martes, 19 de septiembre de 2017

Cincuenta kilómetros por hora


La vida es como uno de esos tubos de cartón en donde se enrolla el papel. Si se es muy joven, cuando echamos una mirada a través del mismo, lo vivido pareciera corto y fugaz, como pasa cuando observamos a través del tubo de papel toilette. Si la vemos en justa dimensión y hemos vivido lo suficiente, me parece pertinente compararla con uno de esos rollos de papel para lavarse las manos. Si la vida es larga e intensa, podría compararla con esos tubos alargadísimos, en donde se enrolla la tela. 

Cuando a alguien sufre de un colapso emocional, como una vivencia negativa fuerte, el tubo sencillamente se aplasta por completo y todos los tiempos se fusionan. Cuando eso ocurre, no podemos ver el pasado linealmente y las cosas malas se amontonan, perdiendo de esa manera el carácter de temporalidad. Lo remoto, en una vivencia depresiva, se achica y se junta con lo presente y cuando cunde la desesperanza perdemos la capacidad de ver en perspectiva y sentimos que el pasado nos persigue. Son las terribles jugadas que a veces nos hace el inconsciente.

Este año que corre entré en mi quinta década de vida. No podía dejar pasar esta vivencia por debajo de la mesa y antes de que el tiempo siguiese marcando sus pautas, necesitaba escribir unas palabras sobre eso. He tenido cincuenta años de una vida en la cual, dependiendo de las circunstancias, he dado importantes golpes de timón y tomado decisiones que han cambiado mi  existencia y la de otras personas. Cinco décadas son suficientes para haber tenido varios empleos, haberle dado varias vueltas a mi país, experimentar la experiencia fascinante de largos viajes y conocer lugares extraños, así como las personas más inimaginables. Formado como médico desde edad muy temprana, tengo la experiencia de conocer la cara mórbida de la vida. Lidiar con la enfermedad y la muerte y tratar de vencerla ha sido una vocación y una obcecación recurrente. Habiendo trabajado en un hospital psiquiátrico durante casi una década, el horror de la locura me es cercano.

He sido aficionado a la velocidad y el culto por los automóviles no sólo honra mi herencia italiana, sino mi presupuesto. Las metáforas con los carros me gustan. Afortunadamente dejé de fumar  hace ya algún tiempo y alguna buena colección de finos puros y habanos todavía se encuentra en el baúl del tabaco, junto con una extraordinaria picadura que compré en un tarantín de Ámsterdam, la misma ciudad maravillosa y fría en donde casi me matan de una puñalada.

En Ciudad Bolívar, en alguna taguara, hace ya muchos años compartí tragos con mineros que pagaron la cuenta completa con un puñito de oro sacado de las recónditas minas y en el Amazonas me hice compañero de viaje de un viejo y destornillado cazador de tigres que vendía hasta el último diente de cada felino que mataba, como amuleto de la suerte. Cuando crucé el Estrecho de Magallanes quedé impresionado con una familia que iba a trabajar al fin del mundo como cocineros de un barco ballenero. “La familia nunca debe separarse” me dijo la joven y dura matriarca, mientras abrazaba a su esposo y los cuatro niños se protegían de la ventisca abrazando las piernas de los padres.

Melómano enfermizo, la música es una especie de elixir con la cual suelo obsesionarme y desde el folklor venezolano hasta las guarachas de los lupanares, lo melódico ha acompañado mi existencia, siendo poco escrupuloso a la hora de escuchar y extremadamente riguroso al seleccionar con cuáles géneros y temas me he de quedar. He leído y he escrito y lo he convertido en una pasión. He publicado algunos libros y otros esperan por invadir espacios. Un buen amigo cree que es mejor leerme que escucharme, porque según él soy tartamudo. Por mi parte estoy consciente de que soy bastante cegatón y escucho mal por el oído derecho.

He vivido cincuenta años y he amado, así como también he vivido la experiencia del desamor. Mi culto por lo femenino se ha hecho radicalmente selectivo y en una mezcla de fascinación y temor, creo que la mujer es la gran religión.

Desde edad temprana he sido docente. Habiendo cultivado algunas disciplinas, he podido dar clases de varias materias, como: filosofía, la personalidad, semiología psiquiátrica, clínica psicopatológica, psicoterapia y otras tantas. Actualmente en el Departamento de Psicología y Orientación de la Universidad de Los Andes (Unidad Académica de la cual he sido Jefe en tres oportunidades), dicto las materias psicología general y psicología evolutiva. Espero haber enseñado bien.


En uno de los cursos que doy, hablo del desarrollo psicosocial de Erik Erikson quien considera que entre los cuarenta y los sesenta y cinco años la persona se debate entre la “generatividad” y el estancamiento. Espero seguir produciendo para mis seres queridos, mis amigos, mis alumnos y mis pacientes, aunque ya no como un fórmula uno. Tengo la idea de que me estoy convirtiendo en una especie de clásico. Un Camaro a cincuenta kilómetros por hora.


Twitter: @perezlopresti

Ilustración: @Rayilustra 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 12 de septiembre de 2017




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