domingo, 26 de diciembre de 2021

El sombrero de copa

 


¿Quién podía pensar que iba a haber una inquisición parte 2 en el siglo XXI? Como si se tratase de una mala broma, el ojo inquisitorial no deja espacio para las mentes más ágiles y antes de que se pueda expresar la libertad a sus anchas, aparece la lupa que pretende mutilar y si es posible hacer desaparecer aquello que incomoda a múltiples intereses atomizados que en nombre de pequeños grupos se apoderan de los espacios de las grandes mayorías. En eso se va gran parte de la energía de quienes se han trazado como meta cambiar la sociedad e imponer una supramoral que parece salida de una chistera.

Censura, autocensura y otros 

Junto con Daniel Márquez Bretto, Jesús Alberto López y Roger Vilain Lanz, en la década de los noventa del siglo pasado, editábamos semanalmente y encartado en un diario de circulación regional, un suplemento literario que se llamó El sombrero de copa. Era una publicación literaria que no tenía objetivo distinto que ostentar de carecer de línea editorial y publicar absolutamente lo que se nos ocurriese, en la Mérida gloriosa de sus mejores tiempos en donde la Universidad de Los Andes hacía alardes de grandeza. Los cuatro editores salimos egresados de esa universidad y los miércoles teníamos la reunión de costumbre en El palomar, donde leíamos los trabajos, escogíamos las fotos y nos poníamos de acuerdo solo en el orden en el cual iban a aparecer los textos. Nunca se le dio una respuesta negativa a la enorme cantidad de personas que nos hacían llegar sus trabajos, por lo que El sombrero de copa bien se ganó el puesto de ser la publicación más libertaria de cuantas han existido en mi país de origen. De ese tamaño fue la importancia de ese semanario que será sin dudas objeto de estudio para quienes se interesen en saber qué tan libres éramos en esa sociedad y en ese tiempo. Arepas con queso rallado hechas por Anita Rodríguez, acompañadas de cervezas heladas eran el epílogo nocturno de cada miércoles: Un brindis semanal por la vida. 

Los maravillosos ochenta y noventa

Luego de la dictadura férrea de Marcos Pérez Jiménez, se instauró en Venezuela un bipartidismo que permitió que las personas de los estratos más disímiles de la sociedad pudiésemos acceder a la educación universitaria pública y de calidad en forma masiva. Ese bipartidismo se comprometió con la educación a tal punto que muchos venezolanos pudieron formarse en las universidades más prestigiosas del planeta y luego incorporarse a la planta profesoral de casas de estudio como la de Los Andes y otras célebres universidades nacionales. En algunas de las cátedras en las cuales me formé en la Universidad de Los Andes, la totalidad de los profesores habían realizado estudios de especialidad, maestría o doctorado en el exterior. Eso nos permitió literalmente ser cosmopolitas de formación y atesorar una riqueza y bagaje intelectual que con dificultad se ha dado en algunos centros urbanos del mundo. En los ochenta y noventa, Mérida fue una incomparable ciudad universitaria, de gran amabilidad para vivir, en donde el respeto al otro y la vida sana y bucólica propia de las montañas andinas era lo que prevalecía. Ese tiempo y esos espacios eran una invitación para estudiar, pensar, crear, disfrutar la vida, socializar y amar a plenitud, sin sobresaltos ni contratiempos. De ese espectacular lugar vengo porque ahí nací, crecí y me formé como ciudadano. A ese mismo sitio volví luego de una gran y larga vuelta, para incorporarme como profesor universitario hasta mi partida a tierras lejanas en un peregrinar que además de aventura, ha sido un exilio voluntarioso.

Sin perder el foco

Veo dificultoso vivir de manera distante a lo pasional. Lo adusto me complica porque me cuesta atrapar su esencia. Me parece que lo civilizatorio necesariamente tiene que ver con el acto de pensar y dejar volar las ideas. Asunto cada vez más temerario, como si se tratase de franquear un gigantesco campo minado. Un amigo me llama preocupado porque solo sabe de mi existencia por esta columna de prensa. Mi amigo es una gran persona. Le cuento que estoy bien, leyendo, estudiando, escribiendo y con el foco fijo hacia adelante, sin tiempo para pensar en asuntos que me desvíen de mis objetivos puntuales en esta etapa de mi vida. Rechacé una oferta editorial y varias entrevistas de prensa porque me distraen de conquistas más terrenales y logros concretos. Si el foco está adelante, no se puede retroceder. En ocasiones echamos una miradita para atrás, para no olvidar de dónde venimos y tener presente que éramos capaces de sacar más que conejos de un sombrero de copa, lo cual siempre es reconfortante. En la actualidad me dedico nuevamente a coleccionar instantes excepcionales y momentos extraordinarios en una cadena que solo puede ser sublime por lo que se logra con cada avance. Todavía no logro tener mi propia ermita, pero todo parece apuntar a que ese es mi camino. Sí, tal vez sea cierto que se puede ser nihilista y feliz.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 28 de diciembre de 2021.

