martes, 31 de agosto de 2021

Fundamentos de un ascenso

 


He estado comprando nuevos equipos para subir montañas. Frente a la enorme ciudad de Santiago, la Cordillera de Los Andes invita a recorrer uno y otro espacio que nos transporta a nuevas cumbres, a inmensidades desconocidas que cada día nos hacen la invitación para adentrarnos en ellas y ante las cuales es difícil no sucumbir. Como la cabra, que tiende al monte, de esa misma manera, ciertas aficiones o pasiones nos atraen y seducen de manera recurrente, sin poder negarnos a descubrirlas, una y otra vez, en cada una de sus singularidades. La pasión por subir y bajar montañas me viene de muy temprana edad, al igual que la propensión a viajar y adentrarme en los maravillosos laberintos de la lectura. En esa trilogía de opciones: Montañas, libros y viajes, invierto buena parte de mi vida.

Botas nuevas y un par de libros para viajar

Necesitaba unas botas nuevas a las cuales se les pudiera acoplar unos buenos crampones y las conseguí luego de una acuciosa cacería. En el mismo centro comercial y ante la inminencia de un viaje, necesitaba un par de libros que me acompañasen en esta nueva aventura. Escogí dos textos para releer, en ediciones reconocidas, tapa gruesa y buena letra: La Odisea de Homero y El Príncipe de Maquiavelo. ¿Cómo no sentirse acompañado de la primera novela moderna, que antecede al propio Quijote, en la cual un héroe tiene que sortear las más enredadas aventuras para regresar a su hogar, luego de haber destruido a una ciudad? Más o menos de eso trata La Odisea, además de recrear las vivencias de un migrante que se encuentra completamente desarraigado en un lugar en el que no desea estar, acompañado de personas con las cuales se encuentra forzado a compartir su tiempo, que le está siendo robado, amilanándose sus energías.

Grandes luchas cotidianas

¿De qué tratase la esencia del arte de vivir si no tuviésemos esos espacios necesarios para hacer lo que nos place? ¿Qué fuese de la vida si además de pesadumbres no tuviésemos la posibilidad de ser los dueños de un pedacito de nuestros destinos, por más trabas que pareciera ponernos el caudal de la vida? La Odisea representa muchas aristas de tantas posibilidades en las cuales la tragedia da paso a la victoria y al amor. Del Ulises vencedor de Troya al hombre de familia que quiere volver a su hogar con Penélope, la mujer amada y Telémaco, su aguerrido hijo solo existe la delgada línea divisoria, que no es tal entre el héroe y el hombre, que mientras más humano se va haciendo, más brilla su heroísmo. La partida y regreso a Ítaca es una hazaña, como también es una metáfora perfecta, con moraleja incluida sobre la grandeza humana y las míseras formas de enfrentar lo cotidiano con altivez, astucia e inteligencia. ¿No somos todos Ulises de una u otra forma cada vez que ponemos nuestro empeño en conquistar una causa?

Manual para cruzar la calle

El Príncipe de Maquiavelo es un libro para aprender a cruzar la calle. Escrito con la desenvoltura de las grandes genialidades de lo civilizatorio, expone de manera clara y sin ambages el arte de vivir en sociedad, de lidiar con los demás y de conseguir logros. También es la mejor obra que existe sobre el poder, la posibilidad de alcanzarlo, el arte de dominarlo y divide la historia de la vida común en un antes y un después. Es muy difícil no fascinarse por su legado, en cada página llena de los más sustanciales preceptos para entender en qué clase de barrio estamos parados. La primera vez que lo leí entendí que se había creado una relación de afecto y gratitud con el genio de Nicolás. De esas relaciones en las cuales se debe volver tarde o temprano, como quien se hace un chequeo oftalmológico para saber si debe cambiar la fórmula de los lentes para ver mejor. De eso va ese texto, que en realidad es un librito o un diminuto manual sobre el arte de vivir de manera salubre, sin posibilidad de dar cabida a sorpresas desagradables o sustos innecesarios.

