miércoles, 17 de mayo de 2017

El que tiene la razón


La palabra “hermenéutica”, tan usada en el siglo XXI, se refiere al arte o técnica de interpretar. Para realizar una interpretación se deben considerar dos aspectos: 1. Por usar el lenguaje, básicamente ningún texto es absolutamente claro, por lo que cada lectura será, al menos en parte, interpretación. 2. Un texto puede ser siempre leído o interpretado de diversas maneras, según se privilegien sus aspectos formales y literales o su significado profundo o, incluso, si se buscan posibles mensajes ocultos en metáforas o símbolos.

Cuando trato de recordar a alguien que de manera implacable haya tenido la razón y la intentó plantear en contra de los convencionalismos de su tiempo, suelo evocar a Galileo Galilei (1564-1642). Nacido en Pisa de una familia burguesa (su padre era músico y comerciante), a los diez años se trasladó a Florencia, donde recibió su primera educación. Se inscribió en la facultad de Medicina por voluntad de sus padres, pero no se interesó por estos estudios y no obtuvo el título. Le atraía, en cambio, de manera apasionante, la matemática.

En 1592 se trasladó a la Universidad de Padua, donde residió durante dieciocho años, quizá los más intensos y felices de su vida. En 1610 hizo públicos sus extraordinarios descubrimientos obtenidos con el telescopio en su obra Nunzio siderio, que le proporcionó un reconocimiento inmediato pero que a la postre le acarreó la hostilidad de los teólogos y los astrónomos aristotélicos.

Galileo Galilei representa el clásico problema que se presenta entre la ciencia y la fe. Los profetas, para Galileo, utilizaron una lengua imaginativa para hacerse entender por sus contemporáneos. En las escrituras religiosas se encuentran muchas afirmaciones que, tomadas al pie de la letra, presentan un contenido distinto del auténtico, pero por otra parte están formuladas de esta manera para superar la ignorancia del pueblo; así para los pocos que merecen diferenciarse del pueblo ignorante, es necesario que los glosadores expongan sabiamente el auténtico significado y expliquen asimismo los motivos por los que se ha utilizado aquella forma particular para un determinado contenido.

Para Galileo, tanto la Biblia como la naturaleza son obra de Dios, pero la primera puede ser malinterpretada, mientras que la segunda es estudiada científicamente. Por lo tanto, en caso de contradicción es más razonable fiarse de lo que dice la naturaleza. De ahí que muchos pasajes de la Biblia deben ser interpretados en sentido metafórico. De esta manera, las Escrituras atenuaron sus dogmas fundamentales, llegando a atribuir a Dios condiciones distantes y contrarias a su esencia con la simple finalidad de adecuarse a la capacidad de comprensión de pueblos toscos e incultos.

Dado que dos verdades no pueden ser contradictorias entre sí, es tarea de sabios utilizar la elocuencia y la retórica para adecuar el discurso racional y hacerlo entendible a las multitudes. Este hombre representa la imposibilidad de ponerle límites al ingenio humano y a la imposibilidad de afirmar que en el mundo ya se sabe todo lo que se puede saber.

Filosofar no significaría conceder libre salida a las fantasías metafísicas o concentrarse en la correcta interpretación de un pasaje de alguna autoridad, sino investigar la naturaleza para descubrir las verdaderas leyes. Ello solo es posible adecuando la mente al específico carácter matemático y geométrico con el que el gran libro de la naturaleza fue escrito por Dios. La matemática, por lo tanto, constituye el lenguaje específico de la ciencia.

En su lucha por imponer el criterio de la verificación experimental, Galileo debió combatir no solo a los teólogos sino también a los filósofos aristotélicos. Los primeros negaban la verdad de los descubrimientos obtenidos con el telescopio porque contradecían el dictado literal de la Biblia; los segundos negaban las mismas verdades porque eran contrarias a las doctrinas científicas de Aristóteles.

En Galileo se halla representado el espíritu humano capaz de enfrentarse a los más duras y petrificadas maneras de pensar, ante lo cual, él representa la inteligencia y la dedicación al estudio, pero por encima de todo, el atreverse a superar los atavismos que confinan al hombre a la mediocridad y a la ignorancia. Ese empeño presente en su obra de que se intente adecuar el discurso para hacerlo entendible a una mayor cantidad de personas, es extrapolable a todos los campos del conocimiento humano y de la vida en sociedad. Poco vale una manera de pensar o un descubrimiento si no va de la mano con una contundente demostración. De ahí que el lenguaje de las matemáticas sigue siendo incluso en nuestro presente, el más persuasivo de todos.