La muy recurrente originalidad

Un viejo amigo hizo lo humanamente posible para que sus más cercanos nos alejásemos corriendo de él. Abrazó la idea de que solo se podía vivir en tiranía. Al principio pensamos que solo eran los desvaríos de un loco. Luego, cuando asumió un cargo de poder y se volvió el perseguidor y vengador más representativo de su generación, entendimos que sus buenas maneras solo encubrían a un enfermo capaz de hacerle daño a quien se le acercase. Hoy lo veo y creo que ganó cada batalla que se ha planteado hasta el presente. Éramos tan ingenuos en ese tiempo que cuando miro el pasado, me conmuevo de mí mismo y de los hermanos que la vida me ha regalado a través de la amistad. ¿Cómo pudimos subestimar la crueldad de alguien por quien sentíamos afecto? Solo son páginas que van pasando en este libro en blanco que escribimos cada día que nos despertamos. Por lo pronto, sigo siendo sobreviviente a un montón de naufragios que los he vivido acompañado. No me quejo: Tal vez me ha rendido la vida, tal vez sea posible vivir más de una vida a contra reloj.

El arte como salvación

Creo que la única salida es abrazar el arte en la totalidad de sus manifestaciones, incluso en aquellos que hacen cosas propias de lo cotidiano y lo elevan a un nivel que solo puede ser considerado como artístico. La premisa de que podemos ser salvados por el arte no es solo un amuleto contra la muerte y el aburrimiento, es también una forma de conducirse y de entender la existencia, que, si se sabe sobrellevar, nos puede abrir caminos en donde menos lo esperamos. La mediocridad es tan propia de lo humano que es necesario crearnos necesarias y muy tangibles burbujas que nos protejan de lo agrio y contravenido de la existencia. Del papel del arte en nuestras vidas ocupo mi tiempo mientras cavilo, converso y descubro almas que están dispuestas a compartir los espacios propios de la cordialidad y el buen vivir. El arte como tabla salvavidas para que no terminemos aplastados por el peso de las batallas perdidas. De eso va el asunto de valorar la dimensión que nos ofrece el arte: De hacer malabares con lo que tenemos a mano y ganarle espacios a los terrenos que nos han arrebatado. ¿Acaso el desarraigo no es también una manera de concebir la existencia? En terminales y hospitales he invertido mucho tiempo. Sobran las enseñanzas de esos lugares.

Hombre de buen tono, creo, creo, creo

Mi amigo, el loco, decía que yo era un hombre de buen tono. Creo que es cierto. Tratando de mantenerme consecuente con los valores en los que creo, he podido conservar la compostura y saber sacarle a la vida la savia que nos puede regalar. Cuando niño, solía adentrarme en los cañamelares y morder los tallos hasta dejarlos completamente secos. Ese sabor a infancia y correrías me acompaña mientras respiro, al levantarme y al dormir. Ese sabor dulce es parte de la esencia de lo que soy y espero seguir siendo hasta el último suspiro. Del anecdotario de batallas contra la noche y los esfuerzos por salir adelante he podido construir castillos de palabras. Cuentos, narraciones, ficciones, pequeños extractos de vida que palpitan en el papel, acompañados de buena música y mejores compañías. En eso he invertido gran parte de mi tiempo en este universo que a veces se antoja ser de difícil comprensión. Esa tendencia a sacar el extracto al sabor de la vida es una pasión que una y muchas veces se vuelve antojadizamente circular y nos lleva a verdaderas extensiones de placidez. En eso, mi antiguo amigo, que de loco pasó a malo, nos dejó muchas enseñanzas. Por eso le doy mucha importancia al valor de las metáforas y lo saludable de las paradojas. Cuando las paradojas y las metáforas se unen, se construyen metáforas paradójicas, auténticos milagros lingüísticos. Lo pragmático es sustituido por recrear aquello que con solo pronunciarlo se eleva.