El próximo vuelo

Homero y Nicolás son reconocidos por exponer los alcances siempre sorprendentes de las dimensiones de las cosas a las cuales nos atrevemos las personas. Una partida es también una bienvenida y el último vuelo es el que más recientemente hicimos, no el que vamos a hacer. Es tan propio de lo humano el movimiento como el tratar de anclarnos en aquellos aspectos que nos permiten trascender una y otra vez en nuestro mundo interior, utilizando la excusa del viaje. Ulises se encuentra con El Príncipe en un avión y conversan sobre los vericuetos del camino que transitamos, que en realidad no tiene nada de original, salvo la actitud con la cual acompañamos cada paso que vamos dando. Conversan apaciblemente, tomando un buen vino que excepcionalmente estaba destinado para ellos en clase turista. Ulises ordena pescado con frutos del mar para el almuerzo mientras El Príncipe se decide por un steak pimienta. Debajo, el mediterráneo se ve inmenso desde las alturas que estos dos hombres son capaces de alcanzar.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 31 de agosto de 2021.

domingo, 22 de agosto de 2021

La hora de picar trozos pequeños

 


Hace unos años que migré de Venezuela. En general, la experiencia ha sido para bien. Pude darles mejores oportunidades a personas amadas, me vinculé con otros ámbitos y sus espectros circundantes, pude satisfacer necesidades propias de quien se explaya en cultivar el placer de vivir y por encima de cualquier cosa, he reformulado una y más veces la esencia del arte de existir. A veces, en las noches del sur, mi esposa me pregunta qué saco de conclusión de cada vivencia en otras latitudes y la respuesta se estrella una y otra vez con sus expectativas: “-Nada que no supiera”. Cuando miro hacia atrás solo veo una eterna repetición de lugares comunes y de ingenio, para poderlos hacer trascendentes. En eso más o menos se nos va el tiempo, en la reformulación de experiencias propias de la cotidianidad.

La carne crudita

Hay cortes de carne que sería una herejía cocinar, como el hígado de cordero. Estaba recordando esa exquisita carne mientras pensaba que sería una monofonía al infinito si no ocurriesen dos cosas: El cambio de los espacios y la inexorable dimensión del tiempo. En eso más o menos estaba elucubrando, cuando rodeado de mis más cercanos con sus virtudes y con un asado de palanca uruguaya con Corona (la cerveza, no el virus), se me pasó por la cabeza comerme la carne totalmente cruda. No tendría nada de especial excepto que no había probado ese corte de los legendarios vacunos del país suramericano. La cosa es que la dejé cruda y gruesa y cuando con hambre acumulada por los trajines de la jornada, corté un trozo tan ancho como crudo que casi ni mastiqué, el mismo se fue lenta y reposadamente a alojar en la mitad del lugar donde confluye el aire a mis pulmones. Fue una atragantada inédita y reveladora. Inédita porque jamás en mi vida me había atorado comiendo y reveladora porque casi muero.

Muerte natural

Hubiese sido una buena manera de morir: Comiendo. Tal vez así le ocurrió a Epicuro en El Jardín, mientras se bañaba en “la piscina”, rodeado de dilectos amigos y seguidores de sus ideas. Lo cierto es que desde hace muchos años cultivo dos disciplinas que me previenen de situaciones impredecibles: 1. El subir cerros. 2. El aguantar la mayor cantidad de tiempo sin respirar bajo el agua. De mi primera afición me quedó una buena condición cardiovascular y una artrosis severa de rodilla por la cual cojeo. De la segunda afición no tenía idea en qué me podía servir. Lo cierto es que eso de andar aguantando el aliento bajo el agua es de extrema utilidad. De hecho, lo voy a seguir cultivando como una disciplina que practicaré a diario. Con el pedazo de carne atravesado en la garganta, recordé mi récord cuando aguanto la respiración, así que el primer minuto pasó sin parame de la mesa. Traté de bajar el trozo con el peso de la gravedad de un buen buche de cerveza y la regurgitación fue inminente, lo cual provocó que quienes comían conmigo literalmente se paralizaban porque se daban cuenta que no estaba respirando y el color de mi rostro había cambiado. Para calmar a mis acompañantes me puse de pie y les hice un gesto de tranquilidad con la mano. Los segundos se hacían una eternidad y el nerviosismo colectivo no iba a más porque yo estaba sereno. “-¿Necesitas que te haga la maniobra de Heimlich.” Me preguntó con mucho respeto y cara de espanto una sobrina que estudia medicina, a lo que le respondí con una ligera negativa. Los segundos iban sumando.