Galileo fue convocado por la inquisición y obligado a abjurar. Fue retenido en confinamiento en Villa Médicis y luego en la aldea de Arcetri, donde escribió su última obra, publicada en 1638. Una vida dedicada a mostrar la verdad y asumir el precio de la misma.

Twitter: @perezlopresti

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 25 de abril de 2017

Ilustración: @odumontdibujos   


Un largo capítulo final


Con frecuencia surge una pregunta cuya contestación puede provocar irritabilidad y desesperanza en algunas personas: –“¿Cuándo va a terminar esto?”-, refiriéndose a la situación política, social y económica que vivimos los venezolanos. Atreverse a dar una respuesta directa tiene su precio, pues en muchos, escuchar lo que no desea genera antipatía y rechazo. Pocas cosas pueden tener el carácter de dolor punzante que posee la verdad.

La idea de que el tiempo tenga una estructura cíclica, en analogía con la aparición periódica de las estaciones, de los ritmos biológicos naturales y de las constelaciones en el cielo, siempre permaneció como un patrimonio común de todo el mundo griego, ya sea en el período mítico, ya sea en el filosófico. La hipótesis moderna de un tiempo rectilíneo surgió con el cristianismo, el cual prevé un tiempo único, encaminado y tendiente a un objetivo. Frente a esta concepción, la obra de F. Nietzsche (1844-1900) contrapone la idea del eterno retorno. En un mundo descreído, el filósofo punta de lanza en la contemporaneidad es precisamente este excepcional alemán que se convirtió en fuente de inspiración para muchos pensadores actuales.

Desde que el mundo es mundo los espacios de desafuero han acompañado al hombre. Ha habido períodos buenos y épocas malas en el curso de la civilización, siendo una especie de péndulo infinito que acompaña lo humano. La idea de que en la vida existe una clase de desenlace final, es un tanto novelesca y ridícula. Lo que existe es una avasallante continuidad de cosas que derivan en otras y así de manera ininterrumpida, porque en las dinámicas sociales no existe el vacío ni las cosas dejan de moverse. Cuando algo o alguien desaparecen, es sustituido inmediatamente, ya sea de manera simbólica o real. Hasta el amor suele cambiar de lugar.  Algo similar ocurre con el movimiento, pues todo el tiempo las cosas se están moviendo, incluyendo la vida colectiva.

Es en ese accionar del movimiento de las dinámicas sociales donde hace su aparición el ciudadano y la potencial posibilidad de revertir el curso de la tendencia de la vida en sociedad. De ahí que no es raro darse cuenta que acción y reacción van de la mano y en la medida que un grupo intente aplastar a otro, encontrará las formas más variadas de resistencia. La propia supervivencia es una manera de resistirse, que va llenando al individuo de malestar, rabia y resentimiento. Por eso, tratar de jugar con las emociones humanas es peligroso y arriesgado, siendo posible que ese cúmulo de emociones consiga un cauce y se haga efectivo en términos de operatividad, lo cual consiste en causar un efecto específico que puede revertir cosas.

Luego de dos décadas de confrontación entre ciudadanos, el balance es una tragedia. Se cayó en el juego de ser marionetas de vendedores de falsos sueños y atajos que condujeron al despeñadero. A veces me pregunto si en vez de haber aventurado por la confrontación, se hubiese apostado por un objetivo unificador en donde el trabajo productivo y la idea de progreso se hubiesen enarbolado como banderas para unir y no dividir. Tal vez seríamos la mejor nación del planeta.

La cruel lección venezolana va dejando montones de enseñanzas y el tiempo se encargará de poder asimilarlas y valorarlas en su precisa y justa extensión. No entendimos que llegamos a tener un país cuyas instituciones debimos proteger con todas nuestras fuerzas y nos lo dejamos arrebatar por ilusiones pueriles y formas inusitadas de rencores retorcidos. Por el momento somos ejemplo mundial de lo que no se debe hacer si se quiere preservar la paz social y el bienestar común.