Ideas que no dan para más

Imposibilitados de dar mayor dosis de originalidad a la existencia, se tienen que repetir patrones, calcar posiciones y remedar ideas. De eso van las cosas en este mundo que se jacta de ser original, cuando siguen existiendo las pestes, la maldad asecha en las esquinas, abundan los tiranos y los reyezuelos se jactan del poder que poseen en pleno siglo XXI. ¿De qué nos podemos aferrar para no ser presa de la desesperanza? Darle forma a la existencia es un deber de quien se quiere conducir con soltura. A un montón de gente se la ha ido la vida intentando que sus prédicas puedan ser de utilidad a otras personas. Creo que algunos sabemos que las cosas nos llevan a callejones sin salida y hay algunos trucos para resistir ante las circunstancias. Eso de amasar ideas en realidad es una manera de castrar mentalmente a las personas. Liberarnos de tanto refranero vulgar y no caer en el hueco de las ideologías es un asunto que se puede llevar de varias maneras. En mi caso, me acobijo con lo artístico. Es mi rincón y paradójicamente mi universo infinito que una y otra vez me libera.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 22 de diciembre de 2021.

lunes, 13 de diciembre de 2021

Por un bistec

 


Recuerdo los tiempos en que devoraba los libros de Jack London. Tom King es el protagonista de un cuento sobre un boxeador ya entrado en años, que tiene que pelear por necesidad y literalmente por falta de comida se las ve negras en un combate. De estilo límpido, directo, gráfico y siempre generando emociones, Jack London es de esos escritores que transmiten goce cundo uno se acerca a su obra, independientemente de las dificultades y penas por las que pasan los protagonistas de sus historias. Por un bistec es un cuento perfecto, como un reloj suizo en el cual no sobra ni falta nada, un texto con las medidas exactas.

Los caminos recurrentes

Tal vez la dureza de la vida, o la capacidad para enfrentar la dureza de la existencia sea mejor expresada cuando se hace a través del arte. De alguna manera, la dimensión artística llega a encumbrar a tal punto lo que creemos que es vulgar que termina por convertirse en algo distinguido. El rugido de las tripas, como consecuencia del hambre, puede llegar a tener un nivel poco menos que lírico si se usan las palabras adecuadas, por lo que una cosa es escribir, otra es escribir bien y otra muy distinta escribir de manera magnífica, asunto peliagudo que muy pocos logran y requiere genio, disciplina, esfuerzo y, sobre todo, mucha convicción en lo que se hace. Sin esa convicción, que nada tiene que ver con los lectores y la aceptación de la obra, la literatura como gran arte no existiría. Esa convicción de estar transitando por buen camino es fundamental para atreverse a irrumpir en el mundo con una propuesta estética que puede generar rechazo, admiración o no generar nada, que es lo peor que puede pasar. La falta de resonancia, mantenida indefinidamente en el tiempo es el destino menos deseable de una creación.  

¿Sirve leer?

Tal vez leer no sirva para nada. O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Probablemente tampoco sirve de nada escribir, O lo que es lo mismo, sirve para lo que la persona que lee diga (o crea) que sirve. Esa búsqueda del utilitarismo de lo escrito no es relevante ni para el lector ni para el escritor. El lector puede que lea porque no puede parar de hacerlo y el escritor porque tampoco puede evitarlo. Esa combinación en donde el utilitarismo del texto queda relegado y gana el goce de la lectura o el placer o displacer de la escritura es la esencia del arte literario. Después viene la sesuda y necesaria crítica que encumbra o aplasta la obra, pero solo son gajes del oficio del cual particularmente el escritor debe abstraerse. Son muchos los grandes escritores, denostados en sus comienzos, de los cual después se hace apología a la excelencia y el buen gusto. Esas cosas pasan y son atinentes a la vocación de escribir.