Resucitación natural

En muchas ocasiones intentamos aliviar la carga y nos sumergimos en un montón de fantasías para sobrellevar el peso de nuestra existencia: Que si la fantasía de si hubiésemos tomado otras decisiones nuestras vidas serían mejores, que si hubiésemos migrado al norte y no al sur el asunto sería distinto; que si acá la cosa no está bien y allá está mejor. En cuestiones como esas se les va el pensamiento a muchos, como voces vacuas que parasitan mentes. ¡Yo solo quería volver a respirar! Me parecía que el trozo de palanca uruguaya estaba atascado, así que, en un alarde de concentración y autoconocimiento de mi digestión, me concentré para realizar una serie de movimientos que llevasen el trozo de carne al estómago usando la fuerza de mi garganta y mi esófago. En ese momento sabía que no contaba con tanto tiempo, así que la concentración necesariamente fue total, luego de pasearme por la posibilidad de practicarme a mí mismo una traqueotomía. El pedazo fue bajando lenta y muy dolorosamente por toda la longitud del esófago hasta que sentí que llegó al estómago. Aspiré la bocanada de aire más larga que he dado en mi vida y la tranquilidad inundó los espacios en los que me encontraba. Un largo, larguísimo trago de Corona corroboró que por lo menos me había elongado (o roto) las fibras de la parte de arriba de mi aparato digestivo, el color de la vida me volvió al rostro y el susto se fue disipando entre quienes me acompañaban. Abrazos, aplausos y besos me inundaron. Otra vez estaba vivo.

 

Publicado el diario El Universal de Venezuela y otros medios, el 22 de agosto de 2021.

domingo, 8 de agosto de 2021

Güisqui 12 años con agua de coco

 


Por razones de comodidad, viajo con un morral, buenas botas, ropa de montaña y un sombrero de tela. Como cualquier montañista, me adentro en cada aventura con bastantes amuletos y collares. Eso genera la impresión de que vengo de un lugar como Venezuela, o algo así. Un área especialísima de la cirugía es aquella en la cual se realizan intervenciones al cerebro, cortando, cauterizando o modificando ínfimas estructuras o tejidos que llevan consigo conexiones entre un lado de nuestra parte pensante a la otra. Este tipo de intervenciones las realizan los neurocirujanos, algunos de los cuales muestran logros extraordinarios, como minimizar las crisis de epilepsia en casos graves o intervenir en algunas enfermedades mentales cuya evolución minimiza la posibilidad del sujeto de hacer una vida medianamente adaptativa en el espacio y el tiempo que le toca estar.

Cortando cerebros

El surgimiento de las especialidades es un asunto propio del avance de lo civilizatorio, en donde con el tiempo se van generando subespecialidades de las subespecialidades, configurando expansiones del conocimiento a las cuales le perdemos la pista. La idea de que una persona dedique su vida a cortar minúsculas conexiones de partes del cerebro es un asunto que tiende a generar admiración, temeridad, cuando no cierto halo de desconfianza. Lo cierto es que ahí estaba de pie el neurocirujano inglés, sonriente y conversador, en un evento de carácter científico al cual acudí como invitado. Tenía un libro de su autoría en la mano, cuya casuística era de mil quinientas personas que habían sido intervenidas quirúrgicamente por él y su equipo.  Me encontraba de número cincuenta en la fila para solicitarle una dedicatoria en su texto. El neurocirujano se había ganado el reconocimiento o interés por parte de la comunidad científica, además de un par de premios.  Luego de un rato, que se pasó ligero, por hallarme conversando en la cola con una colega, llegó mi turno y el inglés con su impoluta pronunciación me preguntó mi profesión y de dónde era. Me acomodé el sombrero y cuando le dije que era de Venezuela mostró gran emoción y comenzó a hacerme una serie de preguntas que conforme yo respondía, más avivaban su curiosidad.

Where are you frome?