Cuando una sociedad entra en una situación caótica, no es raro ver que los roles se intercambien. Los ciudadanos juegan a ser políticos y los políticos dejan de hacer su trabajo para terminar siendo una representación teatral de las ansias que les va dictando el colectivo. La ausencia de una cultura política y una educación ciudadana nos llevaron hasta este punto en donde pareciera que no existen mejores escenarios.

Una cosa queda clara: Haber llegado a construir una democracia, que con los defectos propios de cualquier sistema de gobierno fue admirada por nuestros vecinos, permitió la paz social por varias décadas. No es casual que Venezuela les dio refugio a tantos inmigrantes y perseguidos políticos de los más variados confines.


La disparatada idea de que a trompicones se puede llegar a cambiar un país para bien es un desatino que estamos sufragando caro. Quien no cuidó lo que tuvo, tendrá que pagar el precio de haberse arriesgado a transitar por atajos malsanos. Construir es muy difícil y lleva años. Por el contrario, destruir es sencillo y no requiere de tanto esfuerzo. Tal vez lo más duro de la situación actual es que dejamos de hacer nuestras tareas como miembros del país para dedicarnos a salvarnos, ocupando los más enrevesados roles, que en otras circunstancias no debieron correspondernos.


Twitter: @perezlopresti


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 18 de abril de 2017

Ilustración: @odumontdibujos   


La deuda de los marxistas


El marxismo es en su raíz una concepción de la sociedad de carácter internacional y global, siendo una curiosidad que algunas formas de pensamiento de carácter nacionalista lo invoquen abiertamente. El comunismo se basa en sus orígenes, su doctrina y su concepción, en la idea de que el nacionalismo es una reliquia del pasado y que los auténticos intereses en conflicto eran supranacionales y extranacionales.

Cualquier tipo de nacionalismo constituye para el marxismo un regreso al pasado feudal y burgués, siendo esta era la posición original: La revolución mundial no tenía patria y no tenía fronteras, pero desde Lenin en adelante, esta visión se modifica y cambia de manera contraria, afilándose con Stalin, quien es absolutamente antimarxista en su concepción de la revolución. Una especie de herejía, dado que la idea original era que el socialismo iba a ser mundial o no iba a ser.

Stalin proclamó el marxismo como fundamento de su acción política y creó una exaltación nacionalista que terminó atomizándose (Yugoslavia, Checoslovaquia, Polonia, Rumania) lo cual, a pesar de los cambios que sigue dando el mundo, cada vez que la idea aparece, el nacionalismo va de la mano, exaltando el chovinismo y la xenofobia.

Con el derrumbamiento del muro de Berlín y el desmembramiento de la Unión Soviética, era propio pensar que el sentido común iba a hacer su aparición en los llamados “intelectuales de izquierda”. Es cierto que un buen número de ellos quedó curado para siempre, pero la sorpresa estriba en que muchos siguieron apostando por un modelo teórico que en la práctica es un fracaso, una cruel utopía más. De ahí viene mi crítica hacia muchas de las personas que ejercen el rol de ciudadanos con una formación intelectual, los cuales  son fuentes de orientación hacia cuáles deben ser los destinos a los que se embarca la humanidad.

Parte de la tendencia por tratar de resucitar los fracasados postulados marxistas tiene a mí entender varias explicaciones. Por una parte, en muchos de quienes cultivaron el ideario marxista como fin de vida, quedó el resentimiento de no haber podido llegar a materializar la utopía. Eso indujo a que se plegasen a formas de pensamiento que se consideran afines al socialismo, pero en la práctica conducen a la miseria y al atraso.

Otro aspecto es propio del pensamiento marxista en sí. Sin tener fundamentación científica alguna, termina siendo un dogma de fe. Eso conduce a que los seguidores del marxismo consideren que al sentirse vulneradas las premisas que preconizan, el mundo de cada uno se sienta amenazado. Al volverse un sistema de ideas que dificulta la posibilidad de ser refutado, se terminó petrificando en la mentalidad de sus intérpretes, lo cual los conduce a tratar de defenderlo como procedimiento de ejecución de falaces creencias, desvinculándolo con la realidad. La idea suena bonita pero la realidad es monstruosa y esa disociación es muy difícil de asumir para muchos hombres de la denominada “izquierda”.

