguera incomparable y un afán perverso de conducirse, pueden explicar la actual situación de ruina obscena que vive mi país y afecta a mis pacientes hasta lo indecible por estos medios.

Veinticinco años de dedicación académica, voluntariosa y útil, terminaron por ser puestas al servicio de otras realidades que nos han dado oportunidades con un afecto inconmensurable. Igual me duele mi país, en particular mis pacientes, a quienes les he dedicado literalmente la mayor parte de mi vida, en sus días y largas noches, para ser testigo de cómo sufren sin que pueda hacer mayor esfuerzo por ayudarlos.





Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 26 de febrero de 2019.

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