En muchas ocasiones, durante mis viajes, las personas muestran curiosidad por el país donde nací y hacen las preguntas más variadas y extrañas. En ocasiones también son interrogantes francamente desconcertantes. El neurocirujano no fue la excepción y comenzó a hacerme una gran cantidad de preguntas. “-Por televisión he visto unas máquinas taladrando el suelo en la parte de atrás de las viviendas de Venezuela. Entiendo que se llaman balancines petroleros. ¿Usted tiene una de estas máquinas? -Por supuesto, contesté ni corto ni perezoso. Hay tanto petróleo que allá tenemos de esos balancines en los patios de las casas.” El hombre se acomodó los anteojos y se mostró muy interesado en el asunto, por lo que siguió preguntando. “-¿Y cómo le ha ido con eso de tener un pozo petrolero en su solar? -A lo que le contesté: En realidad es un problema con los zapatos y la limpieza de la casa- ¿Los zapatos?, interrogó extrañado. -Sí, porque uno se llena de petróleo cada vez que sale al patio y la verdad es que es sumamente desagradable. Tengo que comprarme zapatos a cada rato porque se pega el petróleo en las suelas. Además, la casa siempre está sucia.” El neurocirujano estaba fascinado con mis respuestas, lo cual le abría aún más el apetito de su curiosidad y ya yo no podía dar marcha atrás en eso de generar interés por un lugar que es trascendente por su belleza, su cultura y sus excepcionales personalidades.

Historias de la vuelta al mundo

Siguió preguntando sobre esto y lo otro. Que si es cierto que el calor del petróleo calentaba tanto el suelo que se podía freír un huevo simplemente colocando un sartén en el piso, que si lo tequeños eran de mi tierra, que si es verdad que dormíamos en chinchorros, que si tomábamos el mejor de los Whisky de escocia con agua de coco, que si bailábamos al aire libre hasta el amanecer, que si las playas eran las mejores del mundo, que si celebrábamos la vida sin tener un motivo, que si alguien en mi familia había sido Miss Venezuela, en fin, cada pregunta tras otra era una puerta que invitaba a imaginarse una especie de paraíso de curiosidades que estaban ubicadas al norte del sur del continente americano, con el caribe a boca de jarro y la gasolina más barata que el agua de grifo. Así nos veía el inglés y no pude sino abonar para que su imaginación siguiese volando, poniéndole color al asunto, con un nivel de exageración que visto en el tiempo no era tanto. En fin, que el sujeto se entusiasmó de tal forma que me dijo que sus próximas vacaciones serían en mi país y nos despedimos con un fuerte apretón de manos no sin antes pedirme que me tomase una foto con él, para poder decirle a sus amigos que había conocido a un venezolano.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 10 de agosto de 2021.

lunes, 2 de agosto de 2021

La identidad, la verdad, el amor

 


Es llamativa la historia personal del escritor checo Milan Kundera. Luego de haber desarrollado una sorprendente obra, siendo nominado varias veces al Premio Nobel de literatura, se ha mantenido prácticamente retirado de la vida social que en ocasiones empobrece el mundo interior de las personas. Alejado de la prensa y los medios de comunicación desde hace años, Kundera nos deja un legado que a mi juicio va a sobrevivir el duro dictamen del olvido. Es un escritor universal, cuyos libros, a raíz del resurgimiento de algunas ideologías que se consideraban muertas, cobra más vigencia que nunca.

Desde el nicho a la eternidad

Dos veces expulsado del Partido Comunista, su trabajo está marcado por el cambio de pensamiento del hombre atribulado del siglo XX, que ve la desaparición de un tiempo para dar cabida a una manera de reflexionar distinta, que obliga al hombre de ideas a mirar hacia adentro, a hacer un genuino acto de introspección y dar más contenido a la dimensión íntima que marca y condiciona nuestros actos. En 2005 aparece un ensayo en siete partes titulado El telón, que es una especie de “hasta luego” del escritor virtuoso y una aparente ¿(pre)despedida? de sus lectores. Texto impoluto, donde ninguna de las ideas planteadas está de más, destacando en el mismo ciertos aspectos, como la relación del hombre con su tiempo histórico y cómo la contemporaneidad de cada uno hace cambios en lo más íntimo del ser; la forma como el hombre se vincula con la historia que le toca vivir y las consecuencias de sus intentos por modificar los acontecimientos. De cómo cierto tipo de política logra llegar a tocar y trastocar las fibras más sensibles del ser y puede ser imposible escapar de ella, aunque partamos y tratemos de desembarazarnos, pues no hay manera de que no nos alcance. La política como elemento que destruye vidas y da sentido a la existencia de las personas.