El otro aspecto relacionado con ese pensamiento cuya raíz es el marxismo, es la idea de “revolución”. A lo largo de la historia, las revoluciones radicales se han hecho con el aquietamiento colectivo de una dictadura implacable y con un paredón de fusilamiento marchando, de modo que un hombre de mentalidad libre y crítica (que es la esencia de cualquier intelectual), comete un error de diagnóstico y de interpretación al pensar que se puede cambiar el Estado, la sociedad y la economía, en términos progresistas, al realizar una “revolución”. Entre otras muchas razones, porque tarde o temprano, cualquier revolución va a terminar cercenando la libertad del hombre de ideas.

Una muy larga lista de hombres de pensamiento está en deuda con una Latinoamérica que ha sufrido de manera muy cruel los experimentos sociales a los cuales ha sido sometida. Esa deuda no la veo materializada en un pensamiento de avanzada. Muy por el contrario, se apela incluso a maneras de cambiar la sociedad con fundamentos arcaicos, incluso presocialistas.

Lejos de estar preconizando ideas estrafalarias en el siglo XXI, que confunden a las personas y les hacen crear una visión trastocada de la existencia, los hombres de pensamiento deberían tener una función social más pedagógica y en vez de perturbar de tantas maneras el imaginario colectivo, recordar las reflexiones de Simón Rodríguez, quien al regresar de Europa dice: “No se puede hacer república sin pueblo”. Las constituciones podrán decir todo lo que quieran y se pueden hacer las leyes más extraordinarias, pero eso no funcionará nunca porque hay que comenzar por hacer un pueblo. ¿A qué llama Simón Rodríguez “hacer un pueblo”? Educar a la gente. Enseñarles a vivir en república, cumplir deberes y ejercer derechos, enseñarles a trabajar de manera digna a través del aprendizaje de oficios calificados y bien remunerados para que no se vendan, tengan independencia como ciudadanos y no sean esclavos de nadie.

Twitter: @perezlopresti


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 11 de abril de 2017

Ilustración: @odumontdibujos   




Ideología venezolana


Muchos jóvenes generadores de opinión pública, políticos, y académicos venezolanos han construido sus formatos ideológicos durante las últimas dos décadas. Veinte años representa un tiempo medianamente suficiente para establecer un balance en relación a las cosas positivas y negativas que han ocurrido en nuestra nación.

En primer lugar, cuando aparece un líder con cualidades carismáticas inusuales, es casi imposible que la sociedad no cambie. Pero en ese cambio, existen cosas que no podemos dejar de percibir como buenas y otras que han adquirido el carácter de una calamidad y para establecer un balance, se cuenta con los resultados implacables que no dejan atisbo para la duda: La realidad que vivimos.

Dado que la realidad actual de Venezuela es una consecuencia de las cosas que se hicieron en el pasado y se siguen haciendo, sería prudente recordar cuáles pueden ser las potenciales ineficiencias corregibles en nuestro país. A fin de cuentas, una cosa son las ideas y otra muy diferente la realidad.

Desde antes y durante dos décadas, la economía venezolana se ha hecho más dependiente de la renta petrolera.  Eso hace que nuestra economía haya sido y se siga haciendo más vulnerable en relación con los distintos cambios de la geopolítica mundial. Sin petróleo no hubiésemos podido cimentar las bases de la nación que tenemos, pero seguir apostando por el petróleo como el principal elemento sobre el cual reposa la economía nacional es un disparate ante el que no se reacciona. El ser dependientes de la renta petrolera habla de un fracaso de carácter intelectual en la manera como hemos manejado nuestros recursos naturales, lo cual sumado a las demás materias primas, redunda en uno de los despilfarros más sombríos de la historia de las naciones. Mientras sigamos atados de manos, esperando que suban los precios del crudo, nos seguiremos hundiendo.

En Venezuela se ha ensayado un modelo de carácter estatista en donde la economía se petrificó en un radical capitalismo de Estado. Eso ha espantado la inversión interna, pero lo más grave, la inversión de capitales foráneos. Sin inversión extranjera, en un mundo cada vez más globalizado, en donde las alianzas entre las naciones se van modificando a pasos agigantados, cualquier país que apueste por formas de “desarrollo endógeno”, “desarrollo sustentable” y otras falacias nominales, está condenado al desastre económico. Cualquier nación del planeta con un mínimo grado de desarrollo, apuesta por modelos mixtos en donde existen empresas del Estado, empresas de capital privado que deben ser respetadas y estimuladas en su funcionamiento y formas de producción de capital mixto, en donde lo público y lo privado van de la mano.