Las modas literarias

Puede caer en desgracia quien por omisión, desengaño o ignorancia deja de leer lo que le place porque no está a la moda. En lo particular, prefiero los clásicos y uno que otro recién salido del horno. Estoy alejado de los concursos y premios literarios, sintiéndome conforme con mis favoritismos y valoraciones literarias. A los clásicos tiendo a regresar, porque desarrollaron el camino a transitar de los que han venido después, siempre deslumbrante e innovador. A los clásicos también les rindo culto por un asunto que tiene que ver con la certeza. De alguna manera, los grandes temas propios de lo humano han sido trabajados laboriosamente por geniales maestros de la pluma y es muy difícil romper con ellos. La perfección de un arte deja en orfandad a quien se aleja de aquellas hermosas letras que ha tenido el privilegio de conocer y seguir recreándose en ellas una y otra vez. Acercarse a una gran obra, permite una elaboración diferente en cada aproximación. Lectores e interpretaciones de los mismos libros van mutando conforme pasa el tiempo.

Libros viejos, libros nuevos

La idea de embarcarse en un proyecto que termine por la materialización de un libro es enceguecedora. Hay que bajarle la intensidad emocional que normalmente genera con la disciplina propia del laborioso artesano y las ideas sopesadas, de manera que no se desborden y contaminen la capacidad de terminar con una obra que sea buena. El oficio de escritor no solo tiene en sí el hecho de que la soledad es propia del asunto, sino que se debe tener bien tejida la armadura de la trama, de lo contrario el desorden podía apoderarse de aquello que queremos presentar y con lo cual solemos establecer un vínculo con quien, por azar o gusto, se interesa en la obra. El libro escrito y en papel, sigue siendo insustituible, entre otras razones, por características que hacen del libro escrito y publicado en papel una realidad tangible y no ahogada los laberintos de la infinita virtualidad. En ocasiones el apremio por el futuro puede llevar a hundimientos seguros. Una apuesta a lo tradicional nos hace mantener el buen tono, cuando no el gusto simple y llano por lo que durante tantos siglos ha sido exitoso. 


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 14 de diciembre de 2021.

domingo, 5 de diciembre de 2021

El camino de la risa

 


De las cosas propias de ir con buen pie y mejor tono por los enrevesados caminos de la vida, no puede estar ausente el sentido del humor. Es un talismán que nos protege contra lo mustio y da sensación de alegría. La vida sin risa no merece la pena ser transitada. Sin risa, la vida es como una realidad sin amaneceres ni atardeceres. También la risa es parte de lo vacuo de la existencia y puede surgir como necesidad de abrasar lo superficial. Con la risa también podemos hundirnos en los pantanos de las carcajadas. Una defensa imprescindible y una condena que nos marca. Una manera de percibir las cosas que, viéndolo con atención, puede generar mayor bien que mal. ¿Cómo dejar de reír, incluso en las peores circunstancias?

Los laberintos por transitar

Moria es una risa insulsa. Cuando Erasmo de Rotterdam publica el Elogio de la locura, se lo dedica a su amigo Tomás Moro (quien después fue santificado) y el título original es en realidad un juego de palabras que no tiene que ver con la locura sino con el apellido “Moro”. La traducción más fidedigna sería: Elogio de la insulsez. El libro es una magistral pieza de inteligencia y sapiencia que no deja fuera el sentido del humor. De ahí que muchos lo tenemos por un libro de culto, de imprescindible lectura. En ese texto, Erasmo toca asuntos cardinales para el entendimiento de la esencia de lo humano y otras cuestiones que acompañan los laberintos del arte de vivir. Cesare Pavese escribe un libro que se terminó titulando El oficio de vivir. Literalmente la última página del libro es su suicidio plasmado. De Tomás Moro a Cesare Pavese hay un lago trecho y una diferencia abismal. Ambos tratan de asuntos propios de la existencia, solo que en el primero la risa está presente, en el segundo, la seriedad de la obra es lo que más destaca.

Risas anteriores que crean espacios

Don quijote de La Mancha aparece en 1605. Era propio de la época que, si había alguien leyendo y riendo a la vez, la gente podía decir: “Debe ser que está leyendo al quijote”: Las claves con las que lo descifran los ciudadanos de su tiempo eran las de un libro lleno de situaciones ridículas y cómicas en donde la risa no podía estar ausente. Más de cinco siglos después, se transforma en texto sesudo y referente fundamental de asuntos como el amor, la realidad o la identidad. Sin embargo, sigue siendo un libro que nos hace reír. Sin la risa propia de la caricaturización de lo humano, el quijote no sería el libro que es. La risa es la esencia de la obra, cuando no una constante compasión burlesca de lo más profundo de lo humano.