Nuevamente: el eterno retorno

En El telón se asoma la idea de que “la repetición” es atinente al artista. De hecho, si queremos ver precisamente cómo una obra evoluciona en torno a un mismo eje, la de Milan Kundera es un clásico ejemplo de ello. Escritores como Graham Greene, García Márquez, William Faulkner, Antoine de Saint-Exupéry y muchos otros, han hecho de su legado literario una gran obra que en realidad es indivisible y si bien se puede afirmar que es repetitiva, también se puede decir que su totalidad forma un conjunto uniforme y único en medio de la diversidad. Este autor muestra su relación con el arte y lo necesario que es para la vida humana, porque es el único camino que permite que nuestra alma sobreviva a la intemperie de lo cotidiano y lo vulgar. Kundera ha escrito ensayos sobre el arte literario y en El telón, la cuarta parte se titula ¿Qué es un novelista? Disertación que permite vincular la estética y la existencia. Para él, las artes europeas, cada una a su hora, levantaron el vuelo de la misma manera, transformadas todas en su propia historia. Éste fue el gran milagro de Europa: no su arte, sino su arte convertido en historia. La historia del arte es para el escritor checo perecedera, mas “la palabrería” del arte es eterna.

Escritores admirados y compartidos

Un aspecto destacable de Kundera es la devoción a la obra de Cervantes, siendo Don Quijote de La Macha una de sus más importantes influencias. El Quijote es venerado y expuesto como la máxima representación de la palabra escrita. El ingenioso hidalgo personifica para Kundera el vértice de la más alta realización humana que plantea tres elementos consustanciales con la vivencia humana.

1) La identidad, pues a fin de cuentas un hidalgo de aldea, Alonso Quijano, dice ser quien no es y trata de cambiar el mundo, como lo han hecho y siguen haciendo los humanos que se creen predestinados a realizar grandes obras, en un alarde de desconocimiento de sí mismo y de las circunstancias. A todas estas ¿Quiénes somos?

2) La verdad como simple consenso, independientemente de que trastoque lo que pretendemos que es real. Una bacía de cobre, por votación, termina siendo un yelmo. Don Quijote se resiste a tomar el yelmo por una bacía. Se somete al voto secreto y en una broma, los parroquianos cambian “por consenso” lo existente.

3) El amor como “idea” de amor. No el cuestionamiento a los amantes, sino al amor, porque ¿Qué es el amor si se ama a una mujer sin conocerla? ¿Una simple decisión? ¿Una imitación? Si desde la infancia los ejemplos de amor no nos incitaran a seguirlos, ¿sabríamos qué quiere decir amar?

De esta manera, a través de Alonso Quijano, Milan Kundera señala que se ha inaugurado, para nosotros, el arte de la novela mediante tres preguntas sobre la existencia: ¿Qué es la identidad de un individuo? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es el amor? La obra de Kundera se defiende sola. Sus libros asoman las preguntas y respuestas de lo que a mi juicio es el legado literario que más satisfacciones me ha generado en estos tiempos que corren.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 03 de agosto de 2021.

domingo, 25 de julio de 2021

Atravesando ríos con pirañas

 


Pescando por los lados de El Yagual, en el Estado Apure, vi un grupo grande de personas atravesando un río repleto de pirañas. La primera vez que presencié tamaña hazaña me impresionó mucho porque sé lo peligrosos que son esos peces. Lo cierto es que, si no hay sangre, las pirañas no son atraídas. En el invierno llanero, cuando la sabana se anega, al ganado se le reblandecen las pezuñas y puede que sangre. Ahí las pirañas aparecen y desguazan vivas a las reses. Verlo es asombroso o monstruoso, por el grado de salvajismo y la velocidad conque devoran la presa. Hace poco, un familiar cercano perdió el pulpejo completo de un dedo índice cuando trataba de quitarle el anzuelo a una piraña que había pescado. Es que hasta fuera del agua son peligrosas. ¿Cómo salvarnos de un ataque de pirañas si sangramos en la mitad de un río?

Pirañas y gastronomía

Bien preparadas, las pirañas son una exquisitez. Tengo la buena experiencia de haber comido bastante piraña en mi vida. Generalmente se acompañan de cachapa y si se fríen bien, en aceite de maíz, se pueden comer en su totalidad, pues quedan completamente tostadas. Hace ya algún tiempo que viví en esas tierras extraordinarias y llenas de misterio, en donde lo humano se diluye en una naturaleza de verdores incandescentes y beldad irreal, probablemente tan indescriptible que solo la podemos recrear cuando verbalizamos las emociones que nos genera el encantamiento del lugar. Ir de San Fernando a Achaguas era un buen paseo, el cual se hacía más sorprendente mientras más nos íbamos internando en esas tierras. Bastaba con ser invitado a un parrando para entender que la puerta a los placeres mundanos estaba en las riveras del río Arauca o ser convidado a un sancocho de Curito, para que durante varios días la gente supiera que uno se había saciado probando esos extraños peces que dejan la piel aromática durante días. ¡Usted huele a Curito, caray!