Estas dos premisas, llevan a una tercera y es la de haber tratado de implementar un modelo político disociado de una clara visión económica y aquí han fallado la mayoría de los sectores generadores de acuerdo. Independientemente del nombre que se le pretenda poner, lo económico tiene pautas puntuales sin cuya aplicación el país está condenado a la anomia y al caos. Política y economía van tan de la mano que es frecuente ver países autodenominados socialistas, en donde el capital privado está de primero y países autodenominados capitalistas, en donde priva el poder económico del aparato del Estado. Ese es el problema de cuando se apela al pensamiento dicotómico, como si las cosas de la vida fueran en blanco o en negro.

Un asunto sobre el cual se puede hacer un balance es acerca de la transgresión de lo legal. Las leyes suelen ser producto de la tradición o pueden ser las reglas de juego a las cuales se debe ceñir una sociedad. Si se transgrede la norma por parte de la figura de poder, todo el entramado social se desvanece. Una cosa lleva a la otra. El alarmante auge de la delincuencia no sólo tiene que ver con la actual crisis económica sino con una clara ligereza de lo legal, que permite la impunidad de quien delinque. El delincuente no solo recibe castigo por la falta cometida, sino que en el espíritu de las leyes, cuando una persona es condenada a prisión, la sociedad está siendo protegida de los potenciales daños que el “disocial” puede seguir perpetrando.

El otro aspecto es una deriva de los enunciados anteriores. En una sociedad cuya economía apuesta por el “rentismo” y se promueve la dádiva clientelista, es muy complicado establecer una relación sana con la idea del trabajo productivo. Más complicada aún si existe una laxitud legal que induce la impunidad de lo delincuencial. El concepto de trabajo individual como forma generadora de bienestar colectivo no ha sido estimulado adecuadamente en el país; sin cuya mejora, la nación sigue penada a seguirse complicando.


Es predecible, que ante este balance, lo que se ha planteado gran parte de nuestra juventud sea escapar cuanto antes del país. El compromiso de rescatar la nación queda en manos de quienes se queden, independientemente de su tinte político.

Twitter: @perezlopresti

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 04 de abril de 2017

Ilustración: @odumontdibujos  

A cien el pasaje


Una amiga me llama de manera atropellada para despedirse. Dice que compró un pasaje por cien dólares y se va a Ecuador en autobús. -“Adiós para siempre”- me expresa de manera templada. Le doy mis bendiciones y cuelgo el teléfono.

Mientras pienso en esa tendencia tan andina de andar bendiciendo a las personas, recuerdo una entrevista que le hizo el médico Howard C. Cutler al Dalai Lama, la cual fue publicada hace un par de décadas con el sugestivo título de “El arte de la felicidad”. El libro logra, a través de la perspectiva de la psiquiatría occidental, transmitir las ideas del líder espiritual tibetano. El Dalai Lama revisó el manuscrito final para evitar las potenciales distorsiones que implica tratar de ensamblar dos visiones diferentes de las cosas. 

Para el líder de origen oriental, a medida que la sociedad occidental adquirió capacidad para limitar el sufrimiento causado por las duras condiciones de vida, parece que perdió la capacidad para afrontarlo. La mayoría de la sociedad occidental moderna tiende a pasar por la vida convencida de que el mundo es básicamente un lugar agradable, que en general impera la justicia y que las buenas personas merecen cosas buenas. Esta forma de ver el mundo ayuda a llevar una vida más sana, pero la aparición inevitable del sufrimiento mina esas creencias y provoca graves crisis personales y colectivas.

Con el progresivo crecimiento de las tecnologías, la sociedad occidental ha mejorado el nivel general de bienestar, y esto ha aparejado un cambio en la percepción del mundo: A medida que el sufrimiento se hace menos posible, deja de verse como connatural a los seres humanos, se lo considera una anomalía, una señal de que algo ha salido terriblemente mal. “Fracaso” es el término que se suele acuñar y no la palabra “resultado”.

Para el pensador oriental, esta manera de asumir la realidad conlleva muchos peligros. Si pensamos en el sufrimiento como algo antinatural, algo que no debemos experimentar, se asume un papel de “víctima”, lo cual es una idea recurrente en el pensamiento del hombre de occidente. El riesgo de asignar culpas y mantener una postura de víctima es precisamente la perpetuación de nuestro sufrimiento, con sentimientos persistentes de cólera, frustración y resentimiento.