Dientes de perlas

Sin dudas que para enamorarse de manera idealizada solo puede bastar una sonrisa. Esa sonrisa, que puede ser risa, no solo es el elemento propio de la socialización de los primates que somos, sino que es una pieza clave para poder vincularse con el otro. Sin risa es posible que no exista comunicación armónica, sino simples elementos que unifican o separan a las personas. La risa, por el contrario, es un espacio para generar complicidad. Somos cómplices de aquel a quien le provocamos la risa y también somos cómplices de quien nos hace reír. Más o menos en eso vamos, cuando no de caras largas que son la antítesis del arte de vincularnos de manera agradable con los demás. La risa, lo burlesco y sobre todo la apabullante carcajada son parte de lo más sublime y vulgar de lo humano. Mientras la sonrisa eleva por su carácter discreto, la carcajada rebaja por su vulgaridad: De esas veces en que lo vulgar puede llegar a ser simplemente extraordinario.

La vida no está en otra parte

Forma parte esencia de lo humano la doble falacia presente en el imaginario colectivo. La idea de que hubo un tiempo pasado en donde todo era muchísimo mejor y la idea de que va a haber un tipo futuro en donde todo va a ser muchísimo mejor. De ahí surge la utopía, que recrea Tomás Moro y de la que derivan las ideologías. El apego a lo ideológico representa una forma de manifestar la necesidad de certeza del hombre. Toda ideología, además de funcionar como un puente hacia la certidumbre es también la ratificación de la estupidez humana. Toda ideología castra el pensamiento porque fosiliza las ideas. Las ideologías llevan consigo el terrible y calamitoso peso de la seriedad. No hay ideologías divertidas porque son estafas para blindarnos de la posibilidad de pensar por nosotros mismos. El hombre ideologizado, simplifica la esencia del pensamiento humano porque minimiza la capacidad de abstracción en una formulita con la que le puede salir al paso a cosas que requieren ideas flexibles. Esa calamidad ha sido, es y será así. Forma parte fundamental de lo humano y genera islas de certidumbre en donde muchos arriban como auténticos náufragos. Tal vez el camino del nihilismo feliz sea un mejor bálsamo para el buen vivir. Ser un descreído y un negador puede ser inútil pero también es una certeza en la cual muchos conseguimos el sosiego que necesitamos.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el martes 07 de diciembre de 2021.

domingo, 28 de noviembre de 2021

El itinerante ombligo del mundo

 


Sueños prometedores y pesadillas que asustan pueden que aparezcan en nuestras vidas. Tal vez lo más importantes es despertar del mundo de las ensoñaciones. En eso de ir y venir de un lado para otro, vamos aprendiendo cosas insospechadas y dejando atrás muchas certezas que solo conducían a callejones ciegos. Ese ir y venir de enseñanzas y aprendizajes a medias se va acentuando conforme pasa el tiempo y sin ánimos de ser un aguafiestas, terminamos por ser descreídos. Nihilistas felices a veces chapoteamos en las aguas de la existencia sin mapa ni brújula en mano, guiados solo por cierta intuición, sin la cual la vida es difícil de enfrentar.

Hermanos, amigos de la vida y afines

Agradezco a quienes me han venido acompañado en la travesía. En ocasiones he tenido el mal tino de confiar en canallas y desconfiar de bondadosos, pero en general, la puntería ha sido buena. He podido cultivar más amigos que dedos de la mano, los cuales han superado el paso del tiempo y de las vicisitudes propias de respirar. Hermanos de la existencia, compañeros de luchas contra la noche han estado a mi lado desde hace un montón de años. De ellos sigo aprendiendo y con ellos sigo contando para las muy buenas, las buenas, las malas y las muy malas. La solidaridad y el afecto es recíproco. De ese grupo de hombres y mujeres me he enriquecido y espero al menos haberlos divertido un poco. Una vida llevada de la mano con ellos para alcanzar un grado de satisfacción del cual puedo ufanarme: Derrotados por dragones imaginarios y venciendo monstruos marinos, de eso más o menos va la cosa, cuando no de disfrutar de límpidos arroyos de montañas e inéditos verdes que la naturaleza tiende desbordar.