Lo bueno y lo malo se juntan

Después de alguna incursión inicial en la cual alquilé una platabanda con medio techo y una hamaca, pude conseguir una buena casa en donde descansaba, leía y escribía. Vivía a dos cuadras de un importante centro nocturno en el que confluían excepcionales artistas del contrapunteo provenientes de las más lejanas profundidades del llano. Hombres y mujeres se batían en las noches en duelos de ingenios en los que Florentino y El Diablo se veían una y otra vez la cara, como si fuese una historia imposible de dejar de contar. La capacidad de improvisar cantando es un arte bien cultivado y tenido en alta estima en ese lugar del mundo. A mí me dejaba boquiabierto el poder disfrutar de tanta pasión reunida en un mismo lugar. Era un espacio irreal y un tiempo muy aprovechado que hace sus incursiones de vez en cuando en mi memoria diaria y me asalta por sorpresa en mis sueños cotidianos. De Apure recuerdo la savia de la vida, que emergía en cada encuentro con la gente bondadosa y alegre que me abrió las puertas y de la locura cotidiana propia del hombre que se disocia al entrar en contacto con las fuerzas de la naturaleza al punto de fusionarse con las mismas. Demasiada intensidad junta. Esa fuerza que emerge de la confluencia entre lo humano y la naturaleza parecía ir más allá de una dosis de misterio y terminaba por parecer una suerte fenómeno sobrenatural que se asumía con la tranquilidad de quien decide contemplar el atardecer. Así va transcurriendo la vida, entre la plenitud de aquello que no deja de sorprendernos y la serenidad que transmite la furiosa sabana: Una paradoja perfecta.

La vida y sus caminos

Quisieron las circunstancias que después de mi estadía en el llano y sus entrañables enseñanzas, terminase viviendo en la ciudad de Caracas. Viví con el confort del citadino que se dedica a aprovechar las bondades de la gran capital y sabe sacarle el jugo al asfalto y las torres de concreto como si fuese una mina de oro con muy pocos filones. Después de haber vivido un largo rato en tierras de aventuras por montón, la ciudad era la puerta para asumir otras maneras de mostrar nuestra inclinación por el buen vivir. Sin embargo, los recuerdos me perseguían para hacerme feliz por haber experimentado situaciones y atrapado enseñanzas que en otras condiciones no hubiese podido. En ese juego íntimo de ingenios y metáforas con las cuales suelo lidiar, cuando no probar hasta dónde puede llegar el alcance de mi imaginación, no dejo de ver a ese grupo de personas atravesando un río lleno de pirañas. Hombres, mujeres y niños, personas de todas las edades, cruzando el río como si no existiese peligro alguno. ¿Cuál es el arte u oficio de vivir? El arte es no sangrar durante ese trance en medio del agua, con piedras afiladas en el fondo y la posibilidad de lastimarse tras una caída. La vida vista como la habilidad de atravesar un río sin derramar una gota de sangre o las pirañas nos devorarían en segundos. Así lo sigo creyendo y así sigue apareciendo en mis sueños. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela, el 27 de julio de 2021.

domingo, 18 de julio de 2021

El hilo del papagayo

Los andinos la llamábamos cometa mientras que, en otras partes del país, papagayo. En otros lados los llaman barrilete, chichigua, chiringa, culebrina, milocha, pandorga, papelotes, piscucha, volantín, en fin. A veces se hacían unos enredos con el pabilo, que podía obligarnos a tener que cortarlo. Las volábamos en los meses de vacaciones, en la Mérida de briosos vientos durante julio, agosto y septiembre. Los más competitivos le colocaban hojillas en el largo trapo que les servía de cola y las rivalidades entre grupos solían estar presentes, sin embargo, no era la mayoría. Como vivía al norte de la ciudad, en la misma calle nos poníamos a jugar entre familiares cercanos, tratando de llegar lo más lejos y alto posible. Si por poca pericia al elevarlas, o porque el viento nos superaba y se rompía el hijo, iban a parar hacia El Valle y las perdíamos para siempre.