Naturalmente, el deseo de librarse del sufrimiento es un objetivo legítimo de todo ser humano: Es el corolario de nuestro deseo de ser felices. Sin embargo, mientras veamos el sufrimiento como un estado antinatural, como una condición anormal que tenemos y rechazamos, nunca lograremos desarraigar sus causas y llevar una vida mejor.

Es un deber ético el respetar las decisiones de las demás personas. Cada día, en Venezuela, se marchan muchos de sus habitantes. Una estampida que va dejando familias fracturadas y a las personas alejadas de sus orígenes, viéndose forzadas a enfrentar realidades ajenas. Una verdadera desgracia para muchos, si tenemos en cuenta que la situación por la que atraviesa la nación pudo ser evitada. Mucho peor si pensamos que no se hace lo necesario para que la situación del país mejore.

Esa tendencia a huir de los graves problemas que afrontamos es una respuesta natural frente a una situación que sentimos imposible de enfrentar. Mucho más si ha sido propio de nuestra idiosincrasia el sentir que lo solidario y la amabilidad es propia de todos los ciudadanos del mundo. Para muchos, lamentablemente es el despertar de un pronunciado letargo que nos ha hecho caer en cuenta que tuvimos un país en donde la vida paradisíaca y el confort eran parte inevitable de la vida.

Esta visión de la existencia, fue en nuestro caso hermoseada con dos elementos que marcaron una vena propia del hecho de ser venezolano. El primero es el haber vivido durante tantos años bajo la falaz idea de que se podía mantener a toda una sociedad a costa de la renta petrolera. Este hecho creó una vinculación malsana con los recursos naturales y enredó la relación del venezolano con el trabajo. Lo segundo deriva de lo anterior. Para tantos connacionales, está en el disco duro de las creencias, la idea de que las cosas son o deben ser “gratis”. En realidad absolutamente nada es gratis. Alguien está pagando y las consecuencias de estos dos enunciados de alguna manera son una deriva que condiciona lo que estamos atravesando.


Siento mucho pesar por tantas personas queridas que cada día salen de nuestras fronteras, en ocasiones sin tener claro cuál es el rumbo a tomar. Me aflige la manera en que el sufrimiento se coló en nuestras vidas, sin haber sabido manejarlo antes de que hiciera su aparición, porque vivíamos una realidad que inexorablemente nos conducía al despeñadero y no lo evitamos. Pero lo que más me genera compasión es que como occidentales tuvimos mayores flaquezas que otras sociedades y aquellas cosas que creíamos que eran nuestras riquezas, terminaron por disolverse, como un castillo de arena a la orilla de la playa, cuando cada tarde sube la marea.

Twitter: @perezlopresti


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de marzo de 2017

Ilustración: @odumontdibujos 


El peligro de las ideas


En su obra La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper, uno de los más importantes epistemólogos que ha existido, plantea la idea de que Platón (427-347 a.C.) fue el precursor de los totalitarismos del siglo XX. En lo particular tengo afinidad por esta premisa.

En la antigua Grecia va a aparecer un hombre, el cual conocemos como Sócrates, que se presentaba como una persona extraña y humorística, carente de estudios, a quienes algunos lo tenían por bufón, otros por subversivo y deambulaba por Atenas, sin mostrarse como alguien importante. Se dedicaba a hacer preguntas a los ciudadanos de la polis acerca de temas como la verdad, la belleza o la justicia. Cuando las personas le daban una respuesta, Sócrates seguía preguntando, hasta dejar claro que la gente no sabía la verdadera contestación de las preguntas que les formulaba.

Todo esto lleva a un proceso desencadenado por razones políticas, siendo finalmente Sócrates condenado a suicidarse mediante envenenamiento en el año 399 antes de Cristo. Platón (el de anchos hombros) es el pseudónimo con el cual se conoce a Aristocles, quien siendo discípulo de Sócrates se afectó profundamente por el proceso contra su maestro y puso todo su empeño en tratar de establecer un ideal de justicia y respeto por la verdad, fundando su célebre Academia en el año 388 antes de Cristo, la cual se puede considerar la primera universidad de Europa. Un proyecto que les permitió a los hombres de ideas no ser perseguidos ni condenados por su manera de pensar.