Nuevos atardeceres, espacios compartidos, otros

En la extremadamente incierta ruleta de la vida siempre son bienvenidos los atardeceres. Sin o con sol poniente, no tengo discrepancias con la bruma. Si alguien me pregunta con qué me quedo en estos años de existencia, sin dudas tendré que señalar dos elementos claves del espectro. Las extraordinarias personas a las que he depositado mi afecto y los lugares que he visitado. Creo que con esos dos está completo el espectro en su comienzo y en su fin. En el intermedio estará presente el motón de libros que leí, los que alguna vez pude escribir, las películas que disfruté y las atrevidas manifestaciones del arte con las cuales me vinculé. Esa capacidad de ser atrapado por lo artístico me lleva de una a otra reflexión y de eso va el corazón de estas líneas. ¿Qué es la capacidad de disfrutar sino la posibilidad de convertirnos en intérpretes de primera mano del ombligo del mundo? ¿Cómo decir que vivimos con intensidad si no nos atrevimos a explorar los insondables caminos del amor?

El ombligo del mundo y sus circunstancias

Cada ser va desarrollando una visión de las cosas que tiene que ver con los juicios y los prejuicios que se va formando conforme va creciendo. Crecer es aferrarse a creencias y desprenderse de creencias, siendo el filtro para ejecutar ese malabar nuestra experiencia personalísima de vida. Es difícil creer en espectros cuando ha corrido un tanto de agua en nuestras vidas. Ese mirar e interpretar el ombligo del mundo pasa por adentrarnos en nuestro propio ombligo. Si la necesidad es muy grande, el ombligo del mundo se comparte y a ese acto maravilloso lo llamamos arte.  El poder disfrutar de lo que el otro intenta decirnos desde su mundo interior y poder mostrar nuestro mundo interior a otros es conectarnos por un vínculo de infinitas posibilidades en el que, sin sospecharlo, estamos más hermanados de personas que desconocemos que lo que podemos llegar a creer. Tal vez la vida no sea sino la posibilidad efímera de cantarle a la esperanza. Recuerdo los tiempos en que viví el mundo perfecto, en donde desarrollé un potencial que por puro goce logré compartir. De ahí salió casi una docena de libros de mi autoría que no sé si desaparecieron del mapa o los asumió algún grupo cercano. Tal vez el cronómetro me permita seguir escribiendo desde mi ombligo: Oficio que exorciza y demoniza. Se es artista en la medida que se interpreta al demonio y al ángel, en la medida que el buen juicio y la capacidad de compartir la palabra fluya. Creo que más o menos de eso se trata o estoy cerca.

Desarraigo, arraigo, desarraigo

Nunca pensé que un barco podía salir de un puerto tantas veces y encallar tantas veces. Pues de eso más o menos parece que va el asunto y desde que salí de mi última burbuja, luego de recorrer algunos curiosos lugares, la palabra desarraigo y arraigo me son comunes de tanto escucharlas en mis nuevos compañeros de inéditos viajes. Como si el desarraigo fuese una instancia natural al que hay que llegar para poder hallar lugares que nos den la certeza de estar arraigados. Aparentemente siempre volviendo una y otra vez a nuestro propio ombligo, principio y fin de nosotros mismos y de la capacidad de conectarnos y comprender a los demás.

 

Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 30 de noviembre de 2021.

De personalidad recia


 

He conocido seres con personalidades avasallantes e incólumes, con claridad de propósito y rumbo claramente definido. Incluso podría decir que son seres excepcionales, básicamente incomparables, a quienes la vida los ha puesto a jugar duro y no se han doblegado. Algunos tienen una sombra que pareciera que los siguiese, porque es natural que de tanto lidiar con la dureza de la vida, al corazón le vayan saliendo callos. Pero otros que he conocido, contrario a lo que pudiese entenderse como una visión oscura de la existencia, son ejemplo de bondad y sencillez.

A veces sueño con familiares que han fallecido. Se aparecen en lo más profundo de la noche y establecen una conversación tan vívida que tengo la sensación de que el sueño es absolutamente tangible y ajeno al mundo de las fantasías. Una de esas personas con quien suelo conversar de manera directa es con mi abuela materna, quien tanta influencia ejerció en mi vida.

En una ocasión la familia materna tuvo la suficiente cantidad de dinero para dar la cuota inicial para comprar un camión Ford, nuevo de agencia, con el cual se podía hacer negocio con pueblos circunvecinos a la ciudad de El Tocuyo. Mi tío Pepe era el hijo primogénito de un total de cinco hermanos y no solo tenía en sus hombros el peso de ser el líder económico del grupo familiar, sino que era el encargado de manejar el camión nuevo por las intrincadas carreteras laberínticas del estado Lara.