Recetas naturales

En el recetario de las comprensiones de las cosas que nos circundan, los lugares comunes suelen ser una constante. Por ejemplo, en un debate entre dos personas de pensamiento antagónico, cada uno esgrimirá los argumentos basados en el conjunto de ideas que hacen que un constructo particular tenga sentido. Dicho de otra manera, cuando se cree en un ideario, la realidad debe calzar con el mismo. El hombre con ideales pareciera forzar la pieza del rompecabezas y trata de que calce casi a la fuerza. La realidad queda anulada por lo que se desea como realidad y la receta de rigor trata de explicar con sencillez las cosas. Los ideales, de esta manera, terminan por castrar el pensamiento y eliminan la capacidad de interpretar libremente. Quien sigue a pie juntillas un ideal no está pensando. Solo repite como un papagayo (en este caso el ave), lo que por impostura es la realidad, lo cual lleva irremediablemente a falsas interpretaciones de las cosas. En general, quienes hacen interpretaciones del mundo con basamento en “ismos”, no logran atrapar la esencia de la realidad.

Consensos y disconformidades

Un prejuicio podría ser el juicio previo que nos formamos con relación a un asunto en particular. Pensando de esta manera, lo que predomina en lo discursivo es esencialmente prejuicioso y carente de reflexión. Lo consensual puede ser tan destornilladamente errático que una persona medianamente congruente con las cosas en las cuales deposita sus creencias puede declararse simple y llanamente contraria a lo consensuado, a lo que piensa la mayoría. De esta manera se van creando matrices de opinión y puntos de vista que quebrantan esas matrices. La historia, por ejemplo, tan controvertida y distorsionada por quien funge de observador o protagonista de esta, inexorablemente va cambiando con el paso del tiempo en la medida que van apareciendo aristas que la van complejizando. Así pasa con casi todas las cosas que creemos conocer. Se trastocan porque al tratar de mirarlas con nuevos lentes, van apareciendo elementos que inicialmente no habíamos visto. De esa manera se crea la sensación de que la realidad va mutando. De las cosas más interesantes que existen en la contemporaneidad es la presión social que ejercen las nuevas tecnologías y la propensión al pensamiento dicotómico y su máxima expresión de bestialismo: “Si no estás conmigo estás contra mí”. 

La búsqueda de la verdad

Es difícil no ser atrapado por el deseo de saber qué realmente es lo real. Forma parte de lo más elevado de lo humano y ha significado la mayor expresión de lo que somos. La búsqueda de la verdad también va de la mano con enfrentarse a miserias de la cotidianidad. Al intentar conocer un fenómeno particular, poco nos sirven las ideas preestablecidas y erráticamente consensuadas. Cualquier ejercicio intelectual requiere elevación de miras y asumir que se puede intentar ver la torta completa. Esa cosa fascinante, que es tratar de encontrarle la veracidad a las cosas, nos conduce a tener que desprendernos de la fosilización del pensamiento. Consignas y eslóganes no son propios del hombre que aspira desentrañar aquello que llama su atención. Desesperados por tratar de comprender las cosas, el camino fácil de los recetarios ideológicos representa la tentación de quien se resiste a esforzarse en pensar un poco. Las ideas van de la mano con grandes esfuerzos por intentar comprender los fenómenos en los que estamos inmersos. En el siglo XXI, suerte de dicotomía entre lo más avanzado de lo humano a la par de prácticas bárbaras, pareciera que se va solidificando una rigidez colectiva del pensamiento en donde solo aparecen dos opciones: La mía y la de los otros. Esa forma tan pobre de ver la existencia es el espíritu de estos tiempos, en los cuales la inteligencia en su mejor expresión debe lidiar día a día con las posturas más exaltadas. Rivalizar o encontrarse con fanáticos es la regla. Quizá al final avance la capacidad de conquistar espacios a través del esfuerzo intelectual y no sea la fiereza con sus ideas de paquete lo que se imponga.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 20 de julio de 2021.

martes, 13 de julio de 2021

Dicotomías cotidianas

 