Platón nació en el seno de una familia aristocrática y llegó a combatir como soldado en la Guerra del Peloponeso  entre Atenas y Esparta, haciendo vida social e interesándose en los asuntos de la convivencia humana. Todo esto no solo marca la filosofía sino que es el germen del cual parte todo el pensamiento occidental. La filosofía nace con un propósito político desde sus inicios siendo Platón un hombre con conciencia y exigencia política, lo cual lleva al surgimiento de las enemistades propias de ser un ciudadano público.

En esos tiempos, los sofistas eran viajeros que deambulaban entre las ciudades que mejor podían acogerlos y remunerarlos. Estas enemistades se materializan en el enfrentamiento entre Platón y los sofistas, a quienes va a antagonizar de manera formidable. En ese enfrentamiento, Platón defiende la justicia, pero simultáneamente defiende a la ciudad tradicional, xenófoba, intolerante y anti-igualitaria frente a sus enemigos tangibles. En sus diálogos tardíos o de vejez, reformula su filosofía y admite que: “No se podía pretender que los gobernantes fuesen lúcidos y desinteresados”. En el último de sus diálogos, titulado Las leyes, confió a la organización legal lo que ya no podía esperar de la sabiduría de los individuos, adquiriendo su pensamiento una vocación ordenancista, autoritaria y rígida.

Es un lugar común decir que todas las obras filosóficas que se han escrito son simplemente notas a pie de página de los diálogos de Platón. Por una parte es cierto que los griegos no conocían el concepto de nación ni el concepto de Estado, sin embargo, la organización de la polis es un concepto de carácter político-filosófico que prevalece en occidente hasta nuestros días. Por otro lado, en el ideario griego existe la necesidad de luchar permanentemente contra todo lo que impida el desarrollo libre del pensamiento, y esa lucha hizo que los principales enemigos tanto de Sócrates como su discípulo Platón fuesen los sofistas, quienes sintetizaban la búsqueda del saber a una técnica, lo cual pudiésemos llamar “ideología”. Las ideologías y los ideólogos, pertenezcan o no a la academia, representan un atentado contra la libertad de pensamiento, debido a que esa manera de pensar es fosilizada y renuente a ser cuestionada. Quien esgrime una ideología ya consiguió su verdad y deja de buscarle el sentido a las cosas.

Dicho en otras palabras, para Platón, padre de la filosofía, y creador de la teoría de las ideas, los principales enemigos de la Academia eran los ideólogos, que tenían pensamientos programados y se les combatía desde lo político. Esta doble manera de equilibrar la visión del mundo, en la cual se conjugan lo ideológico con la vida colectiva, es la base que sustenta el pensamiento y la obra de Platón, creando por una parte una vocación de protección al pensamiento libre y por otra, y de manera simultánea, una dureza en la manera de confrontar aquello que ponga en riesgo el espíritu de la Academia, el espíritu de la filosofía y por consiguiente el pensamiento occidental.

De ahí que no tiene nada de insólito percibir, como lo llegó a hacer Karl Popper, cierto carácter autoritario en los diálogos de Platón, particularmente en aquellos que conocemos como diálogos medios o de madurez. Junto con Jesucristo, son las dos más influyentes personas de la civilización occidental, hallándose presente en ambos la ambigüedad, tanto en sus vidas, como en sus enseñanzas. 





Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 21 de marzo de 2017. 

Ilustración: @odumontdibujos 

viernes, 14 de abril de 2017

Pico Pan de Azúcar

En la cumbre del Pico Pan de Azúcar. 4680 msnm
13 de abril de 2017


El empinado ascenso al Pico Pan de Azúcar


En la cumbre del Pico Pan de Azúcar. 4680 m.s.n.m.


Se aprecian los picos Gemelo de Pan de Azúcar y Pan de Sal 


Las hermosas lagunas detrás del pico Pan de Azúcar


El extraordinario descenso por el arenal


En el campamento base en Barro Negro

El 12 de abril llegamos hasta Barro Negro y montamos el campamento base. El ascenso al Pico Pan de Azúcar se hizo en la mañana del 13 de abril y ese mismo día regresamos a la ciudad de Mérida. 

En la madrugada del 13 de abril, una manada de perros salvajes atacó a un caballo, el cual sobrevivió. Este hecho se le notificó al guadaparque de turno el día 13 de abril en la tarde.