Pues resulta que no tenía quince días de haberse estrenado el camión cuando en una curva siguió de largo y todo el capital de la familia se esfumó de golpe y porrazo. El camión nuevo quedó inservible y mi tío salvó la vida milagrosamente. Cuando llegó a casa, aporreado y herido, mi abuela encendió la cocina e hizo una comida copiosa y por demás sabrosa. Pasta en salsa de cordero para celebrar que mi tío seguía vivo. Después de comer, mi abuela se sentó y les dijo a todos: “-Bueno, es tiempo de comprar otro camión”.

Boquiabiertos e impresionados, sin un centavo en el banco, tanto el abuelo como los hijos pensaron que se trataba de un desvarío de mi abuela, quien dijo que al día siguiente hablaría con el dueño de la agencia de vehículos para que le hiciese un crédito y poder comprar un camión nuevo, de agencia, como el primero.

Dicho y hecho, se presentó temprano a hablar con el dueño y le explicó de manera clara, firme y cordial que la única forma posible de poder saldar la deuda contraída era que le fiara un segundo vehículo. El temple con el cual pronunció cada palabra hizo una especie de eco que todavía sus hijos recuerdan. El hombre era aplomado y gordo. Callado, encendió un habano y miró de manera fija y penetrante a mi abuela. Estas fueron las palabras que le dijo: “- Por una razón que no comprendo, usted me ha transmitido una gran confianza.  Llévese el camión del color que más le guste y si lo estrella no se preocupe, que le fío un tercero”.

Esta vez fue mi abuela quien salió manejando el camión, con su esposo de copiloto y los cinco hijos en la tolva. Llegaron a la casa, hicieron pasta con salsa de conejo y en un año pagó las dos deudas contraídas.

A veces, cuando las contrariedades aparecen como si fuesen hierba, evoco alguna de las maneras como mi abuela lograba salir de los enredos propios de la vida y siento que mis problemas se minimizan. Ella venía de la Italia en ruinas de la postguerra, en donde tenía que agarrar la escopeta cada vez que alguien tocaba la puerta de la casa y en donde la diferencia entre la vida y la muerte era poder contar ese día con un poco de granos con los cuales alimentar a una familia.

De origen campesino, había logrado leer lo suficiente para tener una buena cultura, particularmente histórica, a quien la vida la puso en el protagónico papel de ser testigo vivencial del horror de la segunda, de las dos más grandes confrontaciones bélicas del siglo XX. Se casó a los veinte años y murió antes de cumplir los setenta, con cada arruga del rostro surcada en forma triple por los avatares de tiempos difíciles.

¿De dónde sale esa gente excepcional, pujante, dura y consecuente con su sistema de valores? La respuesta se da sin ambages. Esa gente se forma precisamente de lo duro de la existencia y ese carácter solo lo puede dar la circunstancia en la cual una persona se desarrolla. Sea para perderse en lo malsano o para cultivar lo mejor de sí, es la vida dura la que forja los grandes temples y las grandes personalidades.

Porque cuando vemos con lupa a cada uno de estos seres, no se detienen por nimiedades ni los espanta la incertidumbre, sino que la vida se asume como el gran campo que hay que conquistar y cada cosa que se hace o se piensa tiene el fin último de sobreponerse a las adversidades.

A veces, cuando veo a uno que otro que se sale con las suyas y hace de su vida una épica diaria del hecho de vivir, no puedo dejar de pensar en la madre de mi madre, quien tantas lecciones de vida me legaron y a quien tanto he admirado.


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 23 de noviembre de 2021.

Inútil erudición

 


Hace un tanto leí un texto de un apreciado y admirado amigo, en donde señalaba la posición del historiador alemán Christian Meier, prestigioso profesor jubilado de la Universidad de Múnich, cuya obra está animada por la idea de que “la historia no tiene sentido si no es para decirnos algo a los hombres del presente. El estudio del pasado, si no tiene un compromiso con el aquí y el ahora, no es más que inútil erudición”.

Mi posición con respecto a este argumento es precisamente la opuesta.