El ser humano, desde el punto de vista psicológico, cuenta con múltiples mecanismos de defensa, sin los cuales, nos confundiríamos mentalmente. Los mecanismos de defensa nos permiten etiquetar lo que nos rodea y proporcionan tranquilidad y sosiego ante lo desconocido.  Como etiquetar y clasificar a los demás funciona prácticamente en forma automática, valdría la pena detenernos un poco para analizar las etiquetas que tienden a ponernos en una actitud defensiva o descalificativa frente a los demás. Las etiquetas son atavismos atinentes al ser humano. Para el hombre de las cavernas era imprescindible reconocer las características, intenciones y potenciales peligros que podían representar los otros hombres. Era necesario clasificar al otro en términos concretos. No hacerlo adecuadamente representaba una potencial fuente de peligro. Podía perder su grupo o su vida. Clasificar al otro es consustancial a la esencia del hombre, pues se clasifica originalmente para poder sobrevivir. Ese atavismo sigue arraigado en nuestra más profunda naturaleza. Etiquetar nos es propio porque forma parte de los elementos defensivos. Etiquetamos sin querer y, por supuesto, queriendo, porque sólo colocando una etiqueta al otro podemos sentirnos seguros.

El otro, los otros

Uno de estos mecanismos de defensa propios de la cotidianidad es el pensamiento dicotómico o absolutista.  Este tipo de pensamiento tiene la característica de que, en forma fácil, la persona puede dominar sus emociones sin complicaciones, porque no se necesita pensar para asumir la actitud dicotómica. Si vemos las cosas en negro o en blanco, sólo tenemos dos opciones, por consiguiente, todo nos parece más claro. ¡O es negro o es blanco y se acabó! En la vida cotidiana se propende a dominar el arte de engañar y manipular a las personas. Muchos líderes usan regularmente en sus expresiones frases y pensamientos de carácter dicotómico. Un ejemplo básico típico y rancio sería la frase: “Si no estás conmigo, estás contra mí”. Lo cual es absolutamente falso, porque uno puede valorar a alguien por muchas razones y a la vez hacerle las críticas que considere pertinentes. Como el pensamiento dicotómico (negro versus blanco) es de fácil manejo y elemental comprensión, lastimosamente es el que prevalece en muchas dinámicas interpersonales y es el que goza con la complacencia de un colectivo carencial y poco reflexivo. En la vida en sociedad, la actitud populista es patéticamente dicotómica.

Sobreviviendo a las opiniones

Intentar ser reflexivo y evitar este tipo de pensamiento es lo contrario a ser neutro. Es la visión más libre y admirable de todas, pues representa la posición valiente del que se atreve a pensar. Lo importante es entender que la vida (salvo contadas excepciones) no es dicotómica. Las cosas no suelen ser blanco-negro. Por ejemplo: Los modelos políticos y económicos exitosos en el planeta son modelos mixtos, en los cuales lo tangible es la combinación de estrategias que puedan ser llevadas a la práctica para el beneficio colectivo, redundando en beneficio individual. Pero entender que algo no es negro ni blanco, necesita que la persona piense, por consiguiente, que sea mínimamente inteligente, y eso es raro en la raza humana. Aunque la humanidad ha trajinado lo suficiente, lo real es que se sigue pensando la existencia como antípoda perenne. Es desafortunado que una sociedad se comporte sobre la base de que sólo pueden existir dos vías en la vida, mientras existen multiplicidad de modelos de sociedades que son exitosas, en las cuales hay paz social y prosperidad ciudadana.

En nuestra época se ha hipertrofiado la percepción colectiva de que sólo existen dos maneras de entender al mundo. Lo más grave es que dicha estrategia ha sido planificada y puesta en práctica por grupos con aparatos propagandísticos que fungen como moldeadores de mentes y conciencias para sus objetivos. Un modelo mixto es aquel con apego a la realidad, que no comulga con la polarización y asume la posibilidad de combinar diferentes estrategias y puntos de vista. Pero, insistimos, se necesita un mínimo de capacidad de pensamiento para entender que implementando lo mejor de las diferentes posturas ante el mundo, es que podemos aspirar a la perfectibilidad de nuestras sociedades. De allí que los matices y la multiplicidad de colores son la esencia de la vida. El pensamiento dicotómico nos hace lastimosamente imbéciles y aunque no vivimos actualmente en las cavernas y estamos rodeados de concreto, existen elementos de racionalidad mínima propios de lo humano, que necesariamente deben escalar sus propios espacios en la extravagante dinámica del siglo XXI. Lo contrario es permanecer condenados a ser tozudamente torpes y trágicamente menguados. La educación, o sea, la reflexión reiterada y cuestionadora, puede propender a desmontar el pensamiento dicotómico y mostrarse como una solución para minimizar las posiciones fanáticas e intolerantes. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 13 de julio de 2021.