Abrigué los estudios filosóficos en mi vida, porque a diferencia de la mayoría de las disciplinas, la filosofía está exenta de demostrar su utilidad. A fin de cuentas, el acto filosófico está imbricado al hecho de pensar, a la capacidad para ubicarse en un plano que le permita al hombre tratar de entender ciertas premisas, pero por encima de todo, paradójicamente el querer cultivar la razón podría ser de los asuntos más estériles que existen.

Filosofar tiene sustento tangible cuando se convierte en una manera de conducirse, ya que el hombre que trata de cultivar las ideas debe al menos tener una disciplina personal mínima que le permita dedicarse a cavilar, reflexionar, ordenar sus pensamientos y contar con el imprescindible tiempo de ocio, sin el cual no habría ni razonamientos, ni producción, mucho menos escritura y ni hablar de producción de obras de carácter artístico. Recordemos el origen de la palabra: De ocio (Scholé griego) se deriva el término ‘escuela’. El equivalente entre los latinos sería Otium. Nada es más alienante para una sociedad que perder precisamente la posibilidad de disponer del ocio en el sentido griego, porque sólo a través de este precepto se puede argumentar, controvertir posiciones, producir intelectualmente, sembrar la disposición a la conversación, al sano debate y a la inteligente confrontación de conceptos.

Pensar conduce al arte (muchas veces son lo mismo) y en la medida en que lo artístico se convierta en utilitario, pierde su potencial creativo y queda confinado al uso que pueda tener. Se escribe porque se escribe y como ejemplo señalaré al viejo sabio y ciego Jorge Luis Borges, quien pasó su vida llenando páginas en donde la esencia de lo que plasma es precisamente la erudición en su representación más inútil. La sabiduría como máxima expresión de nulidad, a no ser porque uno podría entretenerse leyendo sus maravillosos textos, o ir más allá y quedar deslumbrado con su carácter estético. En este sentido su obra genera placer y, en definitiva, a lo Omar Khayyam en su Rubaiyat: El placer es el único consuelo del hombre.

En vida, Paul Gauguin no podía ser reconocido como pintor, porque la calidad de una obra es sólo el producto consensual de un grupo de supuestos expertos, a quienes se les atribuye el poder de decidir qué es bueno y qué no lo es. Paul Gauguin fue más perseverante que la “chusma” que le rodeaba y creyó en lo que hacía. Logra trascender con una estética que a veces pareciera no ser de este mundo, todo gracias a que le huía al utilitarismo impertinente que castra la capacidad de crear.

Un aspecto propio de lo civilizatorio es que tanto el pensamiento como la creatividad necesariamente requieren ser amorales. El prejuicio condena a quien se atreve a aventurarse por los caminos del buen entendimiento y cercena el bien más preciado del hombre sano: La libertad. Es por esta razón que los intereses intelectuales están reñidos con la idea del “compromiso”, porque ser libre (al menos intentar cultivar un poco de libertad), requiere ausencia de ataduras, llámense morales, ideológicas o dogmáticas. El espíritu libre no puede estar sometido a la limitante idea de que las cosas en general deben tener una especie de moraleja final (aunque la lleguen a tener).

El otro asunto propio de la cultura es que cualquier chaqueta de fuerza propia de nuestras costumbres es la amputación literal de la posibilidad de pensar. Atreverse a pensar es atreverse a deliberar y ello aterroriza a muchos, porque cuando revisamos nuestras creencias pueden ocurrir al menos dos fenómenos:

1.Que nos demos cuenta de que las cosas que cuestionamos son falacias sobre las cuales hemos estructurado nuestra apreciación del mundo, induciéndonos a asumir una visión más personal de las cosas.

2.Que ratifiquemos las lecciones aprendidas y confiemos más en aquello que terminamos ratificando como cierto. De esta forma sentimos el sosiego propio de la persona crédula.

Como corolario de estas líneas, es prudente aclarar que para mí la erudición jamás podría ser inútil. Sobran razones. Conocer por conocer puede conducir a la sabiduría y pretender cuestionar la capacidad intelectual humana puesta al servicio de un fin elevado es una necedad, porque sería creer que ser sabio es algo malo. Además, y desde una posición más pragmática, es posible que ser erudito y sabio haga a la gente feliz y si alguien alberga esta condición ¿quién se atreve a cuestionar la utilidad de la felicidad?


Publicado en el diario El Universal de Venezuela el 16 de noviembre de 